¡Usted también tiene razón!

Por: Rodolfo Godoy Peña

Se ha consumado: el día 20 de enero, como estaba previsto constitucionalmente, el señor Biden juró como el presidente No. 46 de los Estados Unidos de América. El camino seguido por la democracia norteamericana, hasta esa fecha, estuvo plagado de dificultades, desde que el candidato republicano -y ahora expresidente Donald Trump- inició una campaña de demolición del sistema norteamericano sembrando dudas sobre la integridad del sistema de votación, incluso desde antes del inicio de su campaña para la reelección.

Además de atacar directamente al sistema, el presidente Trump, desde el comienzo de su mandato, había fomentado la fragmentación de la sociedad estadounidense horadando de manera viciosa, con sus acciones y con sus dichos, muchos de los fundamentos fiduciarios del sistema norteamericano, y manifestados siempre con la petulancia y la acritud tan características del personaje, por medio de una hemorragia de trinos, dichos y acciones que siempre iban en “contra” de alguna parte de la sociedad, en vez de ir en “bien” del  conjunto.

Para Trump siempre había un “enemigo” al que atacar; un “mal” que debía derrotar, o un “antipatriota” al cual aniquilar porque, simplemente, no hacía ditirambos de él como máximo jefe. Y así, en una sociedad que aún no ha logrado cicatrizar por completo sus heridas del racismo y del apartheid, el ahora expresidente avivaba – intencionalmente – el fuego de la pugna civil para consolidar una base política sumisa y fanatizada.  Aun cuando de este tipo de sujetos que construyen su liderazgo sobre el odio y la revancha -y que se lisonjean de ser antisistema- tenemos notables ejemplos en la Historia, era dificultoso barruntar que en la democracia más “antigua” del mundo se pudiese posesionar un personaje con esas peculiaridades y que empujara a la sociedad norteamericana hacia la pugnacidad social y política a niveles nunca vistos, tanto así, que desembocaron en un intento de “coup d’état” el pasado 6 de enero.

Y era difícil sospechar una situación similar, no porque los norteamericanos estén hechos de otra materia distinta a la del resto de los mortales, sino por el largo proceso de civilidad que ha tenido este país y la creencia colectiva de que el orden se gana con el cumplimiento de las normas.  Y efectivamente, tanto entendió el pueblo norteamericano el peligro que corrían si al Despacho Oval llegaba un sujeto que representaba una amenaza para la estabilidad, dentro y fuera de sus fronteras, que en 2016 el candidato Trump perdió el voto popular en esas elecciones. Pero no fue suficiente el escudo: por las singularidades que tiene el sistema electoral Trump logró llegar a la Casa Blanca. Pero el país no se dio por vencido y de nueva cuenta en 2020, con un margen récord de participación, la mayoría del pueblo norteamericano logró finalmente conjurar el peligro y despidió al presidente de forma tan clara que envió un rotundo mensaje expulsando de la Casa Blanca al único presidente en esta nación que ha perdido 2 veces el voto popular. El presidente Trump gobernó desde la creencia equivocada de haber “ganado” las elecciones del 2016, y en vez de ampliar su base para hacerse mayoría, lo llevó a radicalizar su base minoritaria. Si en las elecciones anteriores perdió por 3 millones de votos, en esta perdió por 7 millones.

Pero la merma continuada no es patrimonio exclusivo del expresidente, porque también sus partidarios, los republicanos, se deslizaron por la misma pendiente. Así pues, cuando llegó Trump al poder en 2016, el Partido Republicano controlaba la presidencia y ambas cámaras legislativas; hoy, apenas cuatro años después, al final del periodo presidencial, han perdido junto a la presidencia, la Cámara de Representantes y el Senado; y corren el ineluctable riesgo de un cisma, propiciado por el ahora candidato perdedor que con toda seguridad los dividirá.

En contrapartida, salió al ruedo un candidato demócrata parte del “sistema”, el cual lleva 44 años dentro del poder, o como senador o como vicepresidente; y que conoce perfectamente los vericuetos del poder y del mecanismo que lo activa; quien, además, se promocionó ante el pueblo norteamericano con un discurso de unidad de la Nación para aumentar la base de votantes que sufrían, hasta el hastío, el discurso divisivo del incumbente Trump.

Pero qué duda cabe que se corre un peligro de igual proporción al conjurado: si el leitmotiv del presidente Trump fue dividir a la sociedad entre “buenos y malos”, no es cierto que al presidente Biden simplemente le sea necesario invertir la ecuación, de modo que convirtiendo a los “malos” de Trump en los “buenos” de Biden sea el camino correcto para restañar las heridas, y mucho menos creer que basta con dictar una retahíla de decretos reversando frenéticamente las políticas anteriores para que las escaras comiencen a sanar.

La homeostasis social debe basarse en el equilibrio intencional de las fuerzas en pugna, pues esta política de extremos invertidos  -que ya fue advertida por pensadores e intelectuales en una carta abierta  publicada en la revista Harper´s el año pasado – admite el peligro de que la izquierda, en respuesta al planteamiento de extrema derecha, se radicalice en similar proporción “…y no harán más que reforzar las posiciones políticas conservadoras y nacional – populistas y, como un bumerán, se volverán contra los cambios que muchos juzgamos inaplazables para lograr una convivencia más justa y amable”

Se cuenta que el presidente Eleazar López Contreras, que gobernó Venezuela después del periodo gomecista, recibía en su casa a las distintas facciones en pugna en el revuelto panorama político venezolano de la época. Un día de aquellas complejas negociaciones, al finalizar la exposición del jefe de uno de los bandos, López Contreras le dijo: “Usted tiene razón”. Acto seguido, cuando en la siguiente reunión el líder del bando contrario terminó su discurso, López dijo: “Usted tiene razón”. Ya a solas, la sorprendida esposa, que había presenciado ambas reuniones, le reconvino: “Eleazar, a los dos grupos le diste la razón” y el presidente le contestó: “¡Usted también tiene razón!”.

El presidente de los Estados Unidos, en su búsqueda de sanación para el país, debe entender que los “otros” también tienen razón.

@rodolfogodoyp

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