El Carnaval de los paladares

Por: Miguel Peña Samuel

Carnaval, época de excesos y placeres cuyos orígenes se remontan a antiguas fiestas paganas que fueron “aceptada y utilizadas” por la cristiandad como preámbulo a la severa cuaresma que prepara a la humanidad para conmemorar el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo. Pareciera que los pecados cometidos durante el carnaval harán que el hombre tome conciencia de sus desafueros y se redima a través de la penitencia, el ayuno y la abstinencia que obliga la época cuaresmal. Sin embargo, con el transcurrir de los siglos su significado de libertinaje ha quedado opacado, y se conserva la alegría que celebra al ritmo de música y disfraces coloridos.

La celebración de esta fiesta en Venezuela se remonta al período colonial durante el cual se realizaban bailes populares y se permitían juegos que consistían en arrojarle agua, polvos y otras sustancias a las personas. Fue en el siglo XVIII cuando el carnaval asume formas más refinadas para su celebración que incluían la salida de carrozas y comparsas a la calle, desde donde lanzaban confites a quienes salían a presenciar su paso. Bajo la presidencia de Guzmán Blanco se hicieron majestuosos, bajo la dictadura de Gómez, recatados, pero en la década de los cincuenta del siglo XX, bajo el régimen dictatorial de Pérez Jiménez se convirtieron en una celebración apoteósica.

Más allá de la las fiestas, los desfiles de carrozas y los disfraces, el carnaval ha sido una época de descanso y recreación, durante la cual grandes contingentes de personas solían desplazarse dentro del territorio nacional en procura del lugar idílico en donde pasar unos días de relax y total despreocupación. Las playas siempre fueron el destino preferido de buena parte de la población, ya que les permitía tomar el candente sol de estas regiones tropicales así como disfrutar de una variada oferta gastronómica.

A la orilla de la playa el desfile de marchantes ofreciendo sus delicias culinarias no parece tener fin. En la mañana las empanadas con diferentes rellenos, pero las de cazón son las preferidas por los vacacionistas. Diversos tipos de salsas pueden ser ofrecidas para avivar el sabor de las humeantes medias lunas fritas: salsa rosada, salsa de ajo, guasacaca, picantes de suero, mojos de cilantro, entre otras tantas variantes que han ido incrementando el catálogo. Eventualmente puede pasar un vendedor de arepas, aunque no es lo más común.

Los almuerzos suelen ser una exaltación a lo barroco de nuestra gastronomía. Raciones servidas con generosidad, sin que quede un espacio vacío en el plato, son una constante en las diversas regiones del país, valiéndose del colorido, las texturas y los sabores para hacer único cada bocado. Los pescados fritos, servidos con tostones y ensalada de repollo y zanahoria son los más demandados por los insolados comensales que, desapegados a cualquier norma de protocolo de mesa, usan sus manos para ingerir tan apetitoso manjar. Los sancochos de pescado son otra opción que pueden elegir los comensales, aunque hay quienes se inclinan por ambos condumios a la vez para sentirse plenamente satisfechos.

En el transcurso de todo el día es frecuente escuchar los sonoros pregones de vendedores de ancestrales pócimas cuyos nombres, que suelen hacer sonrojar a las damas más conservadoras, parecieran encerrar una promesa de éxito en las lides sexuales. Al grito de “rompecolchón”, “vuelve a la vida”, “revienta catre”, “mata la suegra”, “resucitador”, “salva matrimonios”, “revienta cachos”, “destroza marido”, “siete potencias”, “arrechón marino”, “viagra criollo”, entre otras tantas originales y graciosas denominaciones, los vendedores transportan vasos de plástico o frascos de vidrio repletos de una mezcla de frutos marinos entre los que se encuentran camarones, mejillones, pulpo, pepitonas y calamares, sumergidos en vinagre y limón, que los hacen más suaves al paladar a la vez que le dan su sabor tan característico.

Las voluminosas vendedoras de dulces, una clásica postal de nuestra más pura esencia venezolana, portan en sus cabezas grandes bandejas repletas de coloridas conservas de coco. Las oscuritas del más fino papelón. Las blancas que conservan el color original del coco rallado en alianza con la cristalina azúcar. Las coloradas, con un toque de rubor para hacerlas más atractivas para los niños. De vez en cuando hay espacio en la bandeja para los coquitos acaramelados, atravesados por un palillo que nos permite comerlos sin que el melado impregne nuestros dedos.

El recio sol de la temporada obliga a las personas mantenerse permanentemente hidratadas, por lo que muchos vendedores ambulantes ofrecen diversas opciones para refrescarse, desde las tradicionales bebidas gaseosas y cervezas, hasta la dulce el agua de coco fría servida en su contenedor original. También se puede disfrutar de diversos jugos de frutas naturales, chupi-chupis, cocadas y, eventualmente en algunas playas, podemos encontrar vendedores de jugos de caña natural servidos bien fríos con su toque de limón.

Cuando de ahorro familiar se trataba, la comida era preparada en casa y llevada hasta el lugar vacacional en grandes contenedores que ocupaban buena parte del vehículo de transporte. Típico menú playero hecho en casa:

Sándwiches de jamón y queso, en el mejor de los casos. Se podía usar el pan cuadrado o los panes franceses individuales. La mayonesa era un elemento fundamental en su elaboración o, para paladares más exigentes, se usaba una mezcla llamada Sandwich Spread que era una especie de mayonesa adicionada con cátchup, mostaza y pedacitos de pimentón, cebolla y pepinillos. El jamón endiablado de una marca comercial que se jactaba de ofrecer al público “la mejor forma de comer jamón”, era otra buena opción para estos “emparedados” caseros.

Arroz con pollo, todo un clásico para cualquier paseo o celebración familiar. Muy del gusto del venezolano ya que mezcla el componente proteico con el carbohidrato, logrando una combinación de sabores que ya tenemos codificados en nuestro subconsciente. Los grandes Tupperware eran llenados hasta su máxima capacidad y antes de taparlos le agregaban guisantes o granos tiernos de maíz.

Ensalada de gallina o de coditos. No importaba si durante la recién finalizada Navidad se hubiese comido ensalada de gallina hasta la saciedad, si la ocasión lo ameritaba, se volvía a preparar la famosa ensalada. Los niños de la casa se alegraban si en su lugar preparaban una ensalada de coditos, complementada con cubos de queso y de jamón, todo unificado con abundante mayonesa.

Sancochos y parrillas. Los padres con espíritu y formación de exploradores solían ir más allá en la oferta gastronómica playera. Cargaban con parrilleras, quemadores, bombonas de gas, bolsas carbón, ollas mondongueras y todo lo que fuera necesario para preparar la gran comilona a la orilla de la playa o del río. Se ubicaba el sitio más propicio y sin importar las incomodidades causadas a los demás bañistas se dedicaba buena parte de la jornada a la preparación del gran banquete.

Haya sido la opción casera o la búsqueda de los sabores autóctonos de cada región, nuestros paladares quedaron impregnados de esos sabores y en nuestra memoria siempre será carnaval cada vez que un bocado nos remita a los buenos momentos vividos con la familia o con los amigos la orilla de una playa.

@miguepesam

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