LA MEDIOCRIDAD NO ES UNA OPCIÓN

Por: Daniel Godoy Peña

“¿Por qué hay que tenerle miedo a los pendejo, abuelo? ¡Porque son muchos!!!”

Facundo Cabral

Al leer, es frecuente ver a analistas políticos, periodistas, políticos, artistas, escritores e influenciadores gastar horas de su tiempo tratando de incidir en el ánimo de los electores en sus propios países o de cualquier otro rincón del mundo, exaltando las virtudes y las bondades del candidato con el cual simpatizan, o convirtiéndose en sus más terribles detractores y críticos si no comulga con sus ideas, en la mayoría de los casos tomando como premisa únicamente la inútil, baladí y poco profunda discusión sobre aparentes y nominales “ideologías” tildándolas a priori de “buenas” o “malas” y, en consecuencia, calificando de “buenos” y “malos” a quienes se ubican de un lado o del otro. Llega a tal punto el dislate que, si resulta electo cualquier candidato que no sea el de su preferencia, dan por seguro que será el inicio del fin del mundo, bien sea en su propio país o en la “Conchinchina”. Los venezolanos somos expertos en esto.

Esta fatua radicalización de posturas, particularmente en América Latina, no le permite al elector discernir y analizar las propuestas de los candidatos, ya que, se genera un efecto de bomba de humo que enceguece parcialmente el entendimiento e invisibiliza el problema de fondo: a medida que pasa el tiempo, a los ciudadanos de nuestros países no les importan las propuestas que tengan los aspirantes; no importa ni su pasado ni su presente, sino que todo se resume –en el mejor de los casos- en la escogencia del “menos malo” y, casi siempre, en evitar que llegue al poder el “adversario ideológico” sin que las grandes mayorías entiendan, generalmente, qué significa eso.

No es objeto de este artículo hacer un análisis sobre las ideologías, lo que sí parece fundamental es abordar la tragedia electoral por la que atraviesan nuestras naciones, en las cuales, cada vez y con más frecuencia, aspiran a los principales cargos de elección popular un mayor número de personas que no necesariamente son políticos ni con experiencia en la gestión pública, y que de ser políticos o de haber ejercido cargos públicos en su pasado pareciera no importar de cara al elector, porque piensan que solamente con discursos cargados de populismo, propuestas de reformas estrambóticas, criticar constantemente al “status quo” o con presentar la credencial de haber sido un buen gerente en el sector privado basta para aspirar a los más altos cargos de conducción de nuestros países; lo más trágico no es que sean candidatos, sino que muchas veces ganan la elecciones. Esta situación pone a los países en un verdadero apremio y los va sumiendo a una velocidad vertiginosa en profundas crisis políticas, económicas y sociales ocasionadas, no solo por la elección de un candidato, sino por la corrupción, incapacidad, falta de honestidad y la poca preparación para dedicarse a gobernar naciones tan complicadas como las nuestras; pero como diría Uslar Pietri, seguimos creyendo como pendejosque no es un tema de los candidatos y sus (in)capacidades sino de la “ideología” que dicen representar.

Un gobernante puede ser de derecha o de izquierda; y si es corrupto, incompetente y populista será un corrupto, incompetente y populista de derecha o de izquierda, pero su deshonestidad, incapacidad y falta de preparación, con todas sus consecuencias, las sufren todos los ciudadanos por igual, al margen de lo ideológico, ejemplos sobran en nuestro continente de buenos gobernantes, que sirvieron a sus países honestamente, sin escándalos y usaron sus ideologías con coherencia para ayudar a sus pueblos, gozando hoy con tranquilidad y la satisfacción del deber cumplido, del respeto de sus compatriotas, algunos de ellos: Julio María Sanguinetti y Pepe Mujica en Uruguay; o los ya fallecidos Rómulo Betancourt y Rafael Caldera en Venezuela. Lamentablemente estos ejemplos no abundan y, por el contrario, Latinoamérica ha ido coleccionando mandatarios populistas, autócratas e incompetentes escondidos tras la fachada ideológica.

El mayor ejemplo de la tragedia política que vive América Latina podría corresponderle a Perú, con 4 presidentes desde 2016 a la fecha, y hoy a la espera de los resultados de la segunda vuelta entre la “derechista” Keiko Fujimori y  el “comunista” Pedro Castillo; la primera con una causa judicial pendiente y en libertad condicional por corrupción, sin contar que desde temprana edad estuvo relacionada a las actividades gubernamentales de su padre Alberto Fujimori, quien se dio un autogolpe de Estado, le concedió asilo político a un grupo de militares venezolanos que estuvieron involucrados en la intentona golpista del 27 de noviembre de 1992 y tuvo como uno de sus principales asesores de seguridad a Vladimiro Montesinos, sobre quien pesaba una orden de captura pero se encontraba en Venezuela protegido bajo el amparo del gobierno de Chávez. En la otra esquina está Castillo que propone un plan de gobierno que pareciera sacado del baúl de los recuerdos del comunismo trasnochado de los años 70, y en cuyo gobierno prohibiría las importaciones de los productos que no se elaboran en la nación andina, buscaría una mayor participación del Estado en la economía, la estatización de muchas empresas y la reforma de la Constitución. Les tocó tristemente a los peruanos escoger entre dos “peores”, con el perdón por esta licencia lingüística.

América Latina ha resultado una rehén de la kakistocracia, porque no se escogen gobernantes por el atractivo de sus ofertas de buenas políticas públicas que se puedan aplicar para procurar el mayor desarrollo humano de sus pueblos, sino que se eligen presidentes bajo la dicotomía de “buenos” y “malos” según el candidato diga ser de izquierda o derecha, sin más propuestas, ni exhibición de habilidades, ni alguna otra credencial.

 @danielgodoyp

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