Aladino

Por: Linda D´ambrosio.

Cierta entidad bancaria, en alianza con un conocido periódico español, adelanta un proyecto dirigido a familias y profesores cuyo propósito es facilitar que cada niño y adolescente descubra su vocación y desarrolle al máximo sus potencialidades. Para ello, se han valido de una serie de encuentros que han puesto en contacto a diversos grupos de jóvenes con personalidades destacadas en distintas áreas. Estos encuentros han sido registrados en video, y conforman una serie disponible en Youtube.


Por esa vía di con una disertación del conocido psicólogo Walter Riso, quien explicaba que el 50% de sus pacientes acudía a consulta por motivos que tenían que ver con temas amorosos. Y efectuó una afirmación que me hizo reflexionar: “si el 50% de la gente acude por asuntos relacionados con el amor, es casi que un problema de salud pública”. 

Siempre se ha dicho que el amor es lo que mueve el mundo, y resulta comprensible que tantas personas se sientan inquietas por algo que tiene tanta importancia en nuestras vidas. Pero Riso, además, traía a la palestra un par de asuntos más. Mencionaba dos mitos ampliamente divulgados: que el amor es felicidad y que el amor todo lo puede. 

A partir de este punto mi atención se dispersó y abandoné el visionado. Escuchando a Riso enlacé enseguida con una película que mis hijos disfrutaron mucho durante su niñez: Aladino, o mejor dicho Aladdin, así, en su versión Disney. Cuando se produce el encuentro con el genio de la lámpara, este le hace saber al protagonista que puede pedir lo que desee, menos tres cosas: “regla nº1: no puedo matar a nadie, así que no me lo pidas; regla nº 2: no puedo hacer que nadie se enamore de otro alguien; y regla nº 3: no puedo traer a los muertos del más allá”.

No sé si esta lista será exhaustiva, pero da cuenta bastante bien de cosas que, por mucho que nos duelan, no tienen remedio. 

Algo retrotrae mi atención hacia el video: “Dicen que tú todo lo puedes. No: tú no lo puedes todo. ¿Qué tus deseos se harán realidad? ¡Mentira! Hay muchos deseos que no se cumplen”.

Esta aseveración, a su vez, me catapultó al pensamiento de cuán importante es aprender que no todo lo podemos. Existe la fantasía, alimentada por modernas teorías, de que tenemos un control ilimitado sobre las cosas. Desde el bíblico pedid y recibiréis, que lo deja todo en manos de la Divina Providencia, hasta la ley de la atracción, proseguimos con la convicción primitiva de que podemos manipular las fuerzas celestes para hacerlas propicias a nuestras aspiraciones. Pero, tristemente, hay cosas que escapan de nuestro control.

 Tan importante como aprender a no desalentarnos, a mantener la motivación y a trabajar inagotablemente por lo que queremos, es saber cuándo debemos detenernos. Siempre he sido firme defensora de que hay que cambiar los métodos, no las metas. Pero hay metas que dejan de tener interés. Y, amorosamente hablando, cada quien debe saber cuándo seguir con su vida y protegerse. No es problemático que alguien no nos quiera: es inaceptable no ser tratado con deferencia y respeto, cualquiera que sea el terreno. Y ambas cosas suelen traducirse en actos. Actos que sí, lamentablemente: requieren un esfuerzo.

Es lo que técnicamente se define como tolerancia a la frustración, un sentimiento que está presente en nuestro día a día, y que es un indicador de que las cosas no han salido como queremos… En infinitas oportunidades no logramos lo que nos proponíamos o nos apetece decir como los niños pequeños: “yo así, no juego”. No pasa nada. Es parte de la vida, y como se afirma en el video, lo importante no es las veces que te caigas, si no las veces que te levantes.

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