Cuestión de etiqueta

Por: Linda D´ambrosio

Quienes me conozcan o sigan esta columna darán fe de mi interés en las telecomunicaciones. De hecho, han sido tema recurrente en mis escritos, puesto que, conforme han ido surgiendo novedades, se han suscitado también cambios en nuestro mundo, en nuestra manera de relacionarnos.


Tras la pandemia, creo que no hay lugar a dudas acerca de las posibilidades que ofrecen las alternativas de comunicación a distancia. Nos han permitido saltar las barreras impuestas por el confinamiento, seguir desarrollándonos y aprendiendo durante la cuarentena, y suplir, en alguna medida, la ausencia de nuestros seres queridos.


Yo no creo que las redes y otras tecnologías separen a la gente. Al revés: las personas siguen haciendo las mismas cosas que hacían antes, solo que a través de otros medios. Los pequeños que se inician en la lectura encontrarán una oferta mucho más amplia y variada en los dispositivos electrónicos que en las restringidas bibliotecas de papel de casas y colegios, sin contar con las opciones interactivas para el aprendizaje. La gente se sigue felicitando en las ocasiones especiales, sin correr el riesgo de que sus mensajes se extravíen en el correo postal y nunca lleguen a destino. Se echa de menos el calor de piel, pero hay más personas a nuestro alcance con intereses afines a los nuestros, y el intercambio no se enfrenta a las limitaciones derivadas de caudales, tiempos de traslado y diferencias horarias. Y es a este último punto que quiero referirme.


Desearía que la gente comprendiera que el whatsapp no es un teléfono. Una de sus grandes ventajas es el diferido. No hace falta que ambos polos de la comunicación estén conectados simultáneamente: uno de los interlocutores envía la información cuando puede, y está sobrentendido que el otro hará lo propio: la decodificará cuando pueda. En lo personal, me encanta que me cuenten cosas, que escucho con atención mientras tengo las manos ocupadas en otras cosas, como cocinar o limpiar.


Es repelente que alguien responda en Whatsapp que está ocupado. Creo que cualquier persona con dos dedos de frente asume, cuando envía un mensaje, que tal vez el otro no esté en línea. De hecho, por eso graba (si fuera algo urgente, llamaría directamente).

Simplemente, se aprovecha el minuto libre para comunicar lo que haga falta. Allí quedan esos datos registrados, para que la otra persona acceda a ellos cuando tenga tiempo, con la ventaja adicional de poder escucharlos las veces que sea necesario, transcribir la información, y hasta retener la voz amada en el mensaje. Si se requiere una respuesta inmediata, es preferible llamar por teléfono, sin necesidad de recurrir a estos artilugios tecnológicos. 


De manera análoga, sería deseable que se comprendiera que no es necesario interrumpir a alguien con una llamada para cosas básicas que pueden comunicarse brevemente por escrito, o en una nota de voz.


Finalmente, hay que tomar en cuenta la diferencia de zona horaria. Mientras usted descansa, en la otra mitad del mundo los demás atraviesan por su jornada laboral. Es casi inevitable que se reciban mensajes durante las horas de la noche. Tome previsiones: apague o silencie su teléfono y, si no puede hacerlo, comuníqueselo anticipadamente a su interlocutor, de manera cortés. 
No puedo menos que evocar la canción Telefonía, de Jorge Drexler: “Perdonen que insista en elogiar las telecomunicaciones:/Aunque todos creen que han inventado algo y siguen siendo las mismas las canciones”. Seguimos haciendo las mismas cosas, solo que a través de otros canales, que, bien usados, pueden hacer más simple nuestra vida.

linda.dambrosiom@gmail.com

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