El Vampiro

Por: Linda D´ambrosio

Nunca he sido aficionada a las películas de terror: evito a toda costa tensiones innecesarias en mi vida. Sin embargo, recuerdo haberme sentido atraída durante mi niñez por historias y personajes inquietantes. En el mismo saco convivían Barnabas Collins, protagonista de la serie de televisión Sombras Tenebrosas, y Vincent Price, encarnando los roles de Frederick Loren en La Casa de la Colina Embrujada, o de François Delambre en la versión de La mosca de 1958.


A los diez u once años comencé a leer a Edgar Allan Poe, que sí, se alojaba en la biblioteca del colegio junto a otras obras nada infantiles, como La Divina Comedia. Y leí también por primera vez a Horacio Quiroga, un escritor al que pienso que se le ha dado menos peso del que merece.


No: no me inicié leyendo a Quiroga con los Cuentos de la Selva, más acordes a mi edad: me inauguré devorando los Cuentos de Amorde Locura y de Muerte, y, posteriormente, El más allá. De este último libro, recuerdo con especial cariño El Vampiro, una historia con la que el escritor pretendía, al parecer, rendir homenaje al cine mudo, que agonizaba ante la aparición del Vitaphone, sistema con que la Warner Bros. dotaría de sonido a sus películas a partir de 1926.


El Vampiro gira en torno al fantasma de una actriz fallecida, que el protagonista, Guillén de Orzúa y Rosales, traería al mundo real a partir de una película: algo semejante a lo que sucede en La Rosa Púrpura del Cairo, de Woody Allen.


Y recordé esta historia a raíz de una metáfora que utilicé en estos días: en el cinematógrafo, solo la pantalla se ve iluminada con la proyección, pero infinidad de cosas ocurren en la sala, ajenas al ojo del espectador. La respiración, la pasión, la pulsión, perviven al abrigo de la penumbra cómplice. 


Del mismo modo, múltiples sucesos ocurren simultáneamente en la vida de otros, mientras nuestra mirada se centra apenas en la porción de la que tenemos noticia.


Si descontextualizamos a una persona, sin referencias que pongan en luz sus méritos ni circunstancias que expliquen sus motivaciones, esta se transforma también en un espectro.


¿Por qué ocurre este fenómeno? A veces porque no prestamos atención a los indicios; porque la distancia física media entre unos y otros; porque no conocemos el entorno en el que se desenvuelve un individuo y, entonces, muchos de sus gestos carecen de significado, no pueden ser interpretados correctamente. Otras veces porque una de las partes le ahorra a la otra los pormenores más desagradables de algún episodio.


En este punto, resulta inevitable evocar otro cuento: el de los dos hombres que se encontraban recluidos en un hospital. Aquel que tenía su cama junto a la ventana describía hermosas escenas para el que yacía a su lado, que, poco a poco, sentía ensombrecerse su ánimo, anhelando contemplar lo que su compañero sí podía ver. Cuando el hombre de la ventana falleció, el otro pidió ocupar su sitio, comprobando con horror que afuera no había más que una pared en blanco: todo había sido producto de la imaginación de su compañero, quien deseaba hacerle más llevadera la estancia en el sanatorio. 


Sucede en todas partes. Lo pensé muchas veces, por ejemplo, cuando era maestra. ¡Cuántas veces una reprimenda no agrega más que sal sobre las heridas que nuestros alumnos sufren en sus maltrechos hogares! Y ni lo imaginamos. Solo vemos una de las múltiples facetas de cada persona. No podemos quejarnos de que no nos comprendan, si distorsionamos la realidad al estilo de La vida es bella, pero tampoco nos debe faltar perspicacia y voluntad para intentar ver más allá de lo que nuestros ojos nos revelan, animados por el cariño.

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