LA TRANSMISIÓN DE LOS ESTILOS DE GOBIERNO VI.

Por: Fernando Vizcaya Carrillo

Aprendizajes, como los planteábamos en el artículo anterior, son procesos. Los procesos de captación, incorporación o de aprehensión de formas, estructuras, valores o criterios de valoración, se ubican generalmente en las estructuras profundas de la naturaleza humana y no sólo en la naturaleza racional y volitiva, abarca también los deseos y hábitos, todo el aspecto afectivo y del entorno. Esto requiere esfuerzo continuado de la persona y del ambiente cercano (familia).

Parece que este proceso es imperativo, en el caso de la formación para la democracia, al ser humano completo, con lo cual podríamos decir que es un proceso ontológico y no simplemente racional o  conductual. Muchas de las teorías que intentan explicar el aprendizaje están fundamentadas en apreciaciones de tipo empírico deductivas, o en mediciones por comportamiento y por observación de conductas predecibles ante ciertas acciones. No obstante todo esto, el “medir” el comportamiento social es mucho más difícil que medir el comportamiento individual en el sentido de poder predecir la captación del consenso en los fines de las acciones cooperativas en los elementos que intervienen en esa actividad. “Por eso creo, como Habermas, que el problema fundamental de hoy es la conciliación del objetivo clásico de la política —permitir que los seres humanos lleven vidas buenas y justas en una comunidad política— con la demanda moderna del pensamiento social que es el conocimiento científico del funcionamiento de la sociedad” (Bernstein, J.;1989:22)

La mezcla de inclinaciones, tendencias y deseos  produce en la conducta humana consciente, algunas estructuras sociales que aseguran ese aprendizaje. El estado es una de esas instituciones que se crean por medio de la intersubjetividad del comportamiento humano. Y se constituye por la necesidad de permanencia de unas costumbres, que luego se especifican en leyes y se concretan en normas y reglamentos.

Sin embargo, uno de los grandes problemas es que esa estructura con mucha frecuencia se convierte en medio de opresión, medio de poder para conseguir fines egoístas personales o de grupos, en lugar de ser medio de servicio a los demás. Recordamos lo que decía Weber “Todas las formas políticas son organizaciones de fuerza” (Weber,Max.;1987:668). Incluso si no tiene el ciudadano unas disposiciones al cambio —disenso— ancladas en la racionalidad, la forma ética, se convierte en un obstáculo real para la vida democrática. Impide el disenso ciudadano, actividad vital del contexto democrático. Por eso recordamos a nuestro Poeta Andrés Eloy: “Lo que hay que hacer es ser bueno sin decir  que uno es bueno o malo/ lo que hay que hacer es alumbrarse manos, corazón y cabeza y luego/ ir alumbrando” (Palabreo bajo la palma)

En muchos casos el consenso que también es parte vital del sistema, se convierte en obligación, con lo cual, el derecho al voto —por ejemplo—, al sufragio electoral, es una actividad que si no se realiza, se quisiera incluso penalizar, impidiendo la plena y más profunda  conducta democrática, la del disentir o consentir en el ámbito ciudadano. “El consenso cívico, que es activo, significa que los ciudadanos «dan o rechazan su confianza con un completo conocimiento de causa» y, destaca Durkheim, el Estado nada puede hacer sin el consenso ciudadano” (Geneyro, J; 1991:95).

fvizcaya@gmail.com

Reporte Latinoamérica no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.