DIOS AMA A LOS ATEOS

Rodolfo Godoy Peña

Con ocasión de la celebración de la fiesta canónica de san Francisco de Asís el pasado 3 de octubre, el Papa Francisco publicó la Encíclica FRATELLI TUTTI, que trata sobre la fraternidad y la amistad social, siendo esta la tercera que ha realizado desde el inicio de su pontificado. En las últimas décadas veníamos acostumbrados a escritos papales elaborados por un Papa filósofo como San Juan Pablo II –probablemente el más prolífico de todos los pontífices en cuanto a letras, y redactadas desde la fenomenología- u otros escritos menos digeribles para el público lego, como las publicadas por el Papa teólogo Benedicto XVI. Esta encíclica, en cambio, está escrita desde la cotidianidad, con gigantesca profundidad intelectual, pero sin fárrago, con explicaciones desde lo más humano, es decir, desde aquello que nos hace acercarnos más a nuestra naturaleza que es el amor.  Es Francisco, el Papa pastor.

El amor es el tema central de los escritos de Francisco. La encíclica anterior, LAUDATO SI, fue un llamado de amor por la creación y el cuidado de la “casa común”. También hubo la publicación de una exhortación apostólica llamada AMORIS LAETITIA que trata del amor y de sus lazos en la familia, y donde nos habla de ternuras y de abrazos.  En esta nueva encíclica Francisco nos hace un llamado al amor social, al grupo entero, a toda la especie humana como camino de salvación para cambiar el derrotero de autodestrucción en el cual parece estar enfrascada la humanidad.

Es imprescindible recordar que la atención solícita y la preocupación diligente de la iglesia Católica por las realidades sociales no son nuevas. Hace 130 años, León XIII, antecesor de Francisco, frente a los retos que implicaba la revolución industrial, promulgó la Encíclica RERUM NOVARUM que se convirtió en una pieza clave de la Doctrina Social del catolicismo y que sufrió aggiornamentos en los pontificados de Pío XI y de Juan Pablo II, coincidiendo con los 40 y 100 años de su promulgación.

Ahora, en este notable escrito que nos acaba de entregar la Cabeza de la Iglesia Católica, se realiza un diagnóstico de la realidad social actual, haciendo análisis histórico del momento y desmenuzando temas contemporáneos y globales como las redes sociales, los medios de comunicación, la posverdad, la integración, el coronavirus, el populismo, el ejercicio de la política, la migración, la colonización cultural, etc.; temas de meridiana actualidad y que nos afectan a todos en distintos grados.

A lo largo de sus párrafos, Francisco nos llama la atención sobre clichés que repetimos como fórmula para liberarnos socialmente de nuestro deber de solidaridad, como cuando se afirma, por ejemplo, que “… el mundo moderno redujo la pobreza…”, pero calzando elementos que no obedecen a necesidades actuales: Porque en otros tiempos, por ejemplo, no tener acceso a la energía eléctrica no era considerado un signo de pobreza ni generaba angustia. La pobreza siempre se analiza y se entiende en el contexto de las posibilidades reales de un momento histórico concreto”, dice terminantemente porque es obvio que el mundo ha cambiado y demanda otro prisma para ser entendido.

Los conceptos que soportaban la vida en común, como anhelo colectivo de bienestar, van siendo conceptos manidos y huecos pues un modo eficaz de licuar la conciencia histórica, el pensamiento crítico, la lucha por la justicia y los caminos de integración es vaciar de sentido o manipular las grandes palabras. ¿Qué significan hoy algunas expresiones como democracia, libertad, justicia, unidad? con lo cual el Papa envía un potentísimo mensaje sobre la recomposición de conceptos y rescatando su fin ulterior en consecución del bien colectivo.

Hace el Sumo Pontífice también una poderosa reivindicación de la política llamándola una altísima vocación ya que es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común, y advierte que ese bien común hay que buscarlo más allá de la economía, pues la dignidad del hombre y su fin no se sacian con la tenencia de bienes. No es “tener” –advierte- sino que lo que hay que desarrollar es el “ser” de modo que la política no debe someterse a la economía y esta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia.

