EL EJEMPLO

Por: Rodolfo Godoy Peña

Al momento de escribir estas líneas la ventaja de Joe Biden sobre Donald Trump es de más de cinco millones de votos en la carrera presidencial de Estados Unidos, y ha logrado a la fecha 290 votos electorales de los 538 en disputa para alzarse con el triunfo, superando con creces el número mágico necesario de 270 votos. El presidente Biden, finalmente, ganará las elecciones con 306 electores al adjudicársele Georgia; que, por cierto, si se da este pronóstico, será el mismo número de votos electorales con los cuales el presidente Trump ganó en 2016 contra la señora Clinton. Veleidades de la fortuna, Baroja dixit

Sin embargo, a los Estados Unidos se le presenta una situación inédita en su dilatada vida republicana, incluso en los once casos anteriores donde un presidente ha perdido la reelección, ya que esto que está ocurriendo estos días no había sucedido antes: ningún mandatario que buscase la reelección se había negado a reconocer la victoria de su adversario y a comenzar la transición pacífica del poder. El caso vivido entre Al Gore y George Bush en el año 2000 no se asimila a esta situación; en primer lugar porque ninguno de los candidatos ejercía la presidencia ya que el presidente era Bill Clinton; y, en segundo lugar, porque entre Gore y Bush hubo una igualdad de votos electorales antes de definirse Florida. En esta elección Biden aventaja a Trump por 74 votos electorales y, no menos importante, la diferencia de voto popular en el año 2000 era de apenas 537. En el caso más reñido en la actualidad, Biden supera a Trump cuando menos por más de 110.000 votos populares en los estados que litiga el aspirante a la reelección. Todo indica que esta elección no parece destinada a decidirse en la Corte Suprema de los Estados Unidos, cómo sucedió en el año 2000.

A pesar de los mensajes de redes sociales, de la ambivalencia de algunos miembros del partido republicano y de la ingente cantidad de dinero que se sigue invirtiendo en batallones de abogados en varios estados de la Unión para intentar judicializar las elecciones norteamericanas, el presidente en ejercicio solo ha obtenido victorias pírricas en tribunales, pero en ningún caso ha podido probar el escamoteo del resultado que desde hace meses arguye se estaba fraguando en su contra bajo el supuesto de que la votación por correo sería el mecanismo para subvertir la voluntad del elector, aun cuando él mismo votó por correo.

Varios analistas invocan que el presidente fue vencido, no por Biden sino por la pandemia, de modo que, el candidato demócrata habría sido el Covid-19. Esta explicación pareciera calzar perfectamente con la volcánica e inestable administración saliente pues ella ha sido artífice del arte de eximirse de responsabilidad culpando a otros y haber hecho de su leitmotiv los “hechos alternativos” (alternative facts) el modo de gobernar; pero es evidente que lo que derriba a un líder no es el problema que se le presenta, sino cómo lidia con él. El presidente no compitió contra el coronavirus, sino que contendió contra su falta de empatía como líder, y es que la empatía siempre implica un riesgo para el dirigente pues se requiere aumentar el nivel de humildad y disminuir la posición percibida de poder.

A un país que ha sufrido la muerte de más de 230.000 personas por causa del virus y en el que se han enfermado más de 10 millones de personas, le es muy difícil digerir que su gobernante no se apiade y que intente invisibilizar el problema y con ello el sufrimiento que le ha causado a la gente que espera de él la protección y el aliento frente a la adversidad. Un país acongojado necesita que su líder lo arrope y no que plantee todo simplemente como un dilema entre la vida y el dinero, pues el sentido común y la experiencia nos indican que los camiones de valores no van detrás de los cortejos fúnebres al momento de las exequias. Es un falso dilema.

Este país tampoco necesita, ni puede premiar, que la Administración litigue contra la supervivencia de la ley de cuidado de salud a bajo precio (ACA u Obamacare) que les permite tener cobertura de salud en el preciso momento en que la mayoría de su población la necesita.  El pueblo americano -y especialmente sus marginados y minorías (los más beneficiados)- no podían ver con buenos ojos que el presidente los privara sin soluciones alternativas de la posibilidad de estar amparados bajo una cobertura de salud en el país donde el gasto sanitario per cápita es mayor que en cualquier otro lugar del planeta. Personas que, para recuperar su salud, tienen que hipotecar el futuro que les queda por vivir.

Menos potable para la nación lo fue que el primer mandatario calificara a los inmigrantes como delincuentes en un país que se ha enriquecido cultural y moralmente de la inmigración; que ha aprendido a construirse sobre las bases de la diversidad, y que ha forjado su leyenda del “sueño americano” como un país de seguridades y prosperidad. A esos inmigrantes residentes o ciudadanos – que ya tienen el derecho de votar – no podía parecerles correcto que esas personas que huyen de la violencia y la pobreza en sus países sean tratados como felones y, en el mejor de los casos, como ciudadanos de segunda, pues la mayoría de ellos vinieron a este gran país en las mismas condiciones.

Tampoco podía sumar adeptos que las protestas de los afroamericanos, frente a la infamante muerte de alguno de sus miembros, sea calificada como hechos terroristas o como acciones de comunistas y de generadores de odio, dentro de un país que ha derramado la sangre de sus hijos por el derecho de esos mismos afrodescendientes de ser equivalentes. Este país, desde sus escritos fundacionales, afirma: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales…”, iguales para ser juzgados, pero también iguales para ser protegidos y amparados.

La sociedad norteamericana necesita sanar sus heridas y divisiones que se han profundizado en los últimos años por el ejercicio de un liderazgo macartista con ribetes teocráticos. Estados Unidos precisa de un líder que comprenda la confusión de la sociedad a la que le corresponde dirigir y no que aúpe a una sociedad para que lidie con la presunción de que el presidente se reelegirá por obra de unas mesnadas angelicales que vendrían de África y Sudamérica (según lo pregonó la consejera espiritual del presidente, Paula White) sino por el poder de los votos, donde es más evidente que todos los ciudadanos somos iguales.

Estados Unidos se ha dado en esta última elección a un líder compasivo y estable, firme pero empático. El pueblo norteamericano se ha procurado con sus votos un nuevo presidente que es un superviviente de sus propias tragedias, y creo que lo ha hecho para que los ayude a sortear los desafíos de una sociedad muy compleja que necesita hermanarse en el otro para salir adelante; un líder que, cómo lo dijo él mismo hace unos días, procurará: “no ser ejemplo por su poder, sino por el poder de su ejemplo”

@rodolfogodoyp