Venezuela, “toda horizontes como la esperanza”

Por: Rodolfo Godoy Peña.

Hace un tiempo escribí un artículo en defensa de Valentina Quintero, pues me pareció, y me sigue pareciendo, que es de justicia que todo venezolano de buena voluntad salga en defensa de quien es patrimonio cultural de nuestro país. Y consideré oportuno explicar, frente a la feroz campaña de descrédito en las redes contra ella, que era un atrevimiento, cuando no una idiotez, condenarla fuera del contexto y el momento histórico del evento.

Sin ánimo de demeritar a los predecesores de la era analógica, hay que decir claramente que en esta era digital y adecuándose a ella, hay venezolanos de excepción, cultores de nuestra identidad, que deben ser el orgullo de cualquier compatriota. Cómo no reseñar, por ejemplo, la acuciosa labor del Dr. Rafael Arráiz Lucca en sus podcasts “Venezolanos” sobre nuestra memoria histórica; o la labor de C4 Trio en el fomento de la identidad musical a través de nuestro instrumento nacional; o al maestro Sumito Estévez llevando a cualquier rincón del planeta nuestra gastronomía, esa que sabe a “ají dulce” y por supuesto, a Valentina Quintero que nos “llena las pupilas de luz”, de pura venezolanidad, con imágenes fulgurantes y una narración rebosante de país.

El caso del Dr. Arráiz es representativo. Este erudito, con la serena sencillez del que sabe, nos pasea de manera ligera y grata por la historia de Venezuela; algunas veces a través de la singladura vital de los hombres y mujeres que contribuyeron a forjar nuestra identidad y, otras veces, segmentando periodos cronológicos que nos permiten explicarnos de dónde venimos para intentar descifrar hacia dónde vamos, transformando para las nuevas generaciones el modo de entender nuestro devenir como nación,  en narraciones sencillas y amenas.

O al maestro Estévez, quien desde las regiones australes y rodeado de volcanes, nos transfiere los secretos y sabores de nuestra geografía, donde ese “golfeado” nacional se debe hacer con “quesillo” chileno pues “a falta de pan, buenas son “arepas”. Esas sabrosas recetas van acompañadas por secretos y anécdotas con sabor venezolano que, a través de los paladares sureños y la magia de la era digital, van extendiendo el conocimiento de lo venezolano más allá de nuestras fronteras.

En el caso de Valentina -quien es probablemente la compatriota que más nos contagia su amor por nuestro país- es, sin duda alguna, una de las más dignas representantes de nuestro gentilicio. Este magnífico ejemplo de venezolanidad no se debe solamente a un conocimiento esencial de nuestra geografía, sino que además posee una simpatía arrolladora y un optimismo irreductible.

Hace unos 10 años ocurrió un episodio que conmocionó a Venezuela y en especial a la familia Quintero. A mediados de los años 90, en el precioso pueblo de Caruao, en las costas del Estado La Guaira, frente al Mar Caribe, se habían asentado Tony y Ana Carlota, los papás de Valentina. Allí se residenciaron en una casa de nombre “La Guachafita” y empezaron a trabajar la tierra. Lo que fue un erial terminó convertido en vergel por la dedicación amorosa de la pareja, y del mismo modo que Tony con sus tempraneros viajes por Venezuela y quien en las peores circunstancias, cuando todo se venía abajo, lo veías como un burro de carga emprendiendo otra vez y echando pa’lante de nuevo sembró en Valentina sus pasiones iniciáticas por nuestra geografía y su dedicación al trabajo, de similar manera y con la misma laboriosidad sembró de árboles frutales aquellos terrenos costeros y empezó con su esposa y apoyados en algunos pobladores (Dominga, Antonio, Aníbal o Josefa) a producir mermeladas y dulces para hacer auto sustentable el proyecto de sus años dorados.

Estimulados por el discurso expropiatorio del presidente Chávez, en marzo de 2010, muchos de aquellos pobladores que habían compartido vivencias y cantado aguinaldos con los Quintero, trasmutaron la vecindad en vindicta e hicieron objeto de su furia reivindicativa la propiedad de la familia. Tomaron aquellas tierras y las deforestaron, quemando y talando sus árboles, y todo aquel esfuerzo de años se esfumó bajo una ira destructiva e irracional que hizo que los señores Quintero se vieran obligados a abandonar su casa – posada, bajo la amenaza de ser linchados por aquella turba del «pueblo de Caruao, esa gente con la que mis abuelos convivió en perfecta armonía durante 15 años. Ese pueblo, sin avisar, nos convirtió en el enemigo. Pasamos de ser los “guachafitos” a ser ‘terratenientes’, ‘oligarcas’ y otro montón de cosas que no entendemos«, tal como lo relata Arianna, hija de Valentina.

Luego de un tiempo de desposesión -y por órdenes del presidente Chávez- la propiedad fue desalojada y devuelta a sus legítimos tenedores, aunque el daño estaba hecho: ya los exaltados habían convertido aquella tierra en sombra mustia de lo que fue y la finca – posada estaba herida de muerte. Pero después de 10 años de aquellos tristes eventos, Valentina Quintero -quien en 2018  estuvo en la lista de la BBC como una de las 100 mujeres más influyentes del mundo-, en otra muestra que la engrandece y nos demuestra su amor por Venezuela y su gente, lidera a partir de 2020 el proyecto de fundación de una escuela de chocolate que, por supuesto, llevará el nombre de “La Guachafita”, en aquellos terrenos que fueron de sus padres en la veleidosa Caruao.

Valentina nos da con hechos una lección más de amor por Venezuela y, como si no fuera suficiente lo que ha hecho hasta ahora, nos convoca al perdón y a la reconciliación. Reconoce que el dolor no me deja caminar. Ya no están las flores y tampoco el fogón del abuelo. Pero me siento bajo la mata de mango donde lanzamos las cenizas de mi papá y acepto convertir este dolor que me paraliza, en acción;acción que se troca en perdón, donde se tasa lo bueno frente a lo malo, y donde el amor siempre gana porque, como ella misma lo dice: No se puede perdonar de la boca para afuera. Este perdón debe servir para devolverle a Caruao los primeros 17 años de nobleza y solidaridad con mis padres”.

Valentina nos enseña la Venezuela posible; y si algo es evidente es que los venezolanos necesitamos perdonarnos, intentar curar nuestras heridas y condonar viejas cuentas; porque se nos hace imperativo entender que estamos atados a un destino común que necesita del concurso de todos. Por mucho que hayamos perdido pedazos en el camino, esos caminos son anchos y promisorios, porque Venezuela es, como la describe haciendo poesía don Rómulo Gallegos, una “tierra ancha y tendida, toda horizontes como la esperanza, toda caminos como la voluntad»

@rodolfogodoyp

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