EL EJEMPLO DE ABEL

Por: Rodolfo Godoy Peña

El Libertador se ladeó, se llevó las manos a la cabeza y, antes de desplomarse, exclamó: “¡Imposible; ese es el crimen de Caín que vuelve a matar a Abel!”. Fue esa su reacción aturdida cuando se enteró por boca del Comandante General del Departamento del Magdalena, el general Mariano Montilla, del asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre. Sin reponerse, y en medio de su inabarcable dolor, únicamente atinó a decir: “Tenía el presentimiento de que si viajaba por tierra, lo asesinaría Obando”.

¿Qué pensamientos cruzarían por la cabeza de Bolívar, al estar convencido de la autoría de José Maria Obando en el asesinato de Sucre, a sabiendas que ese indigno general había estado también complotado en la “nefanda noche septembrina”? ¿Hubiera podido evitar el asesinato de Sucre si no hubiese decretado la amnistía a los involucrados en el intento de magnicidio? ¿Se arrepentiría de haber escuchado al Mariscal cuando había defendido a Santander?

Bolívar con esa inteligencia aguda y certera, y poseedor de una honda penetración de los seres humanos, le había dicho en 1828 al general francés Luis Perú de Lacroix sobre Obando -tres meses antes del intento de magnicidio y dos años antes del asesinato de Sucre- “Más malvado que López, (José Hilario – otro indiciado en el asesinato de Sucre) peor si es posible. Es un asesino con más valor que el otro; un bandolero audaz y cruel; un verdugo asqueroso y un tigre feroz no saciado todavía por la sangre colombiana que ha derramado”. El tiempo habría de darle la razón.

El Libertador profesaba un amor paternal por el Mariscal Sucre, y era tal la admiración por su persona y su proceder, que lo llevó a hacer de su biógrafo: “El General Sucre es el Padre de Ayacucho: es el redentor de los hijos del Sol; es el que ha roto las cadenas con que envolvió Pizarro el imperio de los Incas. La posteridad representará a Sucre con un pie en el Pichincha y el otro en el Potosí, llevando en sus manos la cuna de Manco – Cápac y contemplando las cadenas del Perú rotas por su espada”. Y algún tiempo más tarde le dirá a Perú: “Sucre es caballero en todo; es la cabeza mejor organizada de Colombia; es metódico; capaz de las más altas concepciones; es el mejor general de la República, y el primer hombre de Estado. Sus ideas son excelentes y fijas; su moralidad ejemplar; grande y fuerte su alma. Sabe persuadir y conducir a los hombres…/… A todo esto, añadiré que el Gran Mariscal de Ayacucho es valiente entre los valientes, leal entre los leales, amigo de las leyes y no del despotismo, partidario del orden, enemigo de la anarquía, y, finalmente, un verdadero liberal”.

La percepción de Bolívar sobre Sucre no se debía únicamente al hondo afecto paternal que sentía por él, sino que el Gran Mariscal había dado muestras reiteradas de su magnanimidad. Sucre es redactor, negociador plenipotenciario y signatario en 1820 del “Tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra” acordado entre el Capitán General realista Pablo Morillo, y el Libertador, que puso fin al período conocido como “Guerra a Muerte” y se recuerda como la primera convención de derechos humanos en tiempos de guerra. El Tratado era un documento generoso que establecía las condiciones para humanizar la guerra de Independencia, contemplaba importantes medidas humanitarias a seguir durante el enfrentamiento entre los ejércitos, tales como la regulación del trato a los soldados en activo y a la población civil; el régimen aplicable para aquellos que en el transcurso de la guerra hubiesen cambiado de bando; y el canje y manejo humanitario de los prisioneros de guerra. Esa obra de Sucre es considerada por Bolívar como “El más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra” producto “…digno del alma de Sucre”.

Hay otro capítulo de ejemplaridad protagonizado por el General Sucre, menos publicitado que el abrazo de Santa Ana, y que nos llega por el testimonio de Tomás Cipriano de Mosquera: «Hallábase en Quito más tarde (1829) el Libertador cuando recibió un memorial. Era de Santander, quien reclamaba que se cumpliesen los términos de la conmutación de su pena y no se le tuviese en el Castillo de Boca Chica.  Al saber Bolívar que había una petición de Santander ‘no me la lean’, dijo, Sucre que se hallaba presente, le observó modestamente, pero con firmeza: ‘General, Ud. tiene el deber de oír a Santander  como  ha  oído a los que le acusan y persiguen’. Respondió el Libertador: ‘No quiero oír lo que me solicita’. Entonces el general Sucre con una voz firme, pero siempre en tono modesto, le contestó:  ‘Bien puede  Ud.,  general, desatender a los que recomiendan a Santander y a él mismo; pero advierto a V.E. que quien le pide que sea justo es el gran mariscal de Ayacucho que ha puesto los laureles de Pichincha y Ayacucho sobre las sienes de V.E.’ El Libertador dejó la silla en silencio, se puso de pie, paseó la sala y llamó a Sucre a otra pieza, hablaron en voz baja unas cuantas palabras y volvieron al despacho y me mandó leer la solicitud. Después de que acabé su lectura dijo: ‘Tiene razón Santander en quejarse del mal tratamiento que he convenido. Este hombre lleno de talento y de resentimientos se ha perdido por pasarse a mis enemigos políticos. Resuelva Ud. la petición como lo estime Ud. pronto’. Entonces Sucre meditó: ‘Que se cumpla lo acordado en la conmutación de la pena impuesta, y el secretario general prevendrá al Consejo de Gobierno y el coman­dante general del Magdalena que salga el general Santander de los castillos y se le envíe a los Estados Unidos o a Europa’. En seguida continuamos el despacho y terminado, se despidió el Gran Mariscal. Cuando quedamos solos me dijo el Libertador: ‘Solamente Sucre, que sabe la debilidad que tengo para con él, ha podido hablarme así».

Sucre intercede por el bien de Santander aun a sabiendas de su implicación pasiva en el intento de magnicidio, y aunque no es ajeno a los sentimientos de Bolívar sobre el personaje y su actuación, por un principio de justicia defiende el derecho del condenado a ser oído en la misma medida que se ha dado pábulo a sus detractores. El Gran Mariscal cobra sus méritos para defender a otro caído en desgracia y, finalmente, con la fuerza del justo, es quien ejecuta la decisión de concederle a Santander lo que se había acordado.

Los venezolanos somos los causahabientes de la gesta de nuestros próceres: de la valentía de Páez; de la tenacidad de Miranda; de la lealtad de Urdaneta; pero también de la bonhomía de Sucre. Y con ocasión de la efeméride del natalicio del Gran Mariscal, en esta hora de odio cainita en la que parece sucumbir Venezuela, sería utilísimo que nos dispusiéramos a poner en práctica esa capacidad que tenemos de perdonar para aliviar las heridas que nos hemos procurado mutuamente en los últimos años, haciendo buena entre nosotros, una vez más, la conducta ejemplar del “Abel de América”

@rodolfogodoyp

Reporte Latinoamérica no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo