EL REDENTOR

Por: Rodolfo Godoy Peña

La Navidad es una fiesta cristiana con una profunda simbología. Es el “Dios” que se hace perfecto hombre sin dejar de ser perfecto Dios; y es de tal magnitud ese evento que partió por la mitad la historia de la humanidad. Para los creyentes reafirma su convencimiento en sus dogmas, y para los no creyentes les modifica el calendario y la Historia. Para un importante número de personas es una celebración espiritual e íntima, y para otros es una temporada “temática” propulsora del comercio, pero es indudable que no hay ninguna festividad religiosa que sea celebrada tan globalmente como la Navidad; y para que esta celebración no se reduzca a una mera reminiscencia cultural, acompañada por una sensación de sentimentalismo, sin resultados prácticos para nuestra vida, hay que profundizar en su origen y significado y, aunque no es la intención hacer soteriología en estas líneas, es imprescindible recordar que la Navidad es algo más profundo que la algarabía y el regalo: la Navidad supone la entrada del Verbo de Dios en nuestra Historia.

Si bien es cierto que se pueden comer las hallacas en Lima, tomarse el ponche crema en Santiago, disfrutar del pan de jamón en Madrid, o bailar gaitas en Miami; y que todo ello representa una muestra de la Navidad venezolana en cada punto del planeta donde se encuentran los migrantes venezolanos, en la mayoría de esas celebraciones, aunque coincide el adverbio de tiempo, carece de modo y lugar. Y es que en esta época del año se nos amontonan los recuerdos de esa fiesta que vivimos tantos años desde la infancia y que nos dejaron marcados para siempre. La Navidad es parte del avío de la nacionalidad que van consumiendo lejos de la patria quienes tuvieron que emigrar, pero esa ruptura la comparten quienes se quedaron porque una importante parte de su “Navidad” ya no está cerca.

A los que somos caraqueños, esas mañanas límpidas de diciembre acompañadas de “pacheco” y el Ávila de fondo con esa paleta inenarrable de verdes contra el cielo azul despejado de Caracas, es el marco ambiental de nuestra Navidad; y así es como sucede en cada latitud de nuestro territorio con sus imágenes, olores y sabores particulares que se identifican con la celebración y que son difícilmente repetibles fuera de cada terruño; de manera que la Navidad para cada uno de nosotros tiene un significado personal: es el trabajo familiar en equipo para preparar la comida; es el pensar en el otro para darle el detalle que nos parezca más creativo o divertido del “amigo secreto”; es la ilusión de los “chamos” de la familia por el Niño Jesús que los hace anhelar con ansia la llegada de la fecha, en fin, es compartir.

Este año ha sido, sin duda alguna, particularmente difícil. Para muchos ha sido un “annus horribilis” por la propagación de una pandemia de consecuencias devastadoras para toda la humanidad, que deja una estela de personas que han perdido a sus seres queridos, que han perdido sus empleos, que han perdido sus casas y, lo que es más igualitario y horizontal en este percance, todos hemos perdido el contacto humano.

Llegados aquí me parece inevitable referirme a la creencia del niño Dios que viene a nuestra historia con una misión redentora y cobra, si se quiere, más fuerza en estos tiempos tan difíciles porque estamos en conjunto muy necesitados de poner coto a tanta adversidad y dolor como este que nos ha tocado vivir como familia humana; y  es por eso que la Navidad debe encontrarnos siempre en una actitud diligente de paliar, dentro de nuestras posibilidades, el dolor, la adversidad o la soledad del otro, no solo con la familia y los amigos más cercanos, sino que debemos convencernos de realizar un esfuerzo personal para que la Navidad sea una ocasión de colaborar en la redención, pues en resumidas cuentas tenemos muchas cosas buenas por las cuales dar gracias. A todos; a los propios y cercanos, y también a aquellos que están en la periferia y que orbitan a nuestro alrededor, pues como nos dice Andrés Eloy:

“Lo que hay que hacer es dar más

sin decir lo que se ha dado,

lo que hay que dar es un modo

de no tener demasiado

y un modo de que otros tengan

su modo de tener algo “

Y no solamente se trata de regalar cosas, de poner adornos, o de bacanales; se trata de regalar el verdadero “espíritu” de la Navidad que es compartir y hacer copartícipes de nuestro bien a los demás. A veces es solo esa magnífica acción que supone guardar intencionalmente esa comida – no porque va a sobrar de la cena navideña – para procurársela al otro día a algún necesitado de esos que hay tantos en nuestro país; porque es verdad que una sola persona no puede cambiar al mundo, pero también es verdad que sí podemos cambiar el mundo para una persona, así que dispongámonos a abrir la puerta de nuestro corazón y encendamos la luz para recibir al niño Jesús.

¡Feliz Navidad!

@rodolfogodoyp

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