LA ÉPICA DEL PODEROSO

Rodolfo Godoy P

“El Libertador es como el sol, tiene manchas, pero su resplandor es tal, que no nos permite verlas”

Rafael Caldera

Los hombres admiramos la grandeza en los eventos, la abnegación del ejecutor, la resiliencia en los líderes y el sentido de bien que motiva a los otros; y es por eso, lo usual, que la loa se dirija a aquel que en inferioridad de condiciones logra triunfar, ya que los agentes que tienen todo a su favor, de ordinario, no son merecedores de elogios.

Esa epopeya plasmada en los poemas épicos está reservada para la narración de hechos grandiosos o las hazañas de los héroes; y esos hombres o pueblos merecen ser recordados por bardos y bronce al acometer esas acciones abnegadas y sobrehumanas en consecución de una causa noble, en la mayoría de los casos, en detrimento de si mismos. Los héroes, sean personas o pueblos, luchan o resisten y vencen donde las demás personas en condiciones objetivas no serían capaces de triunfar. ¿Qué moraleja podría derivarse si Goliat hubiese vencido a David? ¿Dónde estaría la épica? ¿Qué lecciones se podrían sacar si hubiese ganado el poderoso en ese duelo a todas luces desigual?

Hay un evento, entre los muchos en la vida del Libertador, que me ha impactado de manera muy especial en una existencia que en sí misma es una epopeya. Corría el año 1.824, ya estaba consumada la independencia de Colombia, Panamá, Ecuador y Venezuela y se bregaba la independencia del Perú. El padre de la Patria se hallaba en el pueblo de Pativilca, ubicado al norte de ese país, en el piedemonte andino. Bolívar está enfermo, con fiebre, escalofríos y pérdida de apetito y, dice Joaquín Mosquera que lo encuentra tan flaco y extenuado que me causó su aspecto muy acerba pena; tribulaciones atribuidas a un reciente tabardillo pero que, en mi opinión, son síntomas precoces de la tisis. Bolívar sentado, macilento y descarnado, apoya su huesuda espalda contra una pared; como es un conuco, probablemente rodeado de gallinas que pican a su alrededor pero que sus escasas fuerzas no le permiten espantar. Se le ve envuelto en una ruana, roída y olorosa a miseria, para “sudar la calentura”, y si su situación personal dista de ser buena, la situación general no es mejor, es más, podría calificarse de catastrófica para el bando republicano porque la diferencia de fuerzas es de 3 a 1 a favor de los monárquicos. Torre Tagle, presidente del Perú, acaricia la traición coqueteando con las autoridades reales para con ellos cogobernar la provincia y el puerto de El Callao, el más importante del país y que estaba en poder republicano se pasa al bando realista.

Es un cúmulo de adversidades objetivas que harían que cualquier mortal desistiera o, por lo menos, vacilara en su determinación, pero no, eso no es lo que sucede. Al interrogar al Libertador sobre qué hacer en esas muy desfavorables condiciones, avivando sus ojos huecos y con tono decidido contestó: ¡Triunfar!

Si en la Batalla de Junín, combate que determinó la libertad del Perú, hubiese resultado vencedor el ejército realista, no habría existido épica, ni se escribiera, ni se alabara a nuestro héroe por haber conseguido la independencia de ese territorio. Pero era tan grande la hazaña del débil en su lucha contra el imperio español que se produjo el único caso en el mundo en el cual un territorio lleva el nombre de su liberador; y digo grande y hazaña, porque si hubiesen vencido las fuerzas leales al monarca español eso hubiera sido lo natural, pero no habría habido epopeya en ese triunfo

Fuera del análisis de los datos, mediciones y los elementos objetivos, los hombres tenemos una natural inclinación para ponernos del lado del débil, de aquel que “sufre la injusticia”, de aquel que en nuestra percepción no tiene las mismas condiciones para enfrentarse al otro -o al medio-, con alguna probabilidad de éxito. De inicio toda lucha contra el poder – sea del signo que sea – es desventajosa; de hecho, para la doctrina jurídica y la jurisprudencia, cuando se conculca algún derecho a los ciudadanos que estamos bajo la égida del poder se nos denomina “débiles jurídicos”. Esto sirve igual para el obrero frente al patrono como para el menor en el derecho de familia. Y es natural, pues esa debilidad tiene que ser compensada para poder remediar en tutela jurídica las desigualdades que se producen en las relaciones sociales.

Al igual que en el Derecho, en la política opera de la misma manera porque, tanto como somos sujetos, somos políticos (“zoon politikón”) principalmente por el carácter gregario indisoluble que conlleva la naturaleza humana indispensable para su avance y progresión. En Venezuela ha acontecido que, teniendo una oposición a la revolución bolivariana que es adicta a transformar triunfos en fracasos, esa ecuación se ha hecho inversa y esos grupos políticos han dimitido en su papel de débiles jurídicos para intentar construir una épica del poderoso.

Cuando la oposición al gobierno, primero de Chávez y ahora de Maduro, luchaba contra todo el aparato del gobierno, contra las agresiones verbales del Presidente; contra los empellones que se emprendían para vulnerar a la empresa privada, contra el ventajismo electoral, el nombramiento de rectores “entre gallos y medianoche”, etc., esa fuerza opositora obraba a favor de una sociedad débil, en minoría al principio, que se veía obligada a resistir en medio de sus notables limitaciones frente a las desproporciones del poder. Y fue por esa poderosa razón que, inmediatamente, la oposición venezolana concitó una solidaridad humana natural y de consenso internacional dable por su condición de minusvalía frente a los abusos del poderoso, ya que era el David-Oposición contra el Goliat-Bolivariano, cuya lucha fue percibida por sus apoyos, nacionales e internacionales, como una pelea heroica, sublime y movida por un afán libertario que generó durante mucho tiempo la solidaridad del mundo.

Pero la oposición venezolana, que se ha caracterizado por esa especialidad que es revertir las condiciones favorables en adversidades (para sí y para sus seguidores) claudicó en su papel para entregárselo al poderoso cuando la acción política pasó desde las urnas a apoyar, fomentar y, en muchos casos, solicitar sanciones económicas -que ya no son contra figuras de gobierno, sino que atentan directamente contra el estómago de todos los venezolanos-. Es evidente que la oposición invirtió la ecuación porque convirtió su papel de débil en el de abusador; y, lastimosamente, cambió la máscara de David por la de Goliat, pues la lucha del pueblo sufriente y carenciado dejó de ser únicamente un combate contra un gobierno muy ineficaz para convertirse en la víctima de una guerra declarada por parte del país más poderoso de la humanidad contra el desvalido y hambriento pueblo venezolano; ese mismo poderoso ante el cual ha rendido su voluntad y su accionar la oposición, la misma que conquistó la Asamblea Nacional en 2015, derrotando igual que David al filisteo, únicamente con una piedra y una honda.

Y es por haber renunciado la oposición venezolana a su papel fundamental, el hecho por el cual ha logrado aunar en su contra las voces más disímiles, pues de suyo está que el mundo se solidariza con David, pero no con Goliat; sin embargo, estoy seguro que, a pesar de esta oposición e incluso en contra de ella, a nuestro pueblo solo le queda una opción: ¡Triunfar!

@RodolfoGodoyP

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