Hay que matar a Agrado

Por: Linda D’ambrosio

El fantasma de la complacencia termina muchas veces por vampirizarnos, condenándonos a luchar indefinidamente por mantenernos al nivel de las expectativas que nosotros mismos hemos creado…

Quedé poco menos que desconcertada al escuchar la sentencia que mi amigo, Diego Ramírez, dictaba al otro lado de la línea telefónica: “Hay que matar a Agrado”. 


Así, de entrada, no ubicaba muy bien a qué se refería ni quién podía llevar un nombre tan poco común. Me sonaba… Poco a poco fue esclareciéndose que se trataba de un personaje magistralmente interpretado por Antonia San Juan en la película de Almodóvar Todo sobre mi madre (1999).

En la cinta, la actriz, directora de cine, guionista y productora española, encarna a una mujer que procura sacar adelante un espectáculo próximo a naufragar en ausencia de sus protagonistas. Se planta en mitad del escenario y, tras anunciar que se suspende la función, le comunica al público: “Me llaman La Agrado, porque toda mi vida solo he pretendido hacerle la vida agradable a los demás”.


He de confesar que, a primera vista, me seduce la idea de hacer la vida agradable a los otros, ya mediante mis acciones, ya a través de mis silencios. Porque sí: hay cosas que es absolutamente innecesario decir. En principio, soy partidaria de callar todo aquello que no tiene remedio. Cuando se hace el esfuerzo de hablar, es con la esperanza de que nuestro interlocutor lo tome en cuenta y obre en consecuencia. Y es que muchas veces nos lastiman inadvertidamente, y, si uno no le avisa al otro dónde está el límite, hay peligro de que lo siga trasgrediendo. 


Pero ¡cuán duro y desagradable puede ser manifestar nuestro desacuerdo con las personas que nos rodean! Estoy convencida de que hay una tendencia innata a buscar lo que tenemos en común con otros individuos, en razón de nuestra naturaleza social. Hacemos asociaciones para sobrevivir, para distribuir las tareas, para repartir las cargas, así como en otros tiempos nuestros frágiles antepasados se asociaban para cazar. Hacemos asociaciones para reproducirnos y para apoyarnos afectivamente. Salvo en casos esquizoides, nuestra tendencia natural es a congraciarnos con otros, y nuestras neuronas espejo facilitan que empaticemos con los que tenemos alrededor. Por eso, lloramos viendo películas y somos víctimas de vendedores entrenados para minar nuestra resistencia, conscientes de cuán difícil resulta decir “no”.

En lo personal, admiro la generosidad, no solo en lo material, sino en lo que toca a ser pródigo en atención, cariño y reconocimiento hacia las virtudes de quienes nos rodean. Pero ¿qué sucede cuando el complacer a otros colide con nuestro bienestar, y hasta con el de otros? Porque muchas veces esta actitud complaciente, que parece proteger a otros de disgustos, crea monstruos: se convierte en una patente de corso para que los demás se expresen desconsideradamente, e inhibe el desarrollo de mecanismos para solucionar las cosas. Si se lo resolvemos todo, ¿para qué esforzarse?

Y aún queda por deshojar el espinoso asunto del sobreesfuerzo que en ocasiones efectuamos, desviviéndonos por complacer a otros, una conducta que, por reiterada, los demás acaban por considerar normal, sin sentir siquiera agradecimiento. 

El fantasma de la complacencia termina muchas veces por vampirizarnos, condenándonos a luchar indefinidamente por mantenernos al nivel de las expectativas que nosotros mismos hemos creado, a aceptar lo que no nos gusta, a callar juicios que podrían redundar en mejores productos, pues una oportuna observación puede retroalimentar cualquier proceso y hacerlo más eficiente.


Definitivamente, sí: hay que matar a la Agrado que todos llevamos dentro, y remplazarla por actitudes igualmente generosas, pero más sinceras y productivas, para nosotros y para los demás. 


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