De Venezuela a Colombia sin salir de la patria de Bolívar

Por: Daniel Godoy Peña.

No hay dos naciones más parecidas sobre la faz de la tierra que Venezuela y Colombia, en ningún otro continente, ni siquiera formando parte de una misma nación como es el caso de los ingleses y escoceses. Estos hermanos países no solo comparten una historia común de coloniaje e independencia, héroes que dieron su vida por la libertad de ambos, fronteras, además comparten idioma, geografía, gastronomía (aunque de forma errónea nuestros vecinos colombianos se atribuyan la arepa como suya), religión y hasta tienen una etnia indígena: la Goajira o Güajira, según sea el caso.

Venezolanos y colombianos hemos, estamos y seguiremos destinados a tener un espacio común en la historia de la humanidad, les guste o no a los gobernantes de turno, porque estamos condenados  a entendernos como pueblos y a soportarnos el uno al otro; y cuando hablo de soporte no lo hago desde la perspectiva de quien aguanta de su hermano o de su amigo todo lo bueno y lo malo, sino desde la visión del entendimiento y la colaboración para el crecimiento y la prosperidad de ambas naciones, porque negar esto o tratar de modificarlo condenaría al fracaso el crecimiento armónico de la región.

No pretendo escribir estas letras como analista político, ni exclusivamente desde la perspectiva del lado venezolano de la frontera. Lo primero me colocaría en un papel que despojaría al presente artículo de su norte y, lo segundo, que es más difícil por ser venezolano, le restaría objetividad a cualquier opinión o comentario emitido aquí por obvias razones. Amo profundamente a este país como la mayoría de mis compatriotas, queremos ver una Venezuela prospera, de igualdad y con instituciones fuertes e independientes; no quiero volver al pasado, pero si trabajar por un futuro que nos impulse al progreso; pero a Colombia me unen especiales lazos de agradecimiento, amor, amistad, formación y no son simples recursos literarios, no, lo que digo y escribo lo hago desde lo más profundo de mi corazón.

Viví dos años en Bogotá, soy egresado de la Pontificia Universidad Javeriana, uno de mis mejores amigos (de esos hermanos que te da la vida) es colombiano. Después de haber regresado a Venezuela y durante casi 20 años, he tenido la fortuna de volver año tras año a ese amado país, esto me ha permitido conocerlo, recorrer sus ciudades más importantes, desde la capital hasta la costa atlántica, desde los llanos orientales hasta el eje cafetero, siempre teniendo presente los 2 mejores consejos que le puede dar todo colombiano a quien visita y hace turismo en tan maravilloso país “sea juicioso mijo y no de papaya”.

Mi reflexión  va dirigida a todos aquellos que puedan leer este artículo en cualquier rincón de Latinoamérica, pero especialmente a colombianos y venezolanos amantes de la paz; a quienes preferimos que las relaciones entre nuestros dos países se mantengan en armonía con el debido respeto a la libre determinación y soberanía de ambas naciones; a esos que a través de los medios de comunicación existente de uno y otro lados de la frontera tratan con sus opiniones y tergiversadas informaciones de crear escenarios para un posible enfrentamiento fratricida entre Venezuela y Colombia; a aquellos “influenciadores” que emplean sus redes sociales para incitar e instigar a la confrontación entre dos hermanos que, lejos de contribuir en resolver sus problemas económicos, sociales, políticos, en una confrontación y bajo una permanente tensión diplomática, no hace más que alejarnos de la solución a sus males comunes.

Colombia atravesó por problemas que a ninguna democracia latinoamericana le ha tocado vivir, con desplazados por la violencia de un conflicto armado que duró más de 40 años y que obligó a millones de ciudadanos nativos a salir de sus fronteras, para refugiarse y buscar oportunidades de progreso en cualquier lugar del mundo; a eso se suma, una red de narcotráfico que permeó a los distintos sectores de la sociedad y que aumentó los niveles de violencia en ciudades como Medellín y Cali.

Cabe destacar que no solamente el ciudadano común se vio afectado por tan complicada y triste situación, también fueron golpeadas sus instituciones de gobierno, jueces, candidatos, ministros, policías, alcaldes, gobernadores, senadores y diputados; todo aquel que levantara su voz contra esa horrenda situación era blanco u objetivo militar de la guerrilla, de los paramilitares o del narcotráfico según fuese el caso, pero a pesar de todas estas adversidades, el pueblo colombiano, la generación que nació y creció en la época de “La Violencia” entendió que solo a través del trabajo en conjunto de todos los sectores de la sociedad, la cultura, la educación en ciudadanía y el fortalecimiento de la democracia podrían dejar para el futuro de su tierra un legado de paz, tranquilidad, estabilidad social, económica e instituciones políticas fortalecidas.

