CAPÍTULO I. Forjando un País

Por: Rodolfo Godoy P

A raíz de unas declaraciones del general Padrino López, ministro de la Defensa de Venezuela, escribí algunas ideas en redes sociales sobre el tema, y las respuestas que se generaron me estimularon a reflexionar sobre el papel de las Fuerzas Armadas y las instituciones políticas del país, haciendo un repaso desde nuestro nacimiento como nación hasta nuestros días.

Las declaraciones del ministro se dieron en el contexto del 5 de julio, hito que tiene la más alta significación en el país, pues en esa fecha se conmemora la declaración formal de la independencia venezolana. Nuestro pueblo decidió y defendió –con sangre- su derecho a auto determinarse, sin vasallaje ni tutelas extrajeras, luego de más de 300 años de coloniaje.

Este proceso venía gestándose jurídicamente desde abril del año precedente (1810) con la reunión de la Junta Suprema de Caracas que se conformó para velar por el gobierno de la provincia ante el “vacío de poder” que se dio en la península con las invasiones napoleónicas, y que se reflejó en Venezuela con la destitución del representante de la corona el mariscal Vicente de Emparan.  Es de hacer notar que los venezolanos tenemos el mérito de ser la primera nación latinoamericana en haber conformado un Congreso.

Tuvimos que luchar ofrendando “sangre, sudor y lágrimas” a nuestra independencia. Basta con echar una ojeada a las cifras de la población de la nación en la primera mitad del siglo XIX para entender la magnitud del precio pagado por nuestra soberanía y la de nuestros hermanos latinoamericanos. Y –hay que decirlo para no ser injustos- esos líquidos derramados fueron exprimidos, mayormente, de los soldados venezolanos que ofrendaron su vida por el derecho a ser libres, por convertirse en los artífices de su propia suerte.

Lo cierto es que en América Latina, y especialmente en el caso Venezuela, se han desatado nuevamente feroces campañas contra su independencia y su soberanía, acuerpada por una cohorte local malinchista de nuevo cuño que intenta tutelar los derroteros históricos del país; pero a esa oposición químicamente pura que pide para Venezuela “intervenciones”, “coaliciones internacionales”, “operaciones quirúrgicas”, “P2P”, etc.,  hay que recordarles que la única fuerza militar extranjera en la historia que ha pisado territorio extraño en posición beligerante, y no para conquistarlo sino para independizarlo, ha sido el ejército libertador venezolano.

Una de las consecuencias terribles de nuestro proceso de independencia fue la extinción de la clase dirigente, pues los líderes del movimiento emancipador fueron la crema y nata de la sociedad colonial venezolana.  Los jefes del movimiento emancipador, sin importarles su posición social o económica,  se alistaron para dirigir y combatir por la independencia a riesgo de sus vidas y de sus bienes; y valdría recordarle una vez más a esa oposición criolla que se autocalifica de “legítima” es que los líderes del conflicto independentista no lucharon sus batallas sentados en hoteles “cinco estrellas” convocando a potencias extranjeras a la guerra en nombre de ellos, o protegidos por  el teclado de un teléfono o de una computadora; y que lo que hacen es tan ridículo como imaginar al general José Antonio Páez arengando con el  “¡Vuelvan caras!” pero desde un IG Live o Facebook Live.

Ese ejército primigenio de la república, ni era regular, ni estaba disciplinado en las lides marciales; y sus cuadros de mando -con alguna honrosa excepción- no habían sido formados en academias militares europeas. La tropa, en general, eran montoneras al servicio de los jefes republicanos insuflados por los principios independentistas de su máximo líder el Libertador. Estoy convencido de que, si esa guerra la hubiesen liderado Alejandro El Grande o Carlomagno, verosímilmente hubiéramos conformado un Imperio Americano, pero no hubiéramos ganado nuestra independencia y, tampoco, se hubiera otorgado la libertad a nuestros hermanos bolivarianos.

Los primeros años después de 1830, que son los de la fundación de Venezuela, se sostienen por el prestigio y la energía de un caudillo, uno de los más determinantes de nuestra historia como lo fue el general Páez, a quien no he dudado en llamar, muchas veces, el partero de Venezuela.

El “León de Payara” ese hombre militar quien tiene el mérito, entre otros muchos, de haber dado una batalla anfibia a lomos de caballería,  fue el primer presidente de la República luego de la disolución de Colombia, por lo que le correspondió darle cauce funcional a la nación en sus inicios en medio de severas limitaciones, correspondiéndole, entre otras, la tarea de ordenar el erario y establecer las relaciones internacionales, pero, por encima de todo,  su grande y merecido prestigio militar sirvió para darle forma a la incipiente república. Fue José Antonio Páez el “primer rey de la baraja” y su influencia política se hace sentir en Venezuela -algunas veces con mayor fuerza otras más esporádicas, pero ininterrumpidamente- desde 1821 hasta la finalización de la guerra en 1863; sin olvidar que, en un intento de civilidad, apoyó y defendió con las armas al primer gobernante civil, el sabio Dr. José María Vargas. Sin dudas, Páez, es uno de los venezolanos más ilustres que ha dado nuestra tierra.  Se inicia con él, una larga sucesión de hombres de armas devenidos en dirigentes político del país. 

Al finalizar la guerra de independencia, y licenciadas las tropas nacionales que estaban esparcidas por América, estas regresaron a sus lugares de origen al igual que sus próceres caudillos, lo cual generó que estos -y sus descendientes- se hicieran fuertes en sus respectivas regiones. Esas huestes, que dependían económicamente de cada uno de esos caudillos (muchos de ellos cuando no andaban en armas, trabajaban en sus haciendas) fueron el principal recurso de la guerra fratricida más sangrienta que ha sufrido el país como lo fue la tenebrosa Guerra Federal. Y es que el siglo XIX venezolano fue una centuria de convulsiones, de guerras civiles, de asonadas, de levantamientos, de golpes de estado, todos ellos originados en las ansias de poder de los jefes regionales, o por diferencias partidistas que eran dirimidas a través de la violencia con el uso de mesnadas.

Entretanto, el poder central, por no tener conformadas unas fuerzas militares regulares en ley, carecía de la posibilidad de resguardar la soberanía ni las instituciones en el país, haciéndose débil y quedando a merced de cualquier aventurero con un puñado de hombres que quisiera intentar el lance de asaltar el precario mando del país asentado en Caracas. La única forma que tenía a mano el gobierno estatuido para mantenerse era sumar reclutas accidentales a un pequeño ejército nacional con los cuales iban repeliendo, con éxito algunas veces, esos constantes levantamientos.  

El país se había desangrado ininterrumpidamente desde la guerra de independencia y atravesó todo el siglo XIX, entre asonadas y revoluciones porque Venezuela transitó esos años ahogada en un mar de sangre derramada entre hermanos, todos ellos a las órdenes de apetencias caudillistas y sin determinación armónica en las tropas o fuerzas enfrentadas, ni entre sus mandos.

Caracas será, no sin mucha dificultad, el asiento de los poderes, pero sin ninguna capacidad de tener control sobre el territorio. Era más fácil y cómodo ir a Curazao que al Táchira, carecíamos de vías de comunicación, no habían trenes, la cobertura y alcance del telégrafo era prácticamente inexistente, con lo cual el gobierno central era incapaz de controlar a la nación y sus fuerzas armadas inorgánicas eran de escasa utilidad para dar soporte vertebrado en el forjamiento de la recién alumbrada república.

@rodolfogodoyp