La secta de los enmendadores

Por: Jean Maninat

No está del todo aclarado el origen de la secta, como con casi todo en la historiografía se busca entre brumas, entre ruinas de la memoria, o entre pesadas bromas que pasan de generación en generación para perpetuar la burla. Lo cierto es que la secta que nos ocupa -la de los enmendadores- ha sido debidamente estudiada y documentada a pesar de que los hallazgos de tales investigaciones no hayan sido publicados por los grandes centros de estudio, ni acogidos por afamadas editoriales y por tanto difícilmente se encuentren en biblioteca alguna.

En su obra, Hunters amongst pictures (1935) Sir John Westinhouse adelanta la tesis de que el miembro fundador de la secta fue un mirón en la cueva de Altamira que habría detectado una ausencia de perspectiva en el bisonte que en el techo pintaba un Homo Sapiens vecino, dejando plasmada su inmediata corrección al gazapo visual prehistórico en una corteza de árbol encontrada por la hija del mismísimo Westinhouse bajo una roca a la entrada de la cueva. Ya al final de su vida confesaría que, presionado por una deuda de juego, habría vendido la primera enmienda de arte realizada por el hombre a un millonario comerciante de tabaco de apellido Davidoff, quien la habría utilizado para encender un Doble Corona y demostrar así su desdén por la arqueología y sus hallazgos.

El profesor de la Universidad Hebrea de Matusalén, Martín Kern Pardo, ha argumentado que la autoría y posterior descubrimiento de los Manuscritos del Mar Muerto o Rollos de Qumrán, pertenecen a una ramificación judía de la secta, de origen esenio, que habría dedicado su existencia a elaborar los manuscritos, esconderlos en vasijas de barro y darlos a conocer cuando sus miembros se sintieran seguros de no ser perseguidos por enmendarle la plana a la jerarquía rabínica con unos manuscritos de factura tosca pero dictados por la mano de Dios. Los pastores beduinos que sin querer queriendo los descubrieron serían los últimos sobrevivientes del capítulo hebreo de la secta.

Hay múltiples lagunas, espacios históricos donde se pierde todo trazo de la secta y tan solo quedan dudosas aproximaciones, arrojadas hipótesis, pases de magia historiográficos para tratar de ubicarla y sujetarla como una mariposa al corcho académico con un alfiler. ¿Habría sido Voltaire uno de sus miembros, temible por brillante enmendador cultural y estafador de la lotería de Francia? ¿O acaso Robespierre tan justo y adusto revolucionario su peor esbirro? ¿Y qué otra cosa que su pertenencia a la secta confiesa Mick Jagger en Simpatía por el diablo? Son interrogantes que incordian a rabiar a sus seguidores y quien quiera adentrarse en sus disputas debería leer la obra magna de la historiadora y noble austríaca radicada en Lisboa, Elizabeth von Tinokko Grossberg, En las entrañas de las correctores sectae: una búsqueda, publicada por la editorial El libro escondido en 1987. Un clásico en la materia.

La startup californiana Eyes on the social net ha venido publicando información que indica un renacer de los Correctores. Columpiándose como cuervos en las redes, sus miembros esperan al acecho el menor traspiés para descender graznando y a toda velocidad a enmendar el yerro: un tilde caído, una ciudad con el nombre ultrajado por la falta de una letra, una duda sobre la política de cancelación, sobre la reescritura de la historia para hacerla políticamente correcta, o la reescritura del lenguaje para hacerlo enteramente inclusivo, un pestañeo causado por los excesos del feminismo radical, son causa de aviso inmediato de infracción por el enmendador de guardia. Y la severidad del reproche es su marca.

De la secta de los enmendadores líbrame Dios, que de mis pecados me libro yo…

@jeanmaninat