Retrato cantado de un despecho gastronómico

Por: Miguel Peña Samuel

Muchas familias venezolanas guardan gratos recuerdos de la cocinera que tuvieron en casa durante años y que alimentó con sus guisos a, por lo menos, tres generaciones. Raras veces conservamos alguna fotografía de ella y si aparece en alguna es porque seguramente fue tomada en la cocina mientras cumplía con sus labores rutinarias. También solemos recordar con agradecimiento a la señora que preparaba las empanadas y las arepas en la cantina de la escuela o colegio en donde nos formamos durante años. Incluso de adultos nos llegamos a enamorar de la sazón de esa matrona que regenta el restaurante más cercano a nuestro sitio de trabajo donde solíamos ir a almorzar.

¿Cómo se llamaba esa cocinera favorita? ¿María, Juana, Petra, Dolores? ¿Cómo lucía en general, cómo era su rostro, su cabello, a qué olían sus abrazos? Acaso, ¿seríamos capaces de describirla para que un experimentado dibujante realizara su retrato hablado?

En mi caso se llama Ruperta. No cocinó para mi familia, ni en mi colegio, ni en el negocio en donde solía resolver mis almuerzos durante mis primeros años de trabajo. Ni siquiera la conocí personalmente, pero alguien se ocupó de contar su historia, no a través de un cuento o una novela, ni de alguna crónica gastronómica. Tampoco se grabó alguna serie de televisión ni una película acerca de ella, aunque su historia da para ello. A Ruperta la conocí a través de una canción. Así como lo leen, una canción que se popularizó a principios de la década de los 40’s y que logró inmortalizar a este personaje, hasta entonces, anónimo.

Esta historia comienza un par de década más atrás, cuando el afamado compositor Pedro Elías Gutiérrez, el mismo autor de la música del joropo Alma Llanera, nuestro segundo himno nacional, compone un melancólico vals titulado “Las Madreselvas”, que relata el sobrecogedor sufrimiento de un enamorado no correspondido en sus sentimientos. Al parecer la obra pasó sin pena ni gloria, a pesar de la fama de la que gozaba su autor, quien era un inspirado compositor, pero sus dotes como poeta no estaban al mismo nivel, rayando en la cursilería del romanticismo victoriano como se aprecia en los primeros versos de la pieza:

“En estas soledades que me recuerdan

los tristes juramentos que oí de ella

cubrían mi sepulcro las madreselvas

que me dieron coronas para sus sienes.

Cuando la muerte ponga fin a mi dolor

y con ella en la tumba helada sueñe

allí vendrán a gemir, sombra y silencio a buscar

las palomas que me oyeron por su ausencia sollozar”

Predestinada al más cruel de olvidos, “Las madreselvas” de Don Pedro Elías milagrosamente renacieron, ya no en la soledad de un sepulcro, sino en el bullicioso centro de Caracas. El desamor de la canción original se transformó en ironía en la nueva versión que nació de la genialidad de un conocido músico serenatero de la época llamado Francisco Delfín Pacheco, “El Negro”, quien parodió la pieza del recordado director de la Banda Marcial Caracas valiéndose de una vivencia personal.

El fino humor caraqueño encontró en la parodia musical una nueva forma de fluir. Muchos de los ritmos de moda como boleras, canciones, valses, pasodobles y hasta serenatas fueron objeto de la intervención de muchos humoristas de la época, como Rafael Guinand o Leoncio Martínez, quienes se veían tentados por la seriedad y rigurosidad estilística de las letras de muchas canciones, que oportunidades resultaban supremamente cursis.

En este caso, Francisco Pacheco, escribió esta parodia del vals “Las madreselvas” producto de un “despecho gastronómico” según relata el musicólogo Rafael Salazar en su libro Caracas, espiga musical del Ávila. Al parecer “El Negro” Pacheco pretendía a una joven cocinera que trabajaba en una pensión que quedaba en la esquina de Romualda, justo donde actualmente está el edificio Cine Hollywood, muy cerca de la Plaza López, luego Plaza España y, actualmente un mercado de libros bajo el puente elevado que da continuidad a la Avenida Fuerzas Armadas por encima de la céntrica Avenida Rafael Urdaneta.

Para la época dicha plaza era una especie de terminal donde llegaban los diferentes cocheros que prestaban servicios de transporte público en la ciudad. Era este el ambiente en el que Pacheco y su amada Ruperta coincidían diariamente para vivir su romance y disfrutar de los manjares que ella le llevaba en viandas y botellas. (Pulsar aquí para escuchar una versión de La Ruperta)

“En esta Plaza López que me recuerda

los días en que esperaba a mi Ruperta,

eran en aquellos días que me traía

mis caldos en botella, papas cubiertas

Todas las noches la esperaba en aquel sitio

me traía una perola bien repleta,

papita frita y frijol,

plátano asado y arroz,

me ponía la barriga como un mismo tamborón.

El gusto de la sopa, de los rellenos y del asado,

las ruedas de cebolla, los macarrones y ese guisado.

Vivía tan tranquilo, tan consentido y tan mimado

que era dicha completa con mi Ruperta”

El romance terminó abruptamente cuando un buen día la joven no acudió al encuentro con su enamorado y al indagar las razones, Pacheco se enteró de que la joven había huido del lugar con “Jóvito”, uno de los tantos cocheros que deambulaban por la zona. El despecho y la burla de sus colegas músicos hicieron que Pacheco escribiera esta parodia literaria en dónde se burlaba de su propia desgracia.

“Pero un cochero sinvergüenza y envidioso

se llevó a mi Ruperta tan querida,

yo se lo juro, mamá

que se la vuelvo a quitar

porque yo sin mi Ruperta

no puedo un momento estar”

Entre las comidas que Ruperta le ofrecía su enamorado vemos el reflejo de una cocina muy sencilla, casera y nada sofisticada como caldos o sopas, papas cubiertas con alguna salsa, papitas fritas, frijoles, plátano asado, arroz, asados, ruedas de cebolla, macarrones y guisados.

Gracias a este romance alimentado con los retallones que Ruperta lograba sacar a escondidas de la pensión en donde cocinaba, logramos hoy conocer un poco más de las especialidades culinarias que ofrecían estos locales caraqueños así como de un contexto urbano tan diferente al actual pero tan concurrido y bullicioso como el de ahora. La Ruperta es un canto no sólo al despecho gastronómico sino también la reafirmación de una milenaria tradición gastronómica que vincula al corazón con el estómago y hace que cada bocado alimente la pasión por el ser amado.

@miguepesam

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