Pero los de la hermana nación no solo lo entendieron y lo pregonaron, sino que así lo hicieron también los países de la región, especialmente sus vecinos Venezuela, Ecuador y Perú, quienes, a través de la colaboración y apoyo, pero sobre todo con sus fronteras abiertas, permitieron a millones de colombianos hacer de estos ellos (el caso de Venezuela fue el más emblemático) sus nuevos hogares, sus refugios de paz y de progreso que, lamentablemente, no podían tener en su tierra natal. Esta política de puertas abiertas permitió que los ya muy estrechos lazos de hermandad que nos unían se hicieran más sólidos y fuertes y ciertamente esta política fue diseñada y promovida desde los gobiernos, no se dio por combustión espontánea.

Hoy en día la situación es otra, las relaciones entre Venezuela y Colombia atraviesan por su peor momento, nunca antes habían estado tan deterioradas, ni siquiera con el incidente de la fragata Caldas en aguas territoriales venezolanas. Hoy tenemos dos gobiernos, en Caracas y en Bogotá, radicalmente opuestos el uno del otro, donde sus responsables ven y catalogan a su homólogo no como un adversario sino como enemigo y amenaza para la región.

Hoy mientras la Pandemia de la COVID-19 hace estragos en la región, no solo por el número de contagiados y fallecidos sino también por el impacto ocasionado en nuestras ya frágiles economías, sobre todo en la de Venezuela. En medio de este panorama, hace unos días escuché con asombro y mucha preocupación como el presidente de Colombia Iván Duque, declaraba a los medios de comunicación que tenía información de inteligencia (supongo que refiriéndose a la de su país) relativa a que el gobierno venezolano tenía pensado adquirir de la República de Irán misiles de corto y mediano alcance. Yo me pregunto: ¿Cuál es la intención del mandatario al realizar tan temeraria afirmación o acusación? ¿Qué es lo malo, la supuesta compra de armamento de tales características o a quién se le compraría? ¿Es que acaso dependiendo de dónde se fabrican son menos peligrosos o moralmente menos reprochables?

No hago estas preguntas para atacar ni calificar la gestión de Duque, por respeto a mis amigos, a todos los colombianos, a la soberanía y a la autodeterminación de Colombia, pero así como tales afirmaciones me parecen temerarias y que en nada contribuyen a la paz en la región, también me parecen irresponsables las declaraciones del presidente venezolano quien a manera de chanza, o como si se tratase de comprar comida o insumos médicos, acepta de forma irónica y retadora las acusaciones provenientes de la Casa de Nariño.

Tanto venezolanos como colombianos tenemos problemas que, son consecuencia de las dinámicas propias de cada país en algunos casos y que son comunes en otro; y el COVID-19 vino a profundizar una crisis social, económica y política en nuestras ya delicadas relaciones diplomáticas como para que, además, los mandatarios -cual “guapetones de barrio”- estén profiriéndose amenazas como si eso fuese a resolver los problemas, alimentado de esta manera el anhelo y el interés belicista de un grupo radical al que nada le importa la región y, mucho menos, el sufrimiento de ambos pueblos.

En Venezuela tenemos ya bastante lidiando con la inflación, la conculcación de nuestros derechos fundamentales, un gobierno autoritario, unas instituciones que no son independientes y unas sanciones económicas que en nada contribuyen a sacar a Venezuela de la crisis; mientras que del otro lado del río Arauca, desde noviembre del año pasado a raíz de las protestas sociales, se vive un clima político tenso y enrarecido; por la pandemia el turismo se ha visto reducido a su mínima expresión; la maquila que es una de las grandes fuentes de producción de ingresos se encuentra paralizada y, para colmo de males, se asoman de nuevo los fantasmas de la violencia evidenciado con las recientes masacres que empañan de sangre y horror a nuestros hermanos, justo cuando se creía que esa etapa estaba superada y que nunca más se volverían a repetir episodios que tanto dolor, sufrimiento y angustias generaron  a nuestros queridos vecinos.

Ojalá esto solo sean las batallas de micrófono a la que algunos políticos y presidentes están acostumbrados, y que entiendan que cada uno debe dedicarse a resolver los problemas propios para después, de forma desinteresada, sincera y fraternal contribuir a resolver los de su hermano, porque nadie puede ayudar a otro si no es capaz de ayudarse a sí mismo y cualquier acción que implique la violencia o el enfrentamiento entre dos hermanos sería el peor de los remedios para resolver los males. Somos un solo pueblo y como bien lo decía Rafael Caldera “De Venezuela a Colombia sin salir de la Patria de Bolívar”.

@danielgodoyp

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