GRUÑIDOS IMPERIALES

Por: Rodolfo Godoy Peña

La obra homónima del periodista neoyorkino Robert Kaplan publicada en 2005 es un relato de su paso por los países donde los Estados Unidos de América tenía desplegadas fuerzas militares para esa época (Yemen, Irak, Colombia, Filipinas), narración que hace a través de su vivencia personal y del relato de los militares norteamericanos apostados en esos territorios como elementos determinantes para la conservación del imperio norteamericano. Kaplan, quien es un defensor de la ética maquiavélica, avala la teoría de la “Razón de Estado”, donde el resultado es más importante que los medios, y de ese modo justifica esta presencia militar como elemento radicular en la expansión imperial, tratando de humanizar la colonización a través de la integración de las fuerzas militares en los países sometidos y proponiendo una más decidida ayuda en todos los ámbitos, sin desechar el militar.  Esto no es ninguna novedad si nos atenemos a toda la historia humana y sus imperios, siendo probablemente los romanos el imperio más exitoso por haber logrado un equilibrio entre la potencia militar y la asimilación cultural y religiosa de los pueblos conquistados, pues el triunfo de un imperio se consolida sobre su extensión territorial, su impacto cultural, su economía, su poderío militar y su supremacía en la época de su existencia.

Tras la caída del Muro de Berlín como consecuencia del derrumbe de la URSS y los eventos en la Plaza Tiananmen, que parecían augurar la disolución del comunismo chino, el ex funcionario gubernamental norteamericano, Francis Fukuyama, escribió una obra de resonancia mundial titulada “El fin de la historia y el último hombre”, donde expone que la lucha ideológica había llegado a su fin con el triunfo del liberalismo, pues el mundo había encontrado la forma más razonable de organización con la democracia liberal de la mano con el libre mercado y que, por ende, a partir de allí, la humanidad caminaría desechando doctrinas, la política sería sustituida por la economía y la idea abolida por el pragmatismo.

Sin embargo, los eventos sucedidos después de la publicación del libro, tales como el ataque a los Torres Gemelas, la guerra de Irak, el estrepitoso quiebre del modelo liberal económico con la crisis de 2008, las desigualdades crecientes, etc., fueron un rotundo mentís para las teorías de Fukuyama, ya que todo aquello refutaba sus conjeturas pues no era dable pensar que todo el mundo aceptaría la democracia liberal occidental como sistema de gobierno, y se hacía evidente que el libre mercado absoluto no era tan estable y duradero como preconizaba Fukuyama.  Ahora bien, en lo que estuvo más equivocado el autor fue en su apreciación acerca de China, cuando sostenía en su libro: En la actualidad hay más de veinte mil estudiantes chinos en Estados Unidos y otros países occidentales, casi todos ellos hijos de miembros de la élite china…/…Resulta difícil creer que cuando vuelvan a casa para gobernar el país se contentarán con que China sea la única nación asiática que no se ha visto afectada por la gran tendencia democratizadora”. En todo caso, frente a la rotundidad de la evidencia contraria después de 30 años de su éxito literario, y como solamente los idiotas no cambian de opinión, Fukuyama declaraba: “...en muchos sentidos, me he movido hacia la izquierda por un par de razones bastante buenas…/… Y creo que eso (la lucha contra la desigualdad) probablemente lo ofrece mejor hoy la izquierda que la derecha”

En la primera guerra fría –la que ganó Estados Unidos – la constante fue el uso de las vías armadas como elemento preponderante en la lucha ideológica entre bandos (Vietnam, Cuba, Afganistán, Corea, Libia, Nicaragua, Angola); pero el bloque comunista no pudo seguirle el paso a la carrera armamentista (Guerra de las Galaxias) que desarrolló Estados Unidos, porque la URSS no tenía la capacidad de financiarla; pero, en cualquier caso, el miedo de la aniquilación mutua sirvió de freno entre los norteamericanos y los soviéticos. A nuestro mundo se le presenta una nueva guerra fría, pero los factores actuales son distintos porque, a despecho de la teoría de Fukuyama, el mundo vuelve a verse envuelto en un conflicto bipolar de carácter ideológico: las armas y los métodos han cambiado, sin duda, pero lo que le sirvió a Kaplan para justificar al imperio como un hecho netamente militar con algún componente social, hoy pierde vigencia. La actual bipolaridad se define por la relación entre Estados Unidos y China y, a diferencia de la anterior guerra, los nuevos contendientes usan las mismas estrategias para prevalecer, ya que explotan el mercado, aunque conserven incólume su visión ideológica particular.

Sin despreciar lo importante que es para un imperio “gruñir”, China ha logrado hacerse con una de las fuerzas militares más numerosas y tecnológicamente más desarrolladas en la actualidad; y ha dado muestras de ello en el conflicto en la frontera con India; en la creación de las islas artificiales en el Bajío de Mansiloc que le permite desplegar sus fuerzas militares en el Mar de China Meridional; o en el conflicto reciente por Taiwán; por solamente mencionar algunas. Si se le suma a China la cooperación de sus vecinos más inmediatos, como Rusia y Corea del Norte, estamos ante la presencia de un coloso nuclear con una capacidad bélica formidable. Pero, a sabiendas que la existencia de un poder global hegemónico no puede bastarse con la preponderancia militar, tal y como se demostró con la Unión Soviética, China  está usando y optimizando los métodos occidentales de comercio y es, al día de hoy, la economía más grande del mundo; es decir, que ha cambiado el orden de las armas con las cuales luchar contra Occidente.

China es el único país que a pesar de la pandemia tuvo el menor descenso entre los países desarrollados con relación a los flujos de inversión extranjera los cuales se han contraído a nivel mundial en un 49 % interanual según datos de la UNCTAD. Estados Unidos bajó en un 61%, África en un 28% y Latinoamérica en un 25%, mientras que para China el descenso fue apenas del  4%. Dan Collins, empresario norteamericano que vivió durante 20 años en China, sostiene: El PBI chino ya vuelve a subir, y probablemente el año que viene esté un 10 % por encima del año pasado, mientras que el resto necesitaremos 2, 3 o 4 años para recuperar los niveles del 2019…/… el equilibrio de poder se ha revertido y el gigante asiático va a salir de la pandemia como salió EUA de la Segunda Guerra Mundial: como la única opción viable”. Más aún: según un informe de la firma Deloitte, China en la actualidad representa el 16,5% de la economía mundial, cuando se mide en términos de poder adquisitivo real, en comparación con el 16,3% de los EE.UU. La mayor economía del mundo en términos de PIB sigue siendo EE.UU, pero considerando la paridad del poder de compra de cada país, China estaría en el primer lugar del ranking mundial. Pero, no nos llamemos a engaño: esta nueva guerra no está exenta de un profundo contenido ideológico porque aun cuando se luche bajo la filosofía del mercado, China fue y sigue siendo comunista, con férreos controles sociales, con supresión de importantes libertades y con concentración de poder en un partido único.

Ahora bien, siendo obvio que estamos ante una nueva guerra fría, es ineludible formular algunas interrogantes: ¿Podrá Occidente reaccionar ante el avance del gigante asiático y realinear una estrategia que hasta ahora ha sido reactiva y equivocada? ¿Podrá China sostener su hegemonía sin hacer cambios políticos profundos a lo interno, o colapsará como la Unión Soviética? Todo está por verse pero, por lo pronto, hay que repensar y entender la geopolítica mundial bajo esta nueva realidad. Es hora de usar nuevos  catalejos.

@rodolfogodoyp

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