Érase una vez en Venezuela

Al Sur del Lago de Maracaibo se encuentran unificadas las que otrora fueran dos aldeas: Congo y Mirador. Se integran en uno de los llamados pueblos de agua, un agregado palafítico desde el cual se divisa con nitidez un fenómeno único en el mundo, el Relámpago del Catatumbo.


Hasta allí llegaron la cineasta Anabel Rodríguez y su equipo de producción cuando buscaban un tema para la cinta que se disponían a producir. Iban en pos de las huellas que hubiera podido dejar la extracción petrolera en el ámbito social de la zona.


En Congo-Mirador encontraron la historia que buscaban: la de un pueblo que, debido al cambio climático, se sedimenta, lo que acaba con el modo de vida de sus moradores. Surgió así Érase una vez en Venezuela: Congo-Mirador.


En un poblado cuya economía se basa en la pesca, los hombres suelen estar ausentes, y el peso de la organización social recae mayormente sobre las mujeres. También en el equipo de filmación, que había resuelto adoptar una actitud lo más neutral posible, limitándose a observar, predominaba el componente femenino, lo que suscitó cierta empatía entre unas y otras.

“Fuimos felices”, expresa la directora, quien reconoce lo variopinto de las experiencias que les tocó vivir a lo largo del rodaje, que se prolongó desde 2013 hasta 2018. De esos cinco años, convivieron dos con un grupo armado que invadió el lugar, conformado por un líder y varios jóvenes, ninguno de los cuales sobrepasaba los 22 años. “Paracos”, explica Anabel, quien recuerda que a la larga llegaron a compartir con ellos hasta la mesa.


Congo-Mirador resultó ser la réplica a escala de la situación del país: una comunidad polarizada entre una representante del PSUV que busca ayuda para dragar los sedimentos, y una maestra opositora. La cinta realiza el seguimiento de ambas mujeres, así como de una niña, desde sus 9 hasta sus 14 años. Desempeña también un rol importante Luis Guillermo Camarillo, un nonagenario que hace las veces de trovador, constituyéndose en la memoria viva del lugar. 


Los miembros del equipo de producción vieron su situación reflejada no solo en el enfrentamiento de fuerzas y las prácticas abusivas de poder presentes en el poblado, sino también en la necesidad de irse que encaran sus habitantes. La cinta, que se produjo mayoritariamente con fondos recibidos a través del Instituto de Cine Documental de Amsterdam, pone en luz las contradicciones propias de la naturaleza humana: “Nadie es absolutamente malo ni absolutamente bueno”, afirma Anabel.


Un periodista interroga a la cineasta durante el conversatorio que sostuvo con Venezuelan Press en Madrid: ¿Habrá alguna forma de superar la ruptura? Ella responde que tiene la fe puesta en la querencia, en el amor y la nostalgia profunda que signa a los venezolanos, y que los ha de llevar de vuelta al país que quiere legar como patrimonio, entre otros, a su propio hijo. Asume, sin embargo, que hay retos por afrontar, entre los que destaca dos: la corrupción que permea todos los procesos, y los paracos, la presencia de armas en la sociedad civil. “¿Qué vamos a hacer con esas armas? ¿Fundirlas?”

La cinta, que comenzó a proyectarse el pasado jueves en las principales salas de cine de España, procura levantar fondos para atender la emergencia humanitaria en el Zulia.


“Esta película es como una visión de Rayos X dentro de Venezuela” — explica la directora. “Cuando uno va al cine, rompe con la realidad y entra en otra dimensión. Esta es una experiencia poética, cinematográfica, en la que el espectador puede sentir que está en medio de una obra de García Márquez, o de Gallegos, o en el corazón de Comala…”

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