Aprendiendo la lengua de los pájaros

Por: Linda D´ambrosio

Las aves compendian, en su frágil anatomía, dos atributos que siempre han ejercido fascinación sobre el hombre: su capacidad de volar, ingrávidas, mediadoras entre suelo y cielo, y su canto, que ha hecho más bello el mundo, ese sonido que, a más de desempeñar una función, resulta distintivo de cada especie, inasible y poderoso en su capacidad de conmover.


También María Antonia Ricas-Peces, la poetisa española, sucumbió al mágico influjo de los pájaros: Cada mañana, muy temprano, el sonido invisible en la ramas de los cinamomos. Cada mañana su perfume adquiriendo un don de lenguas, comienza su más reciente publicación, que convierte en reflexiones y emoción un tiempo que no prometía mayores logros: el de la pandemia.


“Esta publicación está compuesta por prosas poéticas, y nació durante los meses del confinamiento”, explica la autora. “Como no podía salir a andar por las mañanas, subía diariamente a la azotea para dar vueltas. Oía las campanas de los conventos cercanos (ya sabéis que vivo en el casco histórico de Toledo) y los ruidos cotidianos de esas horas (personas que suben, que bajan, los coches…) dieron paso a otro sonido, que fue el canto de las aves, al que normalmente no prestamos atención. Fue realmente una experiencia maravillosa, de la que nació el libro, Aprendiendo la lengua de los pájaros.


Ricas-Peces explica que, como telón de fondo, muy al fondo, está la tristeza, el agobio por tanta muerte y, más que la desesperanza, la falta de perspectivas y de salidas. Nada más terrible que habituarse al número de los que no respiran, al arqueo de los marchados, a la crónica de algo terrorífico que bulle en otro planeta, que ocurre lejos, en otra calle, puede leerse en la página 52. Y en otro punto: dormir podrá ser un acto de cobardes, pero también un acto de supervivencia.


Pero no es esa la atmósfera dominante: como es característico de su pluma, prima la delicadeza, la belleza que vierte en sus palabras o la que contempla: “creo que, a la larga, es un libro esperanzado y un libro casi, casi alegre”.

La obra se divide en tres secciones. En la primera de ellas, Las aves primordiales, la autora evoca los personajes alados que pueblan las leyendas, la mitología y el folklore universales. Transitan así por sus páginas, entre otros, los sirins rusos y los naví eslavos, el hada Morgana y el mochuelo de Atenea, así como el Simurg, protagonista del Mantiq al Tayr, texto iniciático de Farid al Din Attar, poeta persa del siglo XII, también citado en la contraportada.


Una breve explicación de la naturaleza del ser al que se alude cierra cada uno de los textos, en los que la autora enlaza el cariz tradicional de la criatura con algún aspecto de su realidad inmediata.


La segunda sección, Vuelo suave, divino, ensimismado, retrotrae textos de la literatura universal, en ocasiones vinculados a lo religioso, que encienden su inspiración y siempre giran en torno a seres con alas. 


Finalmente, en Plumosa materia creadora, escribe a partir de distintas obras inspiradas por pájaros, particularmente en el ámbito musical.

La portada de la bellísima edición de Celya nos presenta a un gorrión, obra de José Antonio García-Villarrubia, superpuesto sobre un fondo que no es otra cosa que el manuscrito de los textos.

Llenos de referencias que dan cuenta de su erudición y remiten a sus lecturas pasadas, los textos de Ricas Peces van y vienen de lo próximo a lo lejano, de lo inmediato a lo atemporal, signados doblemente por la presencia del ave y por la universalidad de lo esencialmente humano, en cualquier parte y en cualquier tiempo, otro o este de pandemia, que ella ha sabido convertir en poesía. 


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