EL REY ESTÁ DESNUDO

Por: Rodolfo Godoy P.

«Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre»

Antonio Machado

Tal cual nos los cuenta H.C. Andersen, en su obra “El traje nuevo del Emperador”, el rey emérito Juan Carlos caminó casi 40 años entre la multitud con boato y prosapia, embutido en un traje mágico que a través del engaño y soportado en la vanidad del portador, ocultaba lo esencial; pero resultó que, al igual que en el libro celebérrimo, cuando algún niño entre la multitud gritó “está desnudo”, como por arte de magia España se dio cuenta de que esa ilusión y esa especie de embeleso se desvanecía.   

La monarquía da caché, sobre todo por la parafernalia que la sostiene. Aquellos títulos añejos y rancios como “Grande de España” que algunos suman en su haber y por docenas; o el hecho de exhibir el Toisón de Oro, esa orden de caballería tan respetable, digna y meritoria pero que se le impone a una niña de 12 años sin ningún otro mérito que el natural hecho biológico de ser hija de su padre; todo eso, es parte del boato insustancial de la vida cortesana; pero, en contraste, ¡qué escándalo se armaría si el Presidente de México, por ejemplo, le otorgara la Orden del Águila Azteca a su hijo de 13 años! Si bien es cierto que un hecho así podría generar dudas sobre la salud mental del otorgante, el cuestionamiento y la censura social sobre tal decisión solo son posibles en el “imperfecto” sistema republicano y no en una monarquía donde, evidentemente, hay unos que son “más iguales que otros”.

Mientras los españoles, a duras penas, mataban ratas en su pisos con trampas y racumin (al tiempo que luchaban contra los efectos de una crisis devastadora que intentaba arrebatarles sus viviendas); el rey don Juan Carlos -que no sufría en ningún sentido por la crisis- se dedicaba a cazar elefantes en África, con rifles de alta potencia, acompañado por una aristocrática amiga alemana y con todos los gastos pagados por los contribuyentes, pues en una monarquía todos son iguales, pero unos son “más iguales que otros”. Ah, y por aquello de cumplir fielmente con el calificativo de rey “campechano” que le ha endilgado la prensa española, a él no se le ocurrió otra mejor idea que permitir que se publicaran las fotos de algunas de sus recurrentes aventuras de montería en Botsuana como para que el pueblo español se alegrase con las gloriosas “hazañas” de su soberano.

Fue en medio de esa durísima crisis que atravesaba España que se llevó a cabo el safari que le costó a los súbditos alrededor de 60 mil euros, y todo a despecho de que para ese momento, Juan Carlos era el Presidente Honorario de WWF España, organización ecologista y defensora de los animales en peligro, tal cual como lo son los elefantes. A simple vista daría la impresión de que la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace no aplica para “Juanito”.

No olvidemos que en otros sistemas políticos cuando alguien obtiene prebendas o beneficios por el ejercicio de su cargo se convierte en reo de delitos de corrupción, y a esos pagos indebidos se les denomina “comisiones”; pero, según los defensores del emérito, esos conceptos no son aplicables a la monarquía española porque los aportes hoy cuestionados no son coimas (¡qué término tan plebeyo!) sino que son  “donaciones” con toda la carga de bondad y de generosidad desinteresada que implica el vocablo. ¡Cuánto se hubiesen podido aligerar el trabajo los abogados defensores en los casos de Odebrecht, por ejemplo, si hubieran podido alegar que los agentes de los gobiernos corresponsables de los desfalcos no se enriquecieron a través de sucias “comisiones” sino por medio de benignas y santas “donaciones”!

Es obligatorio aclarar – en honor a la verdad – que Borbón, a la fecha, no ha sido acusado formalmente de ningún delito, cosa que es fácil constatar al leer la prensa internacional; y que, en su favor, al igual que para cualquier persona, hay que anteponer siempre su derecho a la presunción de inocencia hasta que se pruebe lo contrario.

Todos recordaremos, también, como en el marco de aquella Cumbre Iberoamericana -y frente a una de las acostumbradas destemplanzas verbales del presidente Chávez, al calificar de fascista al ex presidente español José María Aznar por la complicidad de ese gobierno en el fallido golpe de estado de abril de 2002 en Venezuela, hubo dos reacciones: mientras Rodríguez Zapatero le propinaba una reprimenda verbal a Chávez desde la altura y pidiéndole no lanzar insultos contra la persona del ex – presidente recordándole el respeto que se le debe Aznar como persona y en razón de que fue electo por el pueblo español; para el monarca eso no es suficiente porque no puede permitir que, en su augusta presencia, nadie se exprese de esa forma y, por eso, lo manda a hacer silencio con aquella frase inquisidora que ha quedado inscrita en la historia de las cumbres de jefes de estado: “¿Por qué no te callas?”.

En aquella cumbre memorable, el “campechano”, no solo regaña a quién quiere, sino que, además, se levanta airadamente y abandona las reuniones cada vez que le incomoda que algún jefe de estado “electo por su pueblo” le afee alguna conducta al gobierno de España. Yo, parece decir, “Juan Carlos I Rex”, no discuto con mortales y además les hago todos los desplantes que sean menester para que se ubiquen.

Por supuesto, tal y como alega Zapatero, el rey sabe que él, a diferencia de Aznar y de todos los demás jefes de estado reunidos en la cumbre, no fue elegido por el pueblo; ¡no señor!, él fue elegido por Franco, caudillo de España por la “gracia de Dios”, y que esa fue razón suficiente para que su nombre esté inmortalizado en la Constitución Español.

Toda esa hojalatería y esos abalorios, consustanciales con una monarquía, parecieran una bufonada, dignos de ser incluido en el primer capítulo de la obra escrita por Fernando Díaz – Plaja, si no fuese por todo el descalabro político en la que está sumergida España.

Resulta totalmente anacrónico que el sistema político de un país perteneciente al desarrollado mundo occidental todavía conserve una monarquía, intentando encuadrarse en la modernidad amparada en el iuspositivismo que la denomina “monarquía parlamentaria”. La legitimidad de las monarquías se origina en la doctrina del derecho “divino” razón por la cual la autoridad del rey de gobernar un pueblo proviene de la voluntad de Dios y no de alguna autoridad temporal; y, por supuesto, como el monarca es elegido por Dios solo responde por sus actos ante el mismo Dios elector. Es España, Francisco Franco hizo el papel de deidad, que de más está decir qué el papelito le gustaba sobremanera.

España sufre un proceso de deterior político que comporta un altísimo riesgo de desintegración tal y como la conocemos, y que no se inicia con la irrupción en escena de partidos como Podemos y Vox, sino que viene de mucho tiempo atrás y por causas íntimamente ligadas a la legitimidad de su vida política (Para los pensadores binarios, les recuerdo que la guerra civil español no se desata por un trino de Pablo Iglesias).

Los españoles están buscando su revolución tardía. Está España en pos de su independencia – la de los unos de los otros – y a pesar de que el rey es el símbolo de la unidad nacional – Constitución dixit – habría que cuestionar si una casta aristocrática y noble puede ser el mejor ejemplo de unidad de los españoles que reclaman “independencia” por las diferencias de trato de unos con otros.  

Los españoles deben sentar las bases de un nuevo pacto social y político que les permita no sentirse excluidos entre coterráneos, y una buena señal sería que iniciaran esa fase deslastrándose de la herencia monárquico política del franquismo y que entraran en la modernidad dándole la oportunidad -y el derecho – a los vascos y a los catalanes, por ejemplo, de poder elegir un Jefe de Estado donde se sientan representados todos los españoles.

@RodolfoGodoyP