RAYMA

Por: Rodolfo Godoy Peña.

Caricatura de: Rayma Suprani.

Venezuela ha tenido formidables humoristas y caricaturistas: Aquiles Nazoa y sus  publicaciones en Fantoches o El Morrocoy Azul; Manuel Graterol Santander “Graterolacho” en El Camaleón; Pedro León Zapata con sus “Zapatazos”; Leoncio Martínez y Francisco Pimentel “Job Pim”, entre otros,  han hecho que nuestro país se haya visto bendecido con unos hijos prodigiosos en el arte del humor, sujetos geniales todos ellos pues, como afirmaba Nietzsche “la potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar”

Debo confesar que siempre me ha producido una profunda admiración la inteligencia ajena y especialmente esa habilidad que tiene la gente talentosa de manifestar una idea poderosa, bien sea con una imagen o con un apotegma, con el fin de ponernos a pensar a los que no fuimos bendecidos con ese don; frases o imágenes  que cuando su creador les da un toque de humor entran en otra dimensión artística, porque se realiza sátira “visual” bajo el método de exagerar personas, actitudes o comportamientos con un propósito lúdico, pero en todo caso moralizador, dejando en evidencia una situación y alentando un cambio político o social.

Ese ha sido el caso esta semana del debate que suscitó una viñeta de la artista gráfica Rayma Suprani, donde refleja la discrepancia generacional tomando como base la diferencia de lo recibido educativamente y el resultado de ese proceso en la juventud contemporánea.  Es una caricatura con un fuerte componente de denuncia social y que, como todo humor de calidad, no solo necesita de la inteligencia del autor, sino también de la del receptor. Sin ánimo de alimentar la diatriba sobre la ilustración en sí misma (de lo cual ya tuvo suficiente) pero aprovechando que en muchos países se celebró el Día del Padre, coincidiendo con la fiesta canónica de San José, parece pertinente entrar con actitud positiva en la denuncia social que es de suyo en la mencionada caricatura.

Los padres actuales enfrentamos la tesitura de la sustancia contra las formas y del continente contra el contenido en la educación de los muchachos. Pareciera que la sociedad actual se ha convertido a fuerza de fotos, en la sociedad de la imagen y que el valor de las personas se mide únicamente en filtros, pixeles y like. Es la hemorragia vacua de miles y miles de fotos “montadas” en las redes sociales lo que define al hombre moderno, por lo cual el gran reto para los padres es lograr que los jóvenes puedan superar la frivolidad de lo visual y el “postureo” como modo de vida, para entrar en el cultivo de los valores que son importantes para humanizar al hombre, siguiendo los enunciados de bien, de verdad y de belleza.

Cuando Rayma contrapone escuchar a Mozart con “escuchar” a un díscolo joven, con cara desencajada, que flota cual mariposa con un teléfono que le sirve de cámara para documentar su fatuidad, por supuesto que no es por el hecho de que los hijos se críen solo con música del renombrado compositor de Salzburgo, sino que va mucho más allá: la caricatura nos pone de frente con el planteamiento sobre el cultivo de la belleza y el poder apreciarla. La adquisición del “oído” para la buena música o el bel canto no solo es un ejercicio intelectual que, como cualquier otro aprendizaje, requiere de un esfuerzo para aprehender su significado y estimar su belleza, sino que además tiene el benéfico resultado de minimizar la posibilidad de que los jóvenes –en su limitado estándar de conocimiento del arte y su belleza– enaltezcan a personajes como el “músico” Bad Bunny, porque cuando las personas nos acostumbramos a lo bueno y a lo bello, entonces lo malo, lo vulgar y lo chabacano produce en nosotros una animadversión directamente proporcional.

Y si solamente fuese un tema de calidad musical, de pentagramas y de estudios académicos sobre la música barroca frente al reguetón, sería un asunto de menor interés en la labor educativa de nuestros hijos, pero la cuestión no radica allí, sino que es más de fondo, porque la meta es enseñarle a los hijos que el triunfo del amor es como la “Primavera” de Vivaldi, para que no tengan que aceptar por condicionamiento social que el triunfo de ese mismo amor es cuando ellas “aúllan como lobas” en opinión de Romeo Santos. Tampoco es tarea baladí ayudar a nuestras hijas a entender que la sexualidad es una parte integral, buena y placentera de sus vidas y que deben usarla atendiendo a un correcto entendimiento de su libertad; ni  tampoco es poca cosa explicarles que desde Adán y Eva los hombres queremos seducirlas, pero que no es lo mismo que su sexualidad sea la integración física y espiritual con el ser amado, que servir de “agujero” en una sociedad donde las letras de las canciones que oyen las genitaliza y que la cultura digital las expone a violentar su intimidad.

El gran reto que tenemos hoy los padres es fomentar en nuestros hijos el pensamiento crítico a través de la buena lectura, de modo que sean capaces de no dejarse arrastrar y que, por el contrario, sean sujetos idóneos y capaces de razonar sobre su realidad y su entorno; cosa que se podría lograr dando cabida a la lectura entre “sus ratos de ocio” que es cuando terminan su intensa labor en Facebook, Instagram, TikTok o Netflix. Se hace cada vez más evidente que es gracias a la ausencia de pensamiento crítico, por su débil hábito de lectura, una de las razones por las cuales los jóvenes de hoy pueden defender con la vehemencia propia de la juventud conceptos como el “feminismo”, por ejemplo, y simultáneamente, con idéntica y apasionada fuerza, ser fans, fieles oyentes y amplificadores de canciones e imágenes donde se trata a las mujeres como simples “pedazos de carne”, indignas de ser apreciadas en su integralidad y exaltando únicamente su arista venérea.

No cabe duda de que es mucho el trabajo que queda por delante y la responsabilidad que ella conlleva en el formar mujeres y hombres para el futuro, pero tampoco tengo dudas sobre lo gratificante que puede ser la labor paterna.

@rodolfogodoyp

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