Don Pablo y el soundtrack de mi vida

Por: Linda D´ambrosio

El pasado fin de semana se viralizó el video que hiciera Adri Errel del tema Venezuela. Me encantó el arreglo y me encantó, además, que hiciera asequible al público angloparlante el contenido de la canción. Y mi pensamiento se desplazó inmediatamente hacia un hombre por el que siento especial afecto y admiración: don Pablo Herrero Ibarz, uno de sus compositores.

Hasta hace poco, se reunía a tocar con sus amigos (y a merendar, advierte) cada lunes y jueves. El confinamiento puso fin a esa rutina.

La forma en que la pandemia se ha cebado con los mayores, muchos fallecidos sin asistencia en sus respectivas residencias, lo llevó a afirmar en una entrevista con Joaquín Revuelta: “Esta generación, que ha sufrido muchísimo con la dictadura, que ha tenido que levantar este país, que en la recesión anterior tuvo que acoger a sus hijos y a sus nietos para echar una mano, no merece terminar de esta manera”. Es el grupo de edad al que quiso rendir homenaje con su tema La generación dorada.

Sus canciones siempre han estado permeadas de realidad, de diferentes realidades: el amor, la migración, la represión… No en balde uno de sus temas, Libertad sin Ira, se convirtió poco menos que en el himno del la transición española hacia la democracia, tras la dictadura franquista. Es el mismo anhelo que se refleja en Libre, originalmente interpretada por Nino Bravo, de la que se ha dicho que narra la historia de Peter Fechter, el primer joven caído tratado de cruzar el Muro de Berlín. El propio autor ha desmentido esta especie, explicando que no necesitaban mirar mucho más allá de España para encontrar razones que justificaran el reclamo de libertad que palpita en la canción.

Su nombre se me hizo familiar desde niña, unido al de quien compartiera infinitas experiencias con él en la música y en la vida: José Luis Armenteros. El tándem figuraba al pie de cada título en aquellas carátulas de cartón que protegían los discos LP de 33 revoluciones: Herrero-Armenteros.

Me siento en deuda con él. Tuve una experiencia similar, hace ya unas décadas, con un conocido escritor latinoamericano, cuya obra devoré durante mi adolescencia. Coincidí con él en una exposición y callé, mientras me miraba, aburrido por el protocolo, mientras yo pensaba: “usted no sabe lo que ha pintado en mi vida, la forma en que ha estado presente en mi casa y en mi tiempo”. De manera análoga, pero aun más intensa, don Pablo me ha acompañado a través de su música durante años. Y seguramente también lo ha acompañado a usted: más de setecientas canciones figuran rubricadas por él en la Sociedad General de Autores y Escritores de España, algunas de ellas popularizadas por José Luis Rodríguez.

Sus temas se han imbricado en el imaginario popular, y Arturo Pérez Reverte, por ejemplo, echa mano de Como una ola, que dio a conocer Rocío Jurado, para describir el ambiente en su artículo “El Picoleto”, incluido en el libro No me cogeréis vivo.

Acudo expresamente para ver a don Pablo al local donde se presenta Trastos Viejos, el grupo con el que se mantiene haciendo música (los de la merienda). Me conmuevo cuando sube al escenario Paco Pastor, el cantante de la Fórmula V, e interpreta Cuéntame, uno de los muchos temas de Herrero-Armenteros que se popularizaron en su voz.

El hombre que premonitoriamente escribió “con tu paisaje y mis sueños me iré/ por esos mundos de Dios”, me sonríe desde sus casi dos metros de altura. Una estatura que no es solo física, como puede intuirse cuando afirma refiriéndose a su generación: “había que ponerse a trabajar y empujar todos del mismo lado para que aquello avanzara. Todos queríamos lo mismo: un mundo mejor”.

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