MATAR AL MENSAJERO

Por: Rodolfo Godoy Peña

“Por mí, la flor en las bardas
y la rosa de Martí,
por mí el combate en la altura
y en la palabra civil;“

Andrés Eloy Blanco

Los artistas, en general, nos trasmiten el mundo a través de sí mismos.  Cuando se escucha la “Primavera” en las Cuatro Estaciones de “il pretto rosso” Antonio Vivaldi; cuando se contempla “La Creación de Adán” de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina; cuando se escucha el aria final de Turandot, el “Nessum Dorma” interpretado por el inmortal Luciano Pavarotti; o cuando se lee “Doña Barbara” del maestro Don Rómulo Gallegos, todos y cada uno de ellos desde el dominio de su arte, nos trasmiten una visión del mundo, de su entorno, de su historia, y nos sirven de vehículo poderoso para conocer lo bello, lo bueno, lo noble, que es en definitiva la misión del arte.

No soy critico de arte, ni pretendo serlo, pero sorprendido por la discusión que se ha generado por la actuación de mi compatriota Edgar Ramírez en la película RED AVISPA, me ha estimulado a escribir algunas líneas sobre el actor y la producción en general.

La película se sustenta en hechos reales e históricamente documentados, ocurridos hace unos 40 años cuando a la caída del muro de Berlín, y por el eventual desamparo en que quedaba el gobierno cubano – habiendo perdido su más poderoso aliado -, de manera que se activaron mecanismo desde el exilio para terminar de expulsar a Fidel Castro del poder.

El guion de la película se construye sobre una obra del periodista y escritor brasilero Fernando Morais intitulada “Los últimos soldados de la guerra fría”, pero probablemente este escritor les sea más conocido a los “filósofos del Twitter”, por la biografía que hace de Pablo Coelho.

La historia se desarrolla en el sur de la Florida, a principio de los años 90 y donde se congregaba la mayor cantidad de opositores al régimen cubano en el exilio. Esa región fue epicentro de la mayoría de los intentos de derrocamiento de Castro, antes y a la terminación de la Guerra Fría, de manera que el gobierno cubano – con fines de inteligencia – infiltra a varios agentes dentro de la estructura de la oposición en el exilio con el fin para desvelar los planes preparados contra Cuba.

La película cuenta con la participación de artistas internacionales de gran calado y de las más diversas nacionalidades, como Penélope Cruz (España), Wagner Moura (Brasil), Gael García Bernal (México), Edgar Ramírez (Venezuela), y Leonardo Sbaraglia (Argentina), y debo confesar que no deja de sorprenderme la capacidad interpretativa de estas estrellas. Como “para muestra basta un botón”, el simple hecho de escuchar a cualquiera de estos actores simulando el acento cubano no deja de maravillarme y, por si fuera poco – pues para la mayoría de los actores su idioma natal es el castellano – oír a Wagner Moura hablar con la cadencia del cubano, no tiene desperdicio.  

Ahora, ¿por qué se ha desatado esa feroz campaña de descalificativos contra Edgar Ramírez y, en general, contra la película?

Esto, que sin duda alguna tiene que ver con el momento político que vive Venezuela y con el pensamiento maniqueo, se corresponde con esa miopía “seudo-intelectual” que intenta encasillarnos en unos prototipos (y que tanto terreno ha conquistado en nuestra sociedad), pero, estoy convencido que, de la película, como de toda obra artística, se pueden sacar conclusiones.

Lo primero que debemos entender es que Edgar Ramírez es un actor, es un mensajero: ni él hizo la historia, ni él la escribió. No se mata al mensajero, por mucho que el mensaje no se acomode a nuestras expectativas. Es como el despropósito que ha sucedido últimamente con el derribamiento de las estatuas, o la exclusión que hizo un canal de streaming de “Lo que el viento se llevó”.  Estas muestras de barbarie intelectual lo son tanto como sí se pretende deconstruir toda la filosofía occidental, por la posición de Aristóteles frente a sus esclavos. Con esto no pretendo darles ideas a los agenésicos mentales que creen que, vandalizando símbolos, o suprimiendo obras de arte, nos eximimos o liberamos de nuestro pasado.  La historia compartida de la humanidad no es una red social de la cual podemos “borrar” lo que no nos conviene o no nos gusta.

La trama central de la película son las acciones de terrorismo, mezclado con acciones políticas, ejecutada por la oposición a Castro desde el exilio con el objetivo de dañar la economía de Cuba y de ese modo inducir la caída del gobierno. Atentados que por cierto, se planificaban y ejecutaban sin importar que sufrieran las consecuencias los compatriotas de los promotores, que residían en la isla, inclusive con menoscabo de sus vidas.

En la película también se describe (fase documental) la represión del gobierno cubano contra el movimiento opositor pacifico dentro de Cuba y, además, deja en evidencia el homicidio de los aviadores civiles cubanos que sobrevolaban La Habana con la intención de dejar caer volantes. El estado cubano justificó ese crimen atroz como el rechazo a una intromisión no permitida de su espacio aéreo que, aun siendo cierto, jamás justificaría derribar dos aviones civiles que no representaban ninguna amenaza para la seguridad del país. Hasta ensañamiento hubo, pues de haber sido necesario, con derribar un avión era suficiente como alerta, no era necesario derribar dos.  No hubo proporción en el alegado “derecho a la soberanía” del gobierno cubano. Es de hacer notar que algunos de esos vuelos también sirvieron de centinelas en la introducción de armas y explosivos para cometer atentados en territorio cubano.

Se podrían sacar más conclusiones, pero creo que lo que escuece a mis compatriotas sobre el actor y la película, es:

1.- Sobre cuál de los partes en conflicto recae una justificación moral para actuar como actuó. Si el gobierno cubano tenía la justificación de infiltrar grupos opositores en territorio extranjero para conjurar la agresión o si, por el contrario, se justifica el terrorismo como una estrategia correcta para el derrocamiento de Fidel Castro o de cualquier gobierno.

2.- El patriotismo y la coherencia ante la delación de que hace gala el personaje de Edgar Ramírez.  Probablemente la contrafigura José Basulto – en su fuero interno – actuó movido y conforme a un patriotismo tan acendrado, como mal entendido, del personaje de Ramírez.

No hay que olvidar que es una película histórica y que Edgar Ramírez actúa un papel, muy bien actuado, por cierto, pero en todo caso cuenta la historia, la cual nos guste o no, es historia. Si Edgar Ramírez, por posiciones políticas o partidistas tergiversara su actuación en el papel de un personaje histórico, estaría siendo deshonesto profesionalmente.

Invito a mis paisanos a disfrutar de la película, sin prejuicios y que la misma sirva para sacar conclusiones en el caso venezolano.

@RodolfoGodoyP

rgodoy@nexumbs.com