RELATIVISMO DEMOCRÁTICO

Por: Rodolfo Godoy Peña

Ganó Luis Arce las elecciones presidenciales en Bolivia, y luego de casi un año de la salida áspera del poder del presidente Evo Morales, su partido Movimiento Al Socialismo y su pupilo y ex -ministro retoman la presidencia.

Este ha sido un año perdido para Bolivia, no sólo por la afectación de la pandemia del Covid-19, sino por el retroceso político en un país que ha estado inmerso en permanentes convulsiones sociales. Desde la “Gran Rebelión” de Tupac Amaru II y su posterior conformación como hija predilecta del Libertador, hasta inicios del siglo XXI, esa hermana república no había encontrado la estabilidad política. Es bueno recordar que hasta el advenimiento al poder del presidente Morales en 2006, y en un período de apenas cinco años antes, la presidencia de Bolivia fue ocupada por seis personas distintas, lo que nos da cuenta de la conmoción política de esa nación andina que, por supuesto, afectaba todos los indicadores económicos. A principios de siglo ese país tenía una fuerte contracción económica con una alta tasa de desempleo, aunado a la contracción del PIB.

El triunfo electoral del presidente Evo Morales en  2005 fue un síntoma inequívoco de la llegada al Palacio Quemado del pueblo boliviano, no sólo por su origen racial sino por el conocimiento que tenía Morales del sentir, las tradiciones y la cultura de su propia gente, tras haber sido un líder social y sindical durante los años previos a su primera conquista de la presidencia; éxito electoral que repitió en 2009 y 2014.

Pero llegaron las elecciones de 2019 frente a las cuales se invirtieron horas y horas en redes sociales, en medios de comunicación, en artículos de opinión y en análisis de sesudos observadores para intentar “justificar” el fraude de Morales, alegando que no había ganado las elecciones y que, en el mejor de los casos, si sacó alguna ventaja no era la suficiente para salvar el escollo de la segunda vuelta. Pues bien, un año después el partido MAS se hace con el gobierno con otra irrefutable victoria como todo indica lo fue la de 2019 cuando el candidato era Evo Morales.

El disparador y vocero principal de esa corriente que gritó “fraude” el año pasado fue el inefable Luis Almagro – Secretario General de la OEA -, con un amañado informe técnico, mismo que fue refutado y desmentido por una ristra de universidades y centros académicos del mundo, pero  el daño, tal y como lo concebía el grupo representado por el uruguayo, ya estaba hecho, aunque repetían mentirosamente que habían rescatado la democracia boliviana. El principal perdedor de las elecciones del domingo pasado no fue Carlos Mesa o Luis Camacho; la gran perdedora de estas elecciones es la Organización de Estados Americanos.

Los analistas que apoyaban el refutado informe, y que validaban la acusación de fraude, se devanaron los sesos para explicar que la salida del poder de Evo Morales no había sido un golpe de Estado, sino que aquello fue una rebelión, una revuelta pública, un contragolpe, una gesta libertadora, un juicio popular, en fin, centenares de sinónimos vacíos frente al hecho incontrovertido de que las Fuerzas Armadas le exigieron la renuncia al presidente constitucional: sin eufemismos, un golpe de Estado. Y ahora, visto en el tiempo, no deja de distinguirse como lo que fue: un intento desesperado y grosero de muchos generadores de opinión para cohonestar tan bochorno hecho.  

Esos mismos actores mediáticos intentan ahora explicar los resultados electorales en Bolivia, no como un triunfo de Arce y el partido de Evo Morales, sino que lanzan las teorías más peregrinas y disparatadas para explicar lo acontecido únicamente como una derrota de una oposición desunida; o que la Sra. Añez enturbió el proceso por postularse; o que todo es producto de una conspiración del Foro de Sao Paulo; o lo que es peor, y actuando de manera abyecta, calificando a los votantes bolivianos de ignaros, indios, iletrados o brutos por ejercer su derecho a darse el destino que ellos decidan. La ostensible mezquindad intelectual hace que muy pocos lo analicen en el debido contexto democrático; y es que para eso se vota.

En Venezuela se han vertido ríos de tinta intentando motivar a la gente a votar en las venideras elecciones parlamentarias con todos los alegatos posibles, pero en cuanto sucede lo de Bolivia, esos mismos opinadores pro-voto empiezan a hacer funambulismo intelectual para intentar desacreditar el proceso electoral de allá pero ambicionando salvar las legislativas de diciembre en el país. Son, en realidad, seudointelectuales que pretenden defender el principio democrático en potencia, pero no soportan la acción. La democracia se asienta radicalmente en la libertad humana, lo cual la hace ser “….el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás”, parafraseando a Churchill.

Cuando se debate sobre la monarquía y la elegibilidad del Jefe del Estado español, por ejemplo, estos demócratas de Twitter que no soportan la democracia hecha acción, defienden a ultranza el “status quo” en España frente a la posibilidad de que algún partido de izquierda como Podemos se haga con el poder. En realidad no les importa si las bases de la democracia apoyan la petición de esos grupos sino que lo importante para ellos es impedir, así sea suprimiendo la elección, que se haga con el poder la opción contraria a la que ellos defienden como buena; sin embargo, en Venezuela “se rasgan las vestiduras” en defensa del voto. Si en el altiplano gana otra vuelta la izquierda, estos mismos demócratas llegan a cuestionar las bases de la democracia directa o fomentan dudas sobre la capacidad intelectual de los votantes bolivianos, pero en Venezuela “se cortan las venas” llamando a la gente a votar.

Son “demócratas” convencidos no del sistema, sino del resultado. Si la democracia sirve para elegir la opción que ellos validan como la “única” buena, la democracia pasa la prueba, pero si por alguna razón pierde su opción, entonces gritan a voz en cuello que la democracia debe ser revisada; que se debe limitar el derecho al voto; que es imprescindible establecer elecciones de segundo grado, etc. Inclusive se rememora la égida militar “pinochetista” o “perejimenizta”, todo con tal de que la opción “buena” llegue al poder. Lo más peligroso de esos “demócratas a la carta” es su incapacidad de defender al sistema, pues para ellos toda elección contraria a sus gustos carece de legitimidad. Están convencidos de favorecer y alentar el voto en tanto en cuanto la opción “buena” es mayoritaria, pero de ser el caso contrario se dan a la tarea de dinamitar las bases y la legitimidad de origen del sistema democrático. De este despropósito, los venezolanos podríamos hacer un libro.

La democracia indudablemente que puede ser revisada pues como todo sistema humano es perfectible. La democracia no es un fin sino un medio para alcanzar la mayor plenitud del hombre y de la sociedad, y ella es el reflejo político de la salud de la polis. Debemos procurar mas y mejor democracia y entender que –como también sostenía Churchill- “la democracia es la necesidad de doblegarnos de vez en cuando a las opiniones de los demás” y que esos otros, los demás, no son ni más ni menos buenos que nosotros, sino que son iguales que nosotros aunque piensen distinto. He allí la grandeza de la libertad humana y lo enriquecedor que puede ser el sistema democrático.

@rodolfogodoyp

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