¿Estamos preparados para la muerte?

Por: Marayira Chirinos

La sola palabra, y aún más la pregunta, eriza. En nuestra cultura occidental hablar sobre la muerte se evita por miedo a lo desconocido.


La muerte es parte de la vida, y ya al nacer tenemos edad para morir, y si bien vivir es un arte, morir también lo es, y nosotros somos los artistas que debemos entender y dar forma a cada instante de nuestra existencia. Prepararnos propositivamente para enfrentar el momento de morir, y para, antes de eso, acompañar a seres amados en su partida, se hace más necesario de lo que podemos imaginar. Vivir tiene una tasa de mortalidad del 100% y no tenemos escapatoria, por esa razón lo ideal es adquirir las herramientas para entender el proceso y «morir mejor». 


El «buen morir» o «bien morir», son acepciones (en esencia de igual significado), aplicadas a esos momentos previos «al viaje» en un clima de bienestar, equilibro, armonía y paz para quien muere, y para quienes quedamos sumidos en el dolor. Minimizando el sufrimiento.
Este mecanismo de acompañamiento hace parte de la construcción del Pensamiento Propositivo desde hace 10 años cuando comencé el camino que luego derivó en un duelo con alto nivel de resiliencia; lo que demuestra que sí se puede sobrellevar el dolor, aprender de él y entender el proceso de la muerte como parte de la vida.


Consultando tanatólogos se abre el abanico conocimientos sobre el significado de la muerte. Estos profesionales se ocupan del duelo tanto de las personas como de los familiares. Otra de sus funciones es atender las acciones biológicas, psicológicas y sociales de la persona que está muriendo, ayudar a los familiares a encontrar el sentido de la muerte y humanizar ese proceso de inevitable separación, proporcionando una muerte digna. 


Ahora bien, ¿Cómo aplicar esas técnicas ya de por sí difíciles en tiempos de pandemia? ¿Cómo canalizar este momento si el acompañante es la soledad? 


Muy dura se nos hace la historia vista desde esta perspectiva toda vez que los casos aumentan vertiginosamente sin distinción de edad, y se ha prestado mínima atención a la soledad inevitable de los enfermos con COVID-19 al final de sus vidas. Los procedimientos y normativas de seguridad sanitaria actuales exigen el aislamiento de las personas y la negación de la posibilidad de despedirse de sus seres amados; situación que ha generado un efecto emocional y psicológico adverso en miles de personas en el mundo. Estas pautas de actuación atentan contra ese derecho a una muerte digna y al acompañamiento, y contribuyen a un elevado número de muertes en soledad. 


Otro punto no menos importante, y que se acerca mucho a los preceptos del pensamiento propositivo, es el impacto negativo en la psiquis del paciente que percibe su integridad emocional amenazada. Dicha amenaza despierta una impotencia que puede amplificar la intensidad o presencia de sus síntomas y estado de salud general, lo cual, a su vez, acentúa la falta de control sobre la situación y aumenta de nuevo el sufrimiento, derivando en una notable desesperación que se puede traducir en dificultad respiratoria hasta llegar a la muerte. Aquí el control emocional es determinante.

Es de comprender el aislamiento como una de las medidas de prevención de la infección más eficaces, pero se hace necesario pensar en adaptar un protocolo para situaciones de final de vida que contemple flexibilizar el aislamiento, extremando las medidas de bioseguridad a sus familiares para evitar vulnerar uno de los momentos más significativos de nuestra vida, después de nacer. Para dar lugar al buen o bien morir, es clave ofrecerle al paciente auxilio espiritual; un acompañamiento familiar que incluya momento de serenidad, de amor, de despedida y sobre todo de agradecimiento.


La muerte nos invita a hacer profundas reflexiones. Prepararnos para su llegada no es un pasatiempo agradable, pero sí una necesidad que nos permite congraciarnos con la vida, ser agradecidos, y valorar cada minuto.

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@pensamientopropositivo

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