MALAS SANCIONES, PEORES SENSACIONES

Por: Daniel Godoy Peña

Es increíble como en Venezuela, de un día para otro, se puede brincar entre temas políticos sin que eso tenga consecuencias o, al menos, eso creen algunos de los líderes que son responsables del manejo de la agenda comunicacional. Quizás ustedes pensarán que así es la dinámica política, que cambia de un momento a otro sin mayor aviso, pero eso es parcialmente verdad y solo aplica en ciertas circunstancias. En política también hay señales, signos e indicadores de que una decisión puede desembocar en el resultado esperado, o no. Y también es verdad que se puede tratar de ignorar las acciones, lo que es muy complicado de ocultar son las consecuencias, sobre todo si esas consecuencias afectan el bienestar colectivo.

Muchos pretenden dejar en el baúl de los recuerdos, como si de un traste viejo se tratara, el tema de las sanciones. ¡Bendito tema! y como si el mismo careciera de importancia o no nos siguiera afectando y lacerando a quienes vivimos aquí en Venezuela. Pero, ¿Qué le va a importar a quienes, cual plebeyos en el Coliseo romano pedían desaforados al emperador la muerte de un gladiador solo porque unos cuantos con su pulgar abajo solicitaban que se diera fin a la vida de una persona que, por ser esclavo, no tenía derecho a nada? Pues del mismo modo, un grupo de nuestros dirigentes y algunos diputados, aquí y en el extranjero, solicitaban por todos los medios que fueran posibles (con pulgar abajo) sanciones para el gobierno de Nicolás Maduro, sin importarles a quien afectaran.

No había que ser profeta o adivino para vaticinar que las sanciones por si mismas en nada iban a cambiar la situación de los venezolanos. Tampoco había que ser muy perspicaz para saber que las sanciones no iban a afectar a Maduro ni a su camarilla, ya que ellos tienen todo lo necesario para subsistir. Era muy bochornoso leer que cuando se le preguntaba a quienes solicitaban las sanciones si las mismas servirían para lograr el cambio político que tanto anhelamos, encogidos de hombros alcanzaban a balbucear: no, pero ¿Qué otro camino nos queda?; respetuosa mención especial merecen aquellos dirigentes que están convencidos de que las sanciones sí son la fórmula más efectiva para lograr el cambio porque, por lo menos, son transparentes en su forma de pensar y uno sabe a qué atenerse con ellos.

Para ejemplificar el daño de las sanciones he recurrido últimamente a este relato: imagínese usted que en el edificio donde vive hay una familia que sufre de violencia intrafamiliar por parte un padre autoritario, que hace uso de su fuerza para maltratar a su esposa y a sus hijos. Ese edificio, por supuesto, tiene una comunidad de vecinos y aunque cada uno está en lo suyo, todos están preocupados por la situación que atraviesa la familia en cuestión. Por último, está la Junta de Condominio que es quien está encargada que todo en el edificio funcione y se mantenga en orden dentro de un marco legal, de sana convivencia y respetando la libertad y la privacidad de todos los habitantes del edificio.

Los hijos maltratados deciden en su desesperación recurrir a los vecinos para que les ayuden a resolver el problema, pero las reacciones de estos es diversa: aunque unos optan por hacer oídos sordos, muchos otros escogen atender la solicitud de los sufridos vecinos y deciden acudir a la Junta de Condominio, quienes en un acto que creen será suficiente para poner fin a la tan incómoda situación e impulsados por un grupito de los vecinos más influyentes del edificio -que se niegan a dialogar con el padre maltratador, la madre y los hijos- deciden tomar cartas en el asunto y emprender una serie de acciones unilaterales, sin consultarlo con todos los vecinos optan por prohibir a toda la familia  hacer uso de la áreas comunes, le cortan el agua, la energía eléctrica, el gas, además no puede ya utilizar los ascensores y le resetean las llaves eléctricas que dan acceso a las puertas del estacionamiento y salidas a los pasillos e, incluso, llegan a redactar una carta amenazando al resto de los vecinos con medidas similares si llegaran a prestar ayuda o mantener contacto con la familia en crisis, creyendo que así el padre maltratador abandonará -por su propia voluntad el apartamento-, cesará sus maltratos hacia sus parientes e incluso saldrá del edificio, cosas todas que ninguna sucede.

Poco tiempo después cambia la Junta de Condominio y los nuevos miembros, inmediatamente los vecinos se percatan que las acciones emprendidas por la junta anterior no dieron resultado: el padre maltratador sigue en casa, su esposa está mucho más deteriorada, uno de los hijos se escapó del apartamento y el que permanece trata de -con lo que puede- mantenerse él y a su madre, con el añadido de que los vecinos que se hicieron eco de las acciones de la anterior junta, ahora tratan con “su cara muy lavada” de insinuar (porque no lo asumen de frente) que se equivocaron y que hubiese sido mejor dialogar.

La acción política debe estar dirigida a buscar siempre la mayor cantidad de bien común. Sí esta es indiferente a las necesidades de nuestros semejantes o se encuentra supeditada a lo individual carece de sentido, es ineficaz e inmoral. No hay justicia en ninguna acción que suponga castigar, hacer sufrir o sancionar a un grupo de personas que no son responsables del mal causado. Si bien es cierto que en Venezuela las sanciones no han sido las causantes del deterioro de la nación, no deja de ser menos cierto que recurrir y solicitar acciones que profundizan la crisis es tan perverso que puede hacer tanto daño como la acción u omisión del gobierno.

Espero que quienes pidieron sanciones, acciones y hasta intervenciones recapaciten, ya que pareciera que algunos de ellos ahora ven la ruta electoral, el diálogo y la negociación como el camino para aliviar la crisis de nuestro país, pero hay que advertirles que, insistir y persistir en el error no es sinónimo de resistencia y de constancia, sino de soberbia y necedad que, tarde o temprano, se termina pagando a un precio muy caro.

@danielgodoyp

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