Avatar

Por: Linda D’ambrosio

Sin palabras, no hay relación. No hay una coincidencia fortuita, casual. Si la comunicación se produce, es porque alguno de los dos polos la inicia voluntaria y deliberadamente…

Durante años, he mantenido el contacto con una de mis vecinas de infancia, una de las personas más humanas y sensatas que he conocido: Elizabeth Rastvorov. En una oportunidad me hizo un comentario que nunca he podido olvidar. Me dijo que, en la vida real, uno conocía a las personas de afuera para adentro, mientras que en internet uno las conocía de adentro para afuera. 


La frase me dio qué pensar y en más de una oportunidad he tenido ocasión de recordarla. En efecto, cuando dos personas coinciden físicamente en un lugar, es el lenguaje corporal el que hace la mayor parte de la tarea. Involuntariamente, enviamos señales que hablan a las personas de nosotros: edad, ocupación, prioridades, rasgos de carácter. Nuestro aspecto y nuestras feromonas se encargan de establecer un nexo, que puede o no ser grato. ¡Cuántas veces, de entrada, sentimos una antipatía que somos incapaces de explicar hacia alguien que no nos ha hecho nada! A veces la razón es, sencillamente, química. 


Por contraste, los vínculos afectivos que se producen a distancia se consolidan de otra manera. Para empezar, existe un motivo por el que se emprende la relación: poner alguna idea en común, intercambiar algo… Todo apunta, de entrada, a que hay cierta afinidad, rasgos compartidos que conducen a ambas personas a los mismos sites, y, si se produce la comunicación, es síntoma de que hay algo que conecta. No me refiero a los sitios de citas on line: me refiero a las facilidades que ofrece la moderna tecnología para enlazar con otros individuos semejantes a nosotros.

¡Cuán a menudo sucede que dos seres coexisten en el mismo espacio físico y ni siquiera se ven! A veces, hasta hacen juntos alguna actividad. Pero, cuando dos personas están en un cine, por ejemplo, ¿realmente está atento cada uno al otro, o su atención se concentra en la pantalla? Cierto es que puede ser muy agradable el intercambio de comentarios a posteriori, pero la cantidad de tiempo compartido no es, necesariamente, un índice de la atención que se prestan recíprocamente.

Esa es la ventaja de las relaciones a distancia: sin palabras, no hay relación. No hay una coincidencia fortuita, casual. Si la comunicación se produce, es porque alguno de los dos polos la inicia voluntaria y deliberadamente. Y el contenido a menudo se centra en algo que le interesa a ambos, o en algo mucho más importante: la otra persona, sus sentimientos, sus preocupaciones, sus aficiones.

Traigo este tema a colación porque uno de los efectos de la diáspora ha sido dispersar a los que estaban unidos. Conozco parejas cuyos miembros se encuentran anclados en países diferentes. Es inevitable que esta situación erosione el ánimo, ya golpeado por el duelo de dejar la propia tierra; que alimente los temores de perder al compañero de vida; que dispare los celos. Y, si bien es cierto que la cercanía física suple muchas necesidades, también es cierto que no es eso lo que mantiene viva la llama de amor.


Un viaje que efectuó recientemente mi hija al Parque Forestal Nacional de Zhangjiajie, en China, me remitió a la película Avatar, puesto que fueron sus montañas las que inspiraron los escenarios del filme. Un amigo me enseñó que, en inglés, el saludo entre los personajes es I see you (te veo). Quizá, esa sea la clave del éxito en las relaciones a distancia: vemos a esa persona, nuestra atención se centra en ella. Y quizá sea eso lo que más necesitamos todos: dejar de ser anónimos, invisibles, dejar de pertenecer, como explicaría bellamente el poeta Pedro Salinas, al sordo e indiferenciado mundo del gramo, de la gota/en el agua, en el peso.


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