LA “ONU” FAMILIAR

Por: Rodolfo Godoy Peña

En un magnifico artículo publicado en BBC News la talentosa periodista Margarita Rodríguez aborda el tema de la acogida que recibieron en Venezuela hombres y mujeres que, forzados ellos o sus padres a salir de sus respectivos países por razones políticas o económicas, encontraron en nuestra Tierra de Gracia la receptividad de un pueblo abierto que los cobijó y les dio la oportunidad de seguir labrando su futuro. En ese trabajo se pasean Isabel Allende, Sofía Ímber, Baruj Benacerraf, Víctor Penchaszadeh y Rodrigo Arocena, donde los protagonistas cuentan lo que significó la emigración a Venezuela en sus vidas.

La joven periodista – en este y otros muchos de sus escritos y videos – hace gala de enjundia profesional y de una labor investigativa a resaltar, pero además tiene el don de la oportunidad. Fija posición frente a la calamitosa situación de nuestros compatriotas que han tenido que exiliarse en distintos países huyendo de la situación política y económica y que son víctimas de tratos degradantes y vejatorios, inclusive en países “hermanos”, donde las autoridades pueden llegar a ser los voceros de tan brutal discriminación.  

Esta campaña de xenofobia en algunos casos, y de aporofobia en la totalidad de ellos, puede partir de las más altas esferas del poder: basta recordar, por ejemplo, las lamentables declaraciones del presidente colombiano Iván Duque anunciando la exclusión de los venezolanos indocumentados de las campañas de vacunación contra el Covid – 19; o la negativa del expresidente Donald Trump de otorgar a nuestros compatriotas un estatus de protección temporal (TPS), luego de haber sometido a Venezuela a medidas coercitivas infamantes que solamente han servido para agudizar brutalmente la crisis venezolana. En contraste con estos dos tristes ejemplos; y muy acorde con nuestra idiosincrasia, es imposible olvidar que el presidente Carlos Andrés Pérez decretó que los hijos de padres extranjeros indocumentados, nacidos en el territorio, fuesen registrados para poder acceder a servicios de salud o educación; o al presidente Rafael Caldera quien se negó a confinar a los cubanos que huían del “periodo especial” en una suerte de “campos de concentración” a diferencia de lo que hacían los demás países como condición para darles acogida a nuestros sufrientes hermanos cubanos.  

Para nosotros los venezolanos siempre fue lo natural el convivir con extranjeros; de hecho, nuestra raza es difícil de determinar porque tiene su origen en la contribución genésica de los conquistadores españoles en las indias, mezclado convenientemente con el caudal que vino del África y luego con la riquísima migración selectiva que impulsó decididamente el presidente López Contreras. Los venezolanos no tenemos raza, tenemos casta, linaje, herencia. Y eso es lo mejor de nuestra gente, pues nos dificulta el sentimiento de exclusión para con otras razas, de modo que con cualquier raza nos podemos identificar.

La xenofobia es inhumana pues convierte indiscriminadamente a cualquiera en culpable, sin motivo alguno. Las personas somos responsables de nuestros actos, pero el responsabilizar a alguien por su origen nacional, étnico o racial es un acto atroz ya que la víctima no tiene ninguna responsabilidad en ello. Imposible se me hace no recordar en este momento al Dr. Tomás Polanco Alcántara quien le legó a sus hijos esta recomendación: No discrimen a nadie por su raza, su nacionalidad, su idioma, sus costumbres, el color de su piel. Por nada. La discriminación es una forma cruel de dañar a gente inocente. Por eso es abominable”.

En la oportunidad que me tocó tener alguna función pública en Venezuela –durante la denostada IV República-, se me hizo responsable del área de naturalizaciones en el Ministerio de Relaciones Interiores, es decir, el “hacer” jurídicamente venezolanos (¡porque ya lo eran culturalmente!) a todos aquellos extranjeros que habían llegado a Venezuela y que según la ley tenían el derecho de convertirse en compatriotas. Fue una experiencia maravillosa el bregar con miles de extranjeros, con una vida por demás meritoria en nuestro país, que no habían podido integrarse jurídicamente a nuestra nacionalidad. Gente trabajadora, diligente, emprendedora, esforzada, que contribuyó decisivamente a la mejora humana y técnica de Venezuela, y que la mayoría de los casos ya había sembrado fecundamente al país con sus hijos. La migración es como esa rama con savia distinta que se injerta por hendidura en otro árbol para diversificar la especie y mejorar los frutos; porque, indudablemente, la migración mejora los frutos.

Lo digo siempre -y me ufano de ello- que mi familia es directamente beneficiaria de las bondades migratorias porque dentro de ella tenemos integrados inmigrantes de origen español, ruso, italiano, argentino, sirio y uruguayo; y ha sido formidablemente enriquecedora esa mezcla de culturas, ese crisol que nos permite pasearnos cómodamente entre la paella y un plato de borsch; entre los arancines di riso y el tabbouleh; entre las multisápidas hallacas y un delicioso chajá; o entre un pabellón criollo y una milanesa a la napolitana con la típica receta porteña que sabe a tango.

Pero no solo gastronómicamente, que es sin duda donde se hacen más evidentes las culturas particulares, sino que es también el enriquecernos en distintas formas culturales como en el trato en familia y el estar atentos a realidades en otras latitudes que nos afectan tangencialmente pues atañen a ese hermano putativo de nuestra familia sanguínea. Eso que llamo la ONU familiar supone estar tan interesados en la caída de Alepo, cómo en el colapso que genera la afectación del servicio eléctrico en toda la Argentina. Es el preocuparse cuando en Madrid nieva copiosa y traumáticamente, y alegrarnos de saber que la República Oriental del Paraguay tiene controlada la pandemia. O es esa mezcla de castellano salpicado de giros idiomáticos donde se sustituye nuestro “dale” con el peninsular “vale”. Es también esa hermosísima melodía racial donde el primo “café con leche” juega y transcurre su niñez junto al primo “catire” de ojos azules como si nada los diferenciara. O es aquella combinación admirable donde el pelo lacio se convierte en “rulos” por obra mágica de la genética. Esa es la maravillosa riqueza de la migración y donde mi familia ha sido privilegiadamente premiada con todas sus bondades, como lo han sido la mayoría de las familias venezolanas.

Si algo sabemos bien los venezolanos, luego de haber recibido durante décadas esa extraordinaria y proteica migración que nos hizo un pueblo mejor y más robustos como sociedad, es lo que decía el papa Francisco, hijo y nieto de inmigrantes, en su mensaje de año nuevo del 2018: Observando a los migrantes y a los refugiados, esta mirada sabe descubrir que no llegan con las manos vacías: traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen.” 

@rodolfogodoyp

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