ESE MUERTO ES MÍO

Por: Rodolfo Godoy Peña

“Es incorrecto e inmoral tratar de escapar de las consecuencias de los actos propios”

Mahatma Gandhi

La madurez personal únicamente se alcanza cuando nos hacemos responsables de nuestros actos y nos hacemos plenamente conscientes de que nuestras acciones y omisiones acarrean consecuencias para nosotros y para los demás. En muchos casos ese proceso de maduración, que es consustancial con la responsabilidad personal, dista de ser un proceso cronológico, porque no por el hecho de hacernos viejos nos hacemos más maduros, y lo mismo pasa con las sociedades como reflejo del conjunto: hay sociedades más o menos maduras en la medida que ese grupo entiende como consecuencial de su acción social los resultados que de ellos se deriven.

En la maduración de las personas -y en las sociedades- cumple un rol fundamental el líder, aquella persona que, por sus condiciones personales, su empatía, su fortaleza, su entrega y su resiliencia, está encumbrado para dirigir a los demás y tiene auctoritas para servir de guía. Hay capítulos en nuestra historia donde esos líderes, asumiendo el peso de sus errores y fracasos, demuestran sobre todo una valentía personal que genera admiración, pues la verdad, conlleva responsabilidad; porque, a menos que se esté transitando la pubertad física o mental, el error, el fracaso o el revés humaniza al líder no lo defenestra y, lo más importante, si tiene madera de verdadero líder, le permite la rectificación en la acción para la consecución de los objetivos.

Venezuela no se ha caracterizado por ser una sociedad madura y eso se expresa en que los venezolanos somos especialistas en salvar nuestra responsabilidad culpando a otros, realidad que no ha sido documentada solo ahora sino que desde hace más de 60 años, ese venezolano de excepción que es don Mario Briceño Iragorry, -y con el cual estamos en deuda pues no se le ha dedicado desde la academia lo necesario para el estudio de su obra- en sus ensayos sociológicos como Mensaje sin Destino, la Hora Undécima o El Caballo de Ledezma entre otras, nos confronta con esa realidad, con esa incapacidad tan nuestra para asumir responsabilidades por obra de un demiurgo que nos salve de las consecuencias.

Somos una sociedad capaz de excusar la llegada al poder del presidente Chávez gracias al voto de más del 56 % de los venezolanos en el año 1998 (más de la mitad de los venezolanos lo eligieron para regir los destinos del país) pero la culpa de su acceso al gobierno es del decreto de sobreseimiento del presidente Rafael Caldera. Es decir, más de 3.5 millones de venezolanos que votaron por el presidente Chávez, no fueron o no son responsables de su acción de gobierno. Este tipo de alegaciones, exentas de responsabilidad individual, no nos permiten entrar en el debate correcto pues nos velan las causas principales de nuestra acción.

Hay momentos cruciales en la vida política del país que nos muestran episodios de líderes capaces de asumir la responsabilidad de sus actos, como lo fue aquella respuesta contundente que frente al intento de exculpación que quiso hacerle un seguidor al presidente Guzmán Blanco por el fusilamiento ordenado por él de su amigo y vicepresidente general Matías Salazar, contesta Guzmán: “¡No señor, ese muerto es mío!, asumiendo plena responsabilidad en el asesinato de Salazar a pesar de la campaña mediática diseñada y ejecutada por sus adláteres para liberarlo de la mácula.

El liderazgo político venezolano tiene una “crisis de hombres” – López Contreras dixit -: por un lado, por parte de la oposición reconocida y financiada internacionalmente, se pergeñan y ejecutan las más inverosímiles acciones para derrocar al gobierno, tales como la “Rebelión de los Topochos”, una ópera bufa remedo de un alzamiento militar que seguramente pasará a la historia como una muestra de ignominia y rotundo fracaso; junto con la demostración de los liderazgos políticos exentos de responsabilidad como la que protagoniza el diputado Edgar Zambrano, quien siendo primer vicepresidente de la Asamblea Nacional, se presentó al amanecer en el punto de reunión de los alzados luego del mensaje enviado por el diputado Guaidó  para convocar al golpe de estado, y una vez detenido, alego que él “no sabía” lo que estaba sucediendo en esa oportunidad. Si no es un irresponsable, en el mejor de los casos es un incauto que no debería representar al pueblo venezolano.  

Una oposición que, a despecho de las pruebas y declaraciones divulgadas a raíz del intento de intervención a través de Macuto de milicias irregulares (audios de Guaidó conviniendo con Goudreau, contratos firmados, entrevistas en los medios abiertos de J.J Rendón declarando haber pagado en nombre del citado diputado, etc.) no asumió ninguna responsabilidad y  de lo que único que se hace responsable es de pedir que otros países sometan a Venezuela a sanciones,  que nos privan de las ya escasas posibilidades, con el sublime objetivo de “despertar nuestra conciencia democrática”.  

Y por el lado de gobierno, no hay ningún “mea culpa” ni rectificación real con relación al perverso modelo impuesto de distribución de la renta indiscriminada sin generación de riqueza; la cooptación de todos los espacios de la empresa petrolera sin discriminación de las capacidades sino solo por lealtades ideológicas; los discursos permanentes de odio y de revanchismo; la expropiación como único modelo de justicia social que se acerca más a la vindicta que a la virtud; etc.,  pero que se declara inocente de todo porque, según ellos, todo mal que aqueja al país es única y exclusivamente debido a las sanciones impuestas por el gobierno norteamericano, soslayando haber dirigido -o mal dirigido- al país por más de 14 años antes de la imposición de las mismas.   

Visto lo visto, es natural que según los últimos datos de la empresa DATINCORP, más del 86 % de los venezolanos manifiesta tener o “poca confianza” o “ninguna confianza” en los líderes del país. Que apenas 1 de cada 10 venezolanos confíe en sus líderes es una señal muy alarmante de la deriva del país.

Venezuela necesita liderazgos maduros, prudentes y con la valentía suficiente para asumir sus decisiones, pues no es el fracaso de los lideres lo que los hace extinguirse, sino su incapacidad para comprometerse con la verdad.

@rodolfogodoyp