TRANSPARENCIA, PARTICIPACIÓN Y ACERCAMIENTO

Por: Daniel Godoy Peña.

Después de todo este desorden ocasionado por la pandemia, ha quedado en evidencia que los venezolanos están cada vez más desconectados de los asuntos públicos, a la par que son cada vez más los dirigentes políticos y los gobernantes que, escudados en el distanciamiento social y en la crisis social, económica y política, han subestimado la participación ciudadana creyendo de manera firme que la simple interacción por redes sociales, medios de comunicación u otras tecnologías los hacen más cercanos a la gente y eso no siempre es verdad.

Si bien es cierto que “estar presente” no siempre es sinónimo de cercanía, esta se da cuando los seres humanos somos empáticos con nuestros similares, cuando somos capaces de entender y ayudar en la solución de sus problemas y prioridades. En el caso de los gobiernos, la solución de los problemas de la gente y la atención de sus prioridades no es una opción, sino una obligación, pero, para eso debe cumplir con un conjunto de requisitos y tener la disposición de abrir las puertas de la gestión publica a la población, respetando cada quien su espacio, pero sin temor a las ideas, acciones o críticas que del intercambio entre gobernante y gobernados resulte.  

La exigencia del ciudadano y la preparación del gobernante son fundamentales para poder obtener buenos resultados. Por un lado, el ciudadano debe estar convencido que la exigencia de sus derechos y el cumplimiento de sus deberes no son letra muerta -o un discurso vacío- tiene que estar persuadido de que su rol en el control de la gestión publica es cardinal y que sus peticiones deben ser respondidas por las autoridades sin que medien pretextos o formalidades para hacer caso omiso a esas solicitudes. Los gobernantes, por su parte, tienen el ineludible y constitucional deber de atender a los ciudadanos, procurando siempre que el bien común sea un ejercicio reiterado de sus acciones, entendiendo como tal la solución efectiva a las peticiones que les hagan sus gobernados en las materias de sus competencias, ya sea servicios públicos, seguridad o temas de bienestar social. No puede nunca quien gobierna reputar como una intromisión indebida la participación exigente y contralora de los ciudadanos, y debe tener la suficiente humildad para reconocer sus errores y rectificar, para lo cual el gobernante -o quien aspire a ello- debe estar preparado, no solo desde la experiencia que le permite el ejercicio de la función pública, sino académicamente, ya que gobernar es “un arte” según afirma el viejo adagio popular. No es exagerado afirmar que ejercer funciones de gobierno entraña una de las responsabilidades más sublimes para cualquier ser humano y debe existir en el gobernante ese equilibrio donde la experiencia de vida, del oficio y la preparación académica se conjuguen para poder asumir con seriedad la tarea y con madurez la crítica.

Uno de los pilares de esta relación de confianza que existe entre gobierno y ciudadanía -entendiendo esta confianza como la suma del respeto y credibilidad- es la trasparencia, porque si queremos un cambio estructural en la gestión pública por parte de los gobernantes y que los servidores públicos sean cada vez más calificados no podemos conformarnos con que solo sean unos gestores de soluciones, por el contrario, los gobiernos deben incluir en la solución de estos problemas las buenas prácticas y el ejercicio de virtudes como la laboriosidad, la honestidad y la verdad, porque poco hacen los ciudadanos conformándose con quien les resuelve los problemas, si los medios no fueron los indicados: quienes están sometidos al escrutinio público no pueden tener miedo a la trasparecía ni impedir, por medios o mecanismos innobles, que los ciudadanos accedan a la información a la cual tienen derecho.

Deben tener cuidado los servidores públicos de no incurrir en el error de creer que la híper conectividad en redes sociales, o la comunicación por medios digitales, hace más cercanos y más aceptados a los gobernantes o políticos en  el ejercicio sus funciones, porque hoy en día, si bien es cierto que los seres humanos tenemos cada vez más y mayor acceso a la información, los medios digitales son solo una de las múltiples herramientas a disposición para poder gobernar o difundir un mensaje, pero solo eso, una herramienta y no un fin, porque se gobierna para estar “conectados” con la gente pero no se puede gobernar solo conectados por las redes.

Para el ciudadano común el hecho de  estar constantemente informado no es ninguna “novedad” ya que forma parte de su cotidianidad; y que un gobernante o político por más seguidores que tenga o “me gusta” pueda obtener por una imagen crea que eso se traduce en una afinidad o aprobación de su gestión o conducta es lo que lo lleva a cometer errores, pues como están sobreexpuestos se llegan a creer que los “corazoncitos” o “pulgares arribas” de las redes se traducen en votos y aceptación y lo que termina pasando es que los aleja y “desconecta” de la realidad y, peor aún, de las necesidades reales de sus gobernados y electores.

Pueden cambiar los medios pero nunca el fin: gobernar y hacer política deber tener como premisa finalista y cardinal la constante búsqueda de la mayor suma de felicidad posible para la mayor cantidad de gente y a través de los medios correctos. Quien gobierna nunca podrá complacer a todo el mundo, pero tampoco puede excusarse en esto para no incluir a la mayor cantidad de ciudadanos en la toma de decisiones, porque a diferencia de las redes sociales, la participación efectiva, real y contralora de los ciudadanos debe ser una herramienta utilísima de toda gestión de gobierno que quiera repercutir realmente y de forma positiva sobre sus gobernados.

@danielgodoyp

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