EL GRAN VIRAJE

Por: Rodolfo Godoy Peña

La rectificación en materia económica, como cualquier otra rectificación, no deja de ser plausible, pues implica una revisión entre los resultados propuestos y los logros obtenidos, y es esa revisión la que permite la corrección de las fallas y los estropicios de lo ya ejecutado.

En el año 1989 el presidente Carlos Andrés Pérez, durante su segundo mandato, intentó realizar una rectificación del modelo económico del país que él mismo había instaurado en su primer período. El boom petrolero de principio de los años 70 trajo como consecuencia para Venezuela el haber cuadriplicado los ingresos nacionales y haber vivido la ficción de ser un país saudita, donde se instauró una política fiscal de intervención desproporcionada del Estado en la economía; un modelo donde el Estado era el factor dinamizador de la economía y con un sector privado que fue creciendo atrofiadamente, al amparo del patrimonio público y del único bien que era barato, el dólar, pero que afectaba gravemente su capacidad de competir.

Se había desplegado durante el primer gobierno de Pérez el modelo de los “nuevo ricos”: por una parte el Estado intervino en todas las áreas de la vida económica y era dueño de aerolíneas, hoteles, fábricas y comercios; se nacionalizó la industria petrolera; se desarrollaron políticas de sobredimensionamiento de la burocracia bajo la política del “pleno empleo” (cuatro ascensoristas en cada organismo público, para cada ascensor); y se instaló en el país, de la mano de CAP, una espiral viciosa donde en vez de administrar la abundancia con criterio de escasez”, se administró la abundancia con absoluta escasez de criterio.

Esa alucinación de que éramos un país materialmente “rico” nos hizo entrar en una espiral diabólica, porque para mantener la “monstruosidad” del Estado empresario fomentado por el boom petrolero  -y la insensatez del liderazgo iniciado con Pérez y seguido por los gobiernos subsecuentes-, se llevó al país a niveles de endeudamiento alarmantes en una sociedad que, se había vuelto pobre en competitividad y que fue perdiendo fuelle en la medida que el petróleo sufría los altibajos de precios, propios de un producto global. Y todo lo anterior ante a la mirada perpleja de un pueblo que se iba depauperando continuamente y que se iba decepcionando de la democracia, pues parecía que ese sistema lo alejaba paulatinamente de la “mayor suma de felicidad posible”.

Cuando el presidente Pérez llega por segunda vez a la presidencia, inicia una rectificación que se llamó El Gran Viraje, dando un giro de 180 grados a la política económica que él mismo había iniciado 25 años antes pretendiendo, de un modo impetuoso y compulsivo, someter al país a un canje profundo y atropellado del modelo económico. Eso no podía resultar y para ello hubo varios factores: por una parte, el presidente Pérez no tenía la fuerza moral para acometer una revolución de esa magnitud, siendo como era, el padre de la criatura; y, por la otra, porque prescindiendo del juego político, se auto-convenció –confiado en su “propia” percepción de fuerza  y liderazgo– que le bastaba con ser quien era él para aplicar medidas de choque que enderezaran los entuertos del tullido modelo económico.

En resumen, se engañó al país, por acción u omisión, con la percepción de que la vuelta de Pérez al poder significaba el regreso de la Venezuela saudita; pero ese desengaño lo pagó tan pronto como 20 días después de su toma de posesión, cuando se produjo un violento estallido social con ocasión del aumento del precio de la gasolina, un tema casi tabú en este país rentista; y, lo más funesto e inexplicable, dentro de una sociedad desencantada y exhausta, por la aplicación de un modelo que por “goteo” iba a permear para el bienestar de los más necesitados. Así, a medida que pasaban los meses, mientras desde las élites se alababa el crecimiento “macro económico”, el gobierno constreñía de manera significativa el gasto social de forma tal que el país estaba sometido a más penurias mientras que el gobierno se agasajaba de un crecimiento que estaba vedado para la mayoría.

Hoy Venezuela de nueva cuenta enfrenta otro “gran viraje”. Es la reedición de Pérez pero que, por supuesto, aun cuando los elementos teleológicos de la comparación teórica puedan equiparase, es necesario hacer la adecuación del momento histórico. Lo similar es que al igual que en la década del 70, Venezuela volvió a vivir el primer boom petrolero del siglo 21, multiplicando exponencialmente los ingresos del país: al final del segundo gobierno de Rafael Caldera, los precios del petróleo no llegaron a alcanzar  los dos dígitos, mientras que en el transcurso del gobierno del presidente Chávez, los precios progresivamente alcanzaron los tres dígitos; lo que llevó al país a la reinstalación de la percepción de una Venezuela saudita, al ridículo extremo de que, por ejemplo, el Estado trocó en financista turístico de viajes en divisas por medio del subsidio directo a “toda” la población a través de Cadivi: ¡tamaño despropósito!. Chávez repitió los errores de Pérez.

Pero la motivación para la reinstauración de un Estado omnipresente obedecía a razones distinta ya que para Chávez – a diferencia del presidente Pérez – existía un fuerte componente marxista en el cual tenía que potenciarse la lucha de clases a través de una justicia distributiva cercana a la retaliación. Mientras que en Pérez I hubo irreflexión, en Chávez hubo planificación; pero era inexorable el destino malogrado de ambos experimentos, pues no está destinada al éxito una economía nacional improductiva y rentista, que minimiza o suprime a la empresa privada y que asienta su desarrollo en la volatilidad de la riqueza extractiva.

Aun cuando es sano que el gobierno deje abandonadas en el camino sus posiciones aupadas por la extrema izquierda, este viraje iniciado por el presidente Maduro rectificando el modelo económico por la fuerza interna y externa de los hechos, representa todo un lance frente a su base de apoyo, pues estaría deslastrándose de la herencia del deificado presidente Chávez y supondría que Maduro ha tomado la decisión de alejarse del infantilismo chavista para actuar como un adulto frente a la realidad. Mucho tendrá, entonces, que explicarle esto a su gente, pues ir contra el “dogma” conlleva a la apostasía.

Para Pérez la rectificación conllevó a su muerte política, aun cuando él “hubiera preferido otra muerte”. Al presidente Chávez, en cambio, la “otra muerte” lo salvó de presenciar el disparate de su modelo, redimiéndolo a ojos vista de su propia responsabilidad. Nos queda por ver si el presidente Nicolás Maduro podrá sobrevivir a este nuevo viraje.

@rodolfogodoyp

Reporte Latinoamérica no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.