Diserta Francisco, con valentía, sobre temas que pueden ser urticantes para la sociedad moderna, tales como la falacia del neoliberalismo que “acudiendo al mágico “derrame” o “goteo” —sin nombrarlo— como único camino para resolver los problemas sociales” lo que hace es producir inequidad y violencia que afectan el tejido social. O el asunto de la equiparación como derecho humano fundamental absoluto de la propiedad privada y de uso privativo, haciendo hincapié en el empleo de los bienes en función de la sociedad: Esto se fundamenta en el sentido positivo que tiene el derecho de propiedad: cuido y cultivo algo que poseo, de manera que pueda ser un aporte al bien de todos

Recurre el Papa Francisco, como hilo conductor de las soluciones que planteará a lo largo de la Encíclica, a la parábola del “Buen Samaritano”: aquel hombre impuro, totalmente ajeno a ese sujeto herido, pero que ejerciendo la compasión recoge al sufriente, lo cura, le vigila el sueño y cuando tiene que partir, da de su dinero para que el posadero vele por ese semejante hasta su recuperación definitiva. Francisco aprovecha la oportunidad para poner de bulto el elemento de la condición religiosa de dos viajantes –un levita y un sacerdote- que se habían topado con aquel sujeto que por obra de bandidos yacía medio muerto a la vera del camino pero que no se detienen a asistir al moribundo, sino que lo rodean, dejándolo a su suerte, hasta que aparece en el camino el samaritano. No cabe duda, a medida que se van leyendo sus páginas, se evidencia que la Encíclica es una lección pastoral del más alto jerarca de la Iglesia Católica, pero es, del mismo modo, una fuerte disertación y análisis sobre actualidad política por parte de un jefe de estado.

Ese buen samaritano de la parábola neotestamentaria sale de sí, no exclusivamente por el dinero que entregó para que cuidaran del anónimo -pues dar dinero es la forma más fácil e impersonal de ser generoso- sino que aquel sujeto, natural de Siquém, va mucho más allá de eso: retrasa sus obligaciones, se desvía de su ruta que lo llevaba hacia Jericó, le dona su tiempo y gasta su esfuerzo buscando el bien del inerme. Y es a eso a lo que nos convoca Francisco en cada línea de su Encíclica: a amar al prójimo aun cuando sea anónimo y a pesar de que a nosotros no se nos reconozca el mérito de nuestra buena acción.

Si es verdad que Francisco discurre sobre la virtud teologal de la caridad, se nos hace más próximo cuando se plantea que el amor y la entrega al otro es el camino de la felicidad porque supone el hecho de salir de nosotros para entrar en la esfera del otro. Pero no se queda el Sumo Pontífice en la disertación romántica, aun cuando expone que la fuerza motriz para cambiar al mundo es el amor, sino que brinda soluciones concretas como la necesidad de preservar la ONU; el empeño que hay que poner en los organismos de integración regionales; la necesidad del acrecentamiento de la sabiduría para el buen ejercicio del periodismo y para el uso de las redes como contrapeso al populismo; el fortalecimiento del diálogo como mecanismo político; la supresión de muros y barreras; la dignificación de la humanidad a través del trabajo creador y a la no permanencia de la dádiva, etc. En fin, este Papa pastor, movido por el amor expone líneas concretas para la acción.

Llama poderosamente la atención que sea por medio de una Encíclica, que de suyo es una carta dirigida a los obispos y a los fieles católicos, que el Papa Francisco -haciendo bueno lo que escribe y dándonos ejemplo de amor por el mundo-, nos reseñe, por ejemplo, sus disertaciones con el Imán Ahmad Al-Tayyeb. También nos sorprende utilizando como hilo conductor la parábola del samaritano, para hacernos reflexionar en el hecho de que, muchas veces, quienes dicen no creer, pueden vivir la voluntad de Dios mejor que los creyentes. Finalmente, convocándonos a todos los hombres a amar al mundo para encontrar soluciones nos dice: “…el amor de Dios es el mismo para cada persona sea de la religión que sea. Y si es ateo es el mismo amor”.

Creo que vale la pena, entonces, leer y rumiar este documento que es un poderoso llamado para convocar a todos los hombres de buena voluntad en la tarea de hacer un mundo mejor a través del amor.

@rodolfogodoyp

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