“CAMBALACHE”

Por: Rodolfo Godoy Peña

Hemos presenciado, por pasiva y por activa, un ejército de plañideras descompuestas por la noticia del fallecimiento de Diego Armando Maradona, calificado por muchos como uno de los mejores deportistas de esa disciplina desde su creación y, en algunos casos, los más idolatras, como el mejor futbolista de todos los tiempos. Se congregaron manifestaciones multitudinarias para su velorio en la Casa Rosada en Buenos Aires, e inclusive se produjeron disturbios del orden público en las exequias del argentino. Cerró su paso por esta tierra tal como fue su periplo vital: sumergido en el caos.

A lo largo de la historia de la humanidad hemos rendido admiración a singulares personas que marcaron su época -y la posteridad-; y en cuyo tránsito vital sobresalieron por poseer cualidades excepcionales, mentes privilegiadas o virtudes en grado heroico que servían de ejemplo a sus contemporáneos y de acicate para generaciones futuras. Son esas personas, los héroes, el metal fundido que se vació en los “Moldes para la Fragua” de Rafael Caldera.

A todos los héroes, hombres de carne y hueso, nada humano les es ajeno. Tienen, sin lugar a dudas, errores y defectos y por más que sean personajes para el bronce por sus hazañas, su conducta o su talento, lo que los inmortaliza es que sirven y servirán de ejemplo; no por sus caídas -que pudieron ser intencionalmente minimizados a través del tiempo-, sino por sus aciertos.

Indudablemente que Maradona en la cancha fue un talentoso futbolista, pero fuera del campo de juego era un adicto a las drogas, un padre irresponsable, un sujeto que protagonizó episodios de violencia contra las mujeres que lo acompañaron en su vida, un alcohólico, etc., y aunque muchos se empeñen en desdoblar al futbolista de la persona, eso no es posible. Maradona fue el brillante futbolista del Napoli que también era el renqueante adicto que transitaba por estadios de futbol y platós de televisión causando pesadumbre por sus gestos, escándalos, caprichos y desatinos.

Pero lo lamentable en estos héroes modernos es que logran simular del vicio, virtud, y ser idolatrados: Maradona fue un futbolista que hizo trampa en el deporte donde sobresalía y fue premiado por una caterva mediatizada ávida de dioses. En el futbol la única parte del cuerpo que no debe ser utilizada para jugar son las manos, pero este “héroe” contemporáneo dejó como legado para la historia un gol con la mano, intencional y determinante en un juego, que sería el camino para que Argentina se coronara campeona del mundo en el año 1986. Y los adulantes del argentino tuvieron la desfachatez de bautizar aquel engaño como la “mano de Dios”,  como si Dios hiciera trampas.  

Nuestro mundo contempla el éxito en sustitución del logro, por eso hace condonación moral de aquellos sujetos con fortunas mal habidas o deportistas que hacen trampa, pues el éxito es lo que reluce en un mundo visual y egocentrista. El logro no sale en las fotos. La actriz Helen Hayes – una de las pocas actrices que acumuló en su palmarés el Oscar, el Emmy, el Tony y el Grammy- dijo: “El logro es el producto de saber que tú has estudiado y trabajado duro y hecho lo mejor que hay en ti. El éxito se trata de ser alabado por otros, y eso es bueno también, pero no tan importante o gratificante. Siempre debes apuntar al logro y olvidarte del éxito.”

En nuestra época, en la medida que todo se ha se ido vaciando de contenido, de valores, de certezas, los héroes pasan a ser “ídolos de barro” como en el sueño premonitorio del rey Nabucodonosor, donde la imagen que se presentaba en onírico episodio era formidable, sublime y terrible a la vez; y donde las partes del gigante eran de distintos metales, pero sus pies eran una mezcla de hierro y barro cocido. Por supuesto, al primer empellón, aquel ídolo se hizo añicos.  En Maradona, el ídolo tenía “manos” de barro. Esta farsa, esta idolatría de becerros de oro, podría tener como corolario lo que acertadamente escribió el compositor Santos Discépolo -coterráneo de Maradona- a principio de siglo pasado en aquel tango inmortal, “Cambalache”:  

“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor

¡Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador!

¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!

¡Lo mismo un burro que un gran profesor!”

@rodolfogodoyp

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