Contra la desmemoria

Por: Linda D´ambrosio.

Documentar. Testimoniar. Dejar por escrito. Cancelar el silencio. Cuatro propósitos que animaron a Leonardo Padrón, semana tras semana, a sondear en los más oscuros episodios de nuestra historia reciente y a transcribirlos en Tiempos Feroces, el libro publicado en Madrid por Editorial Kalathos.


Tras un título elocuente, que anticipa que todo cuanto afrontará el lector está referido a una misma época, se alojan la crónica, el artículo de opinión, la reflexión lírica, el microteatro y el reportaje. “Podría -si tenemos necesidad de rótulos- hablar de un libro sutilmente transgenérico”, explica Padrón. 


La obra compendia textos escritos entre los años 2015 y 2018, dando continuidad a Se busca un país, su libro precedente, que reunía aquellos redactados entre 2013 y 2015. 

A lo largo de las 257 páginas que conforman la obra, el autor escudriña en la pequeña historia, en los casos que, subsumidos en un número masivo de agravios, terminan por perder su dimensión real, anonimizados, omitiendo el impacto transformador que tuvo lo sucedido en la vida singular de cada víctima, pero también en la cotidianidad de quienes le circundan. Padrón quiso rescatar esas historias “para que no las barriera el olvido o la próxima noticia”. O, como afirma en el libro: “para vencer la amnesia de nuestros errores”. Porque, para el escritor, la situación de Venezuela es un fracaso colectivo, el resultado de una decisión equivocada y, si por un lado ve en el registro de las fechorías una manera de señalar a los culpables, de contrarrestar la impunidad absoluta de que disfrutan los verdugos, por otra estima didáctico el recuento de los hechos para evitar que reincidamos en los mismos errores. Aboga por la introspección, severa y fecunda: “Quizás toca viajar hacia dentro de nosotros (…) repensarnos de forma inclemente” afirmaría.


Así mismo, resulta elocuente la portada, en la que se perciben las marcas de las balas sobre la fachada de un desvencijado edificio: una pared vulnerada, imagen que el escritor invoca al referirse a la espalda de Hans Werich (“una pared humana fusilada”), o que utiliza como metáfora al contemplar cómo dos hombres perforan un boquete para acceder a un edificio residencial (“Roen la propiedad privada para desmantelarla”).


Indaga en la violencia, a veces experimentada en primera persona, como narra pormenorizadamente en su artículo El huracán, pero casi siempre lo hace a través de sus interlocutores: “Los entrevistaba. Les pedía que me relataran su historia para luego yo vaciarla en un texto con la pretensión de que sonara más allá”.


Padrón se arroga el derecho a levantar la voz en nombre del compromiso social, por una parte, y en razón del esfuerzo tantas veces realizado para instar a la gente a movilizarse a favor de ciertas causas, sin que se percibieran cambios sustanciales como resultado.


A través de sus escritos puede rastrearse cómo fueron gestándose ciertas situaciones, y se avizora también lo que debe ser evitado. 
Estas páginas que, en suma, configuran el doloroso retrato de nuestro país, constituyen un estímulo para buscar soluciones, y reflejan la continua labor de observación y análisis efectuada por su autor para comprender lo que estaba ocurriendo. Ello, de por sí, constituye un aporte, a más de los señalamientos que, con extraordinaria lucidez y maravilloso lenguaje, con infinito amor por su país, realiza, cohesionándonos. Todo ello, con miras a tener presentes los hitos del camino recorrido para no reincidir en acciones improductivas, o como expresaría el escritor en sus propias palabras: Para intentarlo distinto. O mejor. O siempre


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