ESPEJITO, ESPEJITO…

Por: Rodolfo Godoy Peña

Acuciado por los reclamos sociales, y luego de varios intentos postergados por la pandemia, el pueblo chileno logró elegir a los miembros del poder constituyente que se encargarán de redactar el nuevo pacto social para esa nación andina. Los chilenos tuvieron que bregar mucho para poder cristalizar este ansiado cambio pues toda la estructura del Estado, el estamento político y el poder económico hicieron todo lo que estuvo a su alcance para no modificar el sistema económico social que se estableció como marco para el país suramericano desde la dictadura de Augusto Pinochet.

No dejó de ser muy sorprendente para el mundo -aunque no para los chilenos- como en el país que se utilizó de ejemplo durante décadas para aleccionar a los latinoamericanos sobre el triunfo del libre mercado y de la lógica liberal en contraposición con los coqueteos incesantes de otros díscolos países que preconizaban posturas de izquierdas, estuviese conmocionado por revueltas y manifestaciones populares de la magnitud e intensidad que se dieron en el país austral a partir de 2013. Muchos no lograban entender cómo era ni siquiera pensable que el “milagro de Chile” -Milton Friedman dixit– ejemplo de una economía liberal y de mercado, con políticas económicas y monetaristas diseñadas por ese premio Nobel para Pinochet, en conjunción con sus pupilos de la Escuela de Economía de Chicago, pudiese estar siendo desmantelado por unos afiebrados jóvenes que exigían al inicio de las protestas una educación universitaria gratuita, porque: ¿Cómo era posible que unos “ñangaras” pudieran atentar contra una sociedad basada en una economía abierta que había logrado ser ejemplo del mundo y que algún momento de la década de los 90 fue la envidia de sus vecinos por ser el único país en tener tratados de libre comercio con USA, la CEE e Israel al mismo tiempo?

Tras un aparente y engañoso receso las protestas se reactivaron en 2019 cuando el gobierno decretó un incremento del 3% en el precio del pasaje del Metro de Santiago y de algunos otros sistemas de transporte y, entonces, los “cabezas calientes” volvieron a salir a las calles con una virulencia desproporcionada frente al “ínfimo” aumento, generando una revuelta nunca antes vista durante la era democrática de ese país y que amenazaba con llevarse por delante a todo el Estado chileno, incluidas las iglesias y las estatuas. Obviamente, no se hicieron esperar los grandes titulares y mensajes colgados en las redes sociales, afirmando que Cuba, Venezuela, Rusia, Irán y el Foro de Sao Paulo eran los generadores de esas “células” desestabilizadoras en la “Noruega” austral porque, según ellos, un país que tenía la estabilidad macroeconómica de la que se ufana Chile, no podía ser perturbado sino por obra de un diabólico plan de la izquierda, para echar abajo un modelo liberal de libre mercado que funcionaba a la perfección. Para sumar más males, frente a todos esos eventos, y con esa convicción desconocedora de la realidad de su país, el presidente Piñera tuvo la infeliz idea de calificar la situación como de “guerra” y, por ende, denominar a los manifestantes “enemigos” sin importarle que eran y son sus compatriotas, lo cual desató una represión brutal por parte de las fuerzas de seguridad del Estado contra los reclamantes.

Pero no, estos reclamos no son obra de unos “trasnochados” izquierdosos o de un plan regional liderado por Venezuela desde el Foro para acabar con el mejor y mayor capitalismo de Latinoamérica, y que fue la matriz que trataron de imponer muchos intelectuales, economistas y académicos de derecha -en Chile y allende– ; “explicación“ esta que ni era, ni es aplicable a la realidad chilena porque lo que sí ha quedado probado es que los resultados de las premisas económicas de los Chicago Boys ejecutadas en Chile corroboran lo equivocado de creer, a pie juntillas, que la macroeconomía da de comer, que el libre mercado se autorregula y que el “goteo” de liberalismo sirve para sacar a la gente de la pobreza y de la exclusión.  

Para muestra, un botón: la comarca de Petorca, habitada por alrededor de 400 mil personas, casi todos campesinos y pequeños ganaderos, carece de agua para regar sus cultivos, para dar de beber a sus animales y, difícilmente, les llega agua para su consumo a través de camiones cisterna. Pues bien: la economía de la zona con su ancestral fisonomía rural y la industria textil artesanal cedió ante la voracidad económica y se doblegó ante la fruticultura empresarial de exportación, permitiendo que sus cultivos tradicionales fueran suplantados por la siembra de aguacates que compite con los restantes sectores de la economía local por el acceso al agua, con el agravante de que la palta chilena no solo no es endémica de esa región, sino que además requiere ingentes cantidades de agua para su cultivo; sin dejar de insistir que a esta zona, ya de por sí muy vulnerable a los cambios climáticos en sus cuencas hidrográficas, se le sumó la insaciable codicia económica y la posibilidad de privatizar el agua.

En efecto: la Constitución de 1980 y el Código de Aguas de 1981 permitieron la privatización del recurso hídrico y llegó a tal extremo la “locura” liberal que algunos chilenos pueden ejercer los derechos de propiedad sobre el agua; razón por la cual las empresas fruticultoras de la zona, apoyadas en esa legislación, hicieron excavaciones cada vez más profundas y desviaron el curso de dos de los ríos más caudalosos de la zona hasta su extinción; y no deja de ser sangrante ver en ese paisaje como los habitantes tienen que reciclar las aguas negras para sembrar sus conucos mientras las empresas la almacenan en grandes lagunas privadas dedicadas al riego de los suyos. Chile, el ejemplo latinoamericano de crecimiento económico, exporta aguacates a costa de la sed de su gente.

Estos excesos amparados por el discurso del liberalismo -y no por la confabulación internacional socialista- hizo que al estamento político chileno lo alcanzara la realidad, una realidad que los obligó a negociar la celebración de la Convención Constituyente cuyos convencionales fueron electos los días 15 y 16 de mayo. Frente al aplastante resultado de esas elecciones donde la derecha solo obtuvo un 20%, el presidente Piñera en la oportunidad de reconocer su derrota declaró: “…en estas elecciones, la ciudadanía nos ha enviado un claro y fuerte mensaje: No estamos sintonizados con las demandas y con los anhelos de la ciudadanía”. Y frente al mazazo que el resultado  propinó a los defensores del “modelo” económico chileno, y en un intento adolescente de no admitir la realidad, intentaron contra toda evidencia lógica explicar que la mayoría en la Convención la había logrado el sector independiente cuando es obvio que la izquierda arrasó en los comicios.

Los líderes de América Latina, en vez de buscar las repuestas a sus conflictos en teorías conspirativas de bipolaridad propias de la guerra fría, están obligados a verse al espejo para encontrar a los responsables de la tragedia de sus pueblos. Chile ha demostrado que un país está siempre en capacidad de comenzar a cambiar su destino en paz y a través de la política, y no cabe duda que ahora el pueblo chileno podrá dedicarse a la tarea de refundar a su país sobre unos cimientos donde el “ser” importe más que el “tener”.

@rodolfogodoyp

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