Sembrados por el Mundo

Por: Daniel Godoy Peña

A los míos que están allá, lejos.

En los últimos 6 años hemos visto con dolor, impotencia y rabia, como han migrado millones de venezolanos a causa de la crisis política, social y económica que atraviesa nuestra patria. Algunos de quienes me están leyendo en este momento probablemente están en otro país o tiene un familiar cercano que está fuera. Venezuela es -hasta ahora- la única nación en el planeta, que ha tenido una diáspora que no ha sido producto de un conflicto armado. Millones de venezolanos han salido a sembrarse por el mundo con la finalidad de encontrar un mejor futuro para sus familias, y poder ayudar a sus seres queridos que se quedaron aquí.

Creo que nunca nos imaginamos que una situación de esta naturaleza podría llegar a ocurrir, porque siempre vimos a Venezuela como un crisol de razas, receptora histórica de tantos venidos de muchas partes. Si hay algo que los venezolanos no podemos decir es que descendemos de una raza en específico, como los mexicanos que descienden de los Aztecas, o los peruanos de los Incas; nosotros descendimos de los barcos, de los musius que llegaron escapando de la postguerra en Europa; de nuestros hermanos del continente quienes escaparon de sus países a causa de las terribles dictaduras de mediados de siglo pasado o de un conflicto armado que desgarraba a su país; esa es nuestra raza, nuestra identidad, porque en esta “Tierra de Gracia” somos negros, indios, catires, morenos, europeos, árabes, chinos, todo a la vez, y nuestra identidad es como los distintos tipos de café que se sirven en este país: cerrero, negro corto, negro, guayoyo, marrón, marrón claro, con leche y tetero.

Desde aquí observamos con preocupación cómo en algunas naciones del continente, que hasta hace poco nos recibían con los brazos abiertos, hoy en día un grupo reducidos de sus ciudadanos -e incluso de sus autoridades- no muestran ningún problema para estigmatizar, categorizar, y discriminar a nuestros compatriotas que allí viven y los cuales -en su mayoría- son hombres y mujeres honrados, que salieron de nuestras fronteras con la esperanza puesta en una vida mejor. Y uno se pregunta ¿Cuál es la falta, el delito o el error que cometen los venezolanos cuando migran?

Quienes no ocultan su xenofobia y su menosprecio, justifican su actitud en la censurable conducta de un reducido grupo de hermanos que, con sus acciones, reflejan todo lo contario de lo que verdaderamente somos; y, lamentablemente, es muy fácil con la mala acción de unos pocos echar abajo la buena fama que con esfuerzo, trabajo y sacrificio ha construido la mayoría. El ser un migrante lleva consigo una cantidad de retos y de responsabilidades de los cuales debemos ser conscientes. El más importante de todos es asumir que no somos producto ni de la mal llamada Cuarta República, ni de la revolución chavista, sino que somos herederos de una tierra que ha dado al mundo un grupo de hombres y mujeres que han sabido vencer las dificultades y destacar en cada una de sus oficios y profesiones.

Los que aquí nacimos, estamos obligados a sentirnos orgullosos de recordar que, la última vez que un grupo de venezolanos cruzaron masivamente nuestras fronteras fue con la intención de aportar su sangre y su vida por la libertad de los países hermanos, y que somos herederos de Simón Bolívar. Pregúntese usted, sin contar a los santos de la iglesia católica, ¿Qué otro ser humano tiene tantas estatuas en las principales capitales y ciudades del mundo? ¡Y eso no es obra de la fallida revolución de Chávez!, ¡No! Los venezolanos somos herederos de Andrés Bello, uno de los padres de la nación chilena; de Francisco de Miranda, precursor de la Emancipación Americana contra el Imperio español; de Juan José Flores, primer presidente de Ecuador; del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, fundador de Bolivia, y pare usted de contar. Esa es nuestra estirpe: Teresa Carreño, Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Teresa de la Parra, Luisa Cáceres de Arismendi, Carlos Cruz Diez, Simón Díaz, el maestro José Antonio Abreu, Elisa Vega, Gustavo Dudamel, Carolina Herrera, Edgar Ramírez, entre muchos otros.

Y es eso precisamente lo que nos hace diferentes: la mezcla de inteligencia, carisma, creatividad y preparación que hace destacarnos allá afuera; ese sabor y esa pasión que le ponemos a nuestra forma de afrontar las oportunidades y las dificultades. Cuando vemos por las distintas redes sociales venezolanos que son insultados, vejados, golpeados, humillados o hasta abandonados a su suerte en un peñero con niños a bordo, nos da una rabia indescriptible, una gigante frustración; pero lo grande de nuestro pueblo en el extranjero es que no se amilana frente a esas desafortunadas reacciones de un pequeño grupo de xenófobos y siempre saca lo mejor de sí para poder seguir cumpliendo su objetivo: labrarse un futuro mejor.

A quienes me están leyendo afuera, que todos los días se levantan añorando volver a casa con los suyos, y que sueñan con ver El Ávila, el Puente sobre el Lago o cualquier otro recuerdo que les venga a la mente, quiero trasmitirles mi respeto, admiración y cariño porque son un ejemplo de fortaleza, lucha y dedicación; no se amilanen, sepan que al final Dios recompensará tanto sacrificio y entrega. Y a quienes nos encontramos en este maravilloso país, en el que por una razón u otra hemos decidido quedarnos, les digo que es necesario que no desfallezcamos en el empeño de reconstruir a Venezuela y convencernos de que todo tiempo mejor está por venir. Tal vez no sea lo suficiente para que quienes están afuera vuelvan, pero si para que no se lo piensen dos veces al decidir visitarnos, porque como bien lo escribió Don Rómulo Gallegos en Doña Bárbara: “¡Llanura venezolana! propicia para el esfuerzo, como lo fue para la hazaña, tierra de horizontes abiertos, donde una raza buena, ama, sufre y espera”.

@danielgodoyp

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