LA LÓGICA DEL ODIO

Por: Rodolfo Godoy Peña

En el siglo III de nuestra era, un sabio de origen persa y autoproclamado profeta llamado Manes, fundó una religión nacida como una herejía del cristianismo y que se conocerá con el paso de los siglos como “maniqueísmo”. Esta doctrina se extendió por el Medio Oriente y el Imperio romano y es una religión de carácter dualista, en la cual se proclama la existencia de dos principios creadores eternos: uno para el bien y otro para el mal. Según predicaba Manes había un cielo bueno, de luz, creado por Dios y debajo de ese cielo estaba otro mundo, creado por Satanás. El maniqueísmo nace con la pretensión de ser una especie de verdadera síntesis de todos los sistemas religiosos conocidos hasta ese entonces; y en consecuencia, el objetivo último de toda vida maniquea es liberar la luz-substancia de la contaminación de la materia encarnada en los pecadores.

Para el maniqueísmo el mundo es corrupto, pero hay unos seres elegidos que portan la “luz” porque poseen todas las virtudes, y se afirma también, que son muy pocos esos seres superiores y que los demás, los que no participan de manera absoluta en sus creencias, convicciones y actuaciones, son portadores del mensaje de Satanás. Es en ese dualismo donde todo se reduce a una eterna lucha entre “buenos y malos”, donde no hay medias tintas y donde aquello “del hombre y sus circunstancias” pasaría a conformar una herejía de la herejía pues en los absolutos no hay cabida para la graduación.

El maniqueísmo tiene como principio diferenciador en su esencia y de manera forzosa concebir al “otro”, ese que piensa o actúa distinto, no como un “prójimo” libre, sino como la encarnación del reino de las tinieblas, el epitome de todos los males y como son tan pocos los elegidos y son más los pecadores, esto no solo puede individualizarse, sino que puede universalizarse a través de toda una raza tal y como lo hicieron los nazis con los judíos, para que triunfara la “luz” a través de una raza elegida, los arios, y acabar así con la amenaza y la degradación del mundo que representaban los judíos. Ese dualismo gnóstico, esa falacia fanática de que el mundo es el lugar donde combaten buenos y malos absolutos, y que los buenos tienen respuesta para “todo” desde una introspección autorreferencial siendo la misión de algunos elegidos hacer que el bien absoluto triunfe, le costó a la humanidad la pérdida de más seis millones de vidas inocentes y en general gente buena que sufrió el martirio a manos de una mesnada de iluminados, salvadores de Europa y sus raíces, mediante la extinción de casi todo un pueblo. Gracias a la visión maniquea del mundo los judíos pasaron de ser la raza “elegida” para convertirse en una raza casi “extinguida”.  

Pero ese maniqueísmo no ha sido vencido por la razón, sino que se ha convertido en una forma de hacer política y de llevar las relaciones actuales. Lo que era aplicable en las relaciones internacionales donde era y es usual calificar y dividir a otras naciones agrupándolas como “el gran satán” o el “eje del mal”, ha ido permeando adentro de nuestras sociedades en las cuales se fomenta y se aúpa la actitud de ciertos movimientos políticos de dividir a las personas en dos grupos: los del bando absolutamente bueno (los que están conmigo) y los del bando absolutamente malo (los que me adversan) y todo de forma irreductible y sin titubeos. Esos “otros” seres humanos por el simple hecho de su raza (“negros”), de su condición (“migrantes”), de su religión (“musulmanes”) o de su gentilicio (“chinos”), por ejemplo,  pasan a ser para estos fanáticos maniqueos la encarnación del “señor de las tinieblas” en el mundo moderno ya que representan la delincuencia, o el terrorismo, o la pandemia. Y todo esto se ha hecho exponencial en muchos países por la irrupción de partidos políticos que intentan hacer vida en democracia, pero atentando contra el mismo sistema y contra los valores intrínsecos que son su razón de ser.

Esto que podríamos llamar la lógica del odio es una fuerza que siempre ha estado latente en el mundo y que tiene sus orígenes más recónditos en la intolerancia religiosa: esos sujetos que por muchos siglos se han convencido de que son poseedores de la “única” verdad y con base en ello han martirizado, perseguido, quemado y asesinado a otros, aquellos que por no compartir las mismas convicciones son calificados como portavoces del “mal” y que, por ende, deben ser corregidos y, los más contumaces, extinguidos. Junto con esto, tenemos por obra de la irrupción de la internet, la masificación de los medios de comunicación (que no democratización) lo cual ha permitido un flujo de posiciones (que no de ideas) donde cualquiera se autocalifica como formador de opinión y que no son más que ese cúmulo de sujetos con gran impacto mediático, pero con muy poca estructura mental y ética, que no buscan el convencimiento de la razón sino el mayor número de validaciones a sus aporías, esparciendo por el mundo “ideas” que harían las delicias de Zenón de Elea.

Aun cuando en el mundo se ha extendido esta visión maniquea de la política, de buenos y malos absolutos, en algunos lugares se desvelan con una crudeza pasmosa por su cercanía al mundo occidental de las democracias liberales, pero que son tierra fértil por su pasado de exclusión e intolerancia, como es el caso de los Estados Unidos de América o de España,  donde en el ejercicio de la política moderna se sustituyen los programas de gobierno y en lugar de ideologías ha ganado espacio el debate de las “demagogias” de izquierda y derecha; y es precisamente en esa dialéctica donde se justifica cualquier despropósito para la “satanización” del otro simplemente porque el otro es el mal. Lo más lamentable de todo esto es que la lucha civil con estos planteamientos hegemónicos, dogmáticos y maniqueos, se produce en una sociedad política convertida en intolerante en nombre de la tolerancia.

Por supuesto que la luz vence a la sombra, y que el bien y el mal existen, pero para cada uno de nosotros que como decía Terencio “hombre soy y nada humano me es ajeno”, se nos hace imperativo entender que cada uno somos, a la vez, sujetos de épicas y de miserias, de sublime y de ridículo, y que a ninguno nos pertenece la luz, por lo tanto, no somos “dueños” del bien ni de la verdad. Es imprescindible para alcanzar y consolidar la paz, que detengamos esta dinámica política de aniquilación del contrario y que sea sustituida por la dinámica del convencimiento y para ello, nada mejor que la pauta que nos marca Andrés Eloy Blanco: “Lo que hay que ser es mejor, y no decir que se es bueno, ni que se es malo, lo que hay que hacer es amar lo libre en el ser humano…”

@rodolfogodoyp

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