EL VALOR DE LA POLÍTICA

Por: Daniel Godoy Peña

No es un secreto el desprestigio que sufre la actividad política y quienes la ejercemos. En el imaginario colectivo de nuestras sociedades el ejercicio de la política es como un oficio residual, que es desempeñado por un pequeño grupo de hombres y mujeres que no podrían ser exitosos en ningún otro ámbito y es por eso se dedican a ella. Para muchos el oficio del político se puede ejercer sin mayor preparación, ni formación, y le atribuyen sus éxitos, o a la suerte, o a una especie de intuición o instinto para saber cómo actuar en una determinada situación; en cambio los fracasos -que suelen ser muchos y a veces de muy alto impacto- son siempre señalados como un fracaso para la sociedad con consecuencias muy negativas.

Pero ¿A qué podemos atribuir ese desprestigio o la desconfianza que generamos los políticos en la mayoría de la gente?, ¿Por qué cada vez menos personas se involucran en la actividad política?, ¿Qué debemos hacer para poder revertir esa visión?

La confianza se traduce en el respeto y la credibilidad que somos capaces de desarrollar en nuestros semejantes, y esto no nace por combustión espontánea, ni producto de la suerte. El capital más importante de quienes nos dedicamos a la política no está soportado solamente en lo que somos capaces de trasmitir, en nuestra apariencia física, en nuestro carisma o en nuestra oratoria, sino en el hecho de ser capaces de transformar en acciones concretas y hechos tangibles lo que solemos prometer y ofrecer, es decir, la capacidad que tengamos de satisfacer las demandas de los ciudadanos por medio de la búsqueda constante de la mayor suma de felicidad posible de los gobernados. Una búsqueda que no puede estar despojada ni alejada del ejercicio de las virtudes porque la política, como toda actividad humana que está orientada al servicio a los demás, no puede estar desvinculada de la ética, ya que perdería su esencia e iría deformando no solo el fin por el cual se ejerce, sino también a la persona que la practica.

Para ejercer la política -y el buen gobierno- es imprescindible que pongamos por delante de nuestras personalísimas aspiraciones los intereses de la gente, y que se tenga como hábitos la honestidad, la laboriosidad, la sinceridad, el respeto al orden establecido y la coherencia, que no es otra cosa que tener unidad de criterio y actuar conforme a lo que se piensa, se siente y se dice. La política no es una ciencia exacta y como toda ciencia social está sometida a las mutaciones propias de cada sociedad, a su contexto histórico. La política está estrechamente vinculada a la actividad del ser humano, así que, como ciencia la política no es buena ni mala, en cambio si hay buenos o malos políticos y lamentablemente, si lo hacemos mal no solo se daña la reputación del político, sino que injustamente se critica también al oficio. Al tratar de despojar a la política de un contenido ético y de valores, es muy difícil que podamos ser empáticos y entender las necesidades de nuestra sociedad, o a quienes pretendemos servir y gobernar, dado que, si se cambia el fin del servicio a los demás, por el de alcanzar o mantenernos en el poder a como dé lugar, simplemente empieza una desconexión de la realidad generando malestar, desconfianza y rechazo.

Este rechazo hacia la política y hacia quienes la ejercemos va creciendo cada vez más en distintos sectores de la sociedad, especialmente entre los jóvenes y adultos de edad media, quienes ven con mayor escepticismo la utilidad de la política, de los políticos y gobernantes y los estiman más como un mal necesario que como una vía para resolver sus problemas, razón por la cual -y cada vez con mayor frecuencia- se eligen como gobernantes a personas con fuertes discursos y acciones de antipolítica que, suelen causar más daño en la sociedad y en las instituciones.

Es importantísimo que los gobernantes y los políticos recuperemos la confianza de nuestros conciudadanos, de nuestras comunidades y que nos podamos convertir en referentes de coherencia, virtudes y de buenas prácticas en el ejercicio de la política y del gobierno. Es muy difícil que un político que esté despojado de virtudes las alcance cuando se haga gobernante, y es por eso que los partidos políticos deben poner un gran esfuerzo en formar a sus militantes y dirigentes, porque no basta con tener más inscritos, sino que es imprescindible tener a la base y a la dirigencia bien formadas, y no me refiero a la parte académica o solamente ideológica, sino que en ese proceso formación deben estar presente la moral y el ejercicio de las virtudes.

¿Es fácil? No, pero tampoco imposible y menos cuando una de nuestras principales aspiraciones es salir de la crisis en la cual estamos sumidos, que no solo es política, económica y social, sino que también es una crisis de valores.  

@danielgodoyp

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