Golosinas para el recuerdo

Por: Miguel Peña Samuel

La celebración del Día del Niño en Venezuela me ha servido de excusa para dar un paseo por mis recuerdos infantiles, en una época donde la infancia se prolongaba en el tiempo y lograba solapar a la adolescencia con sus matices de inocencia e ingenuidad. Aunque desde 1925 existía la celebración de este día a nivel internacional, es en 1990 cuando el Estado venezolano ratifica la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño y establece el tercer domingo de julio como la fecha para su celebración.

Es por ello que los que fuimos niños antes de esta fecha no participamos de las diversas celebraciones, públicas y privadas, que los infantes modernos disfrutaban profusamente antes de la pandemia. Mucho menos de los regalos que los padres se esmeraban en escoger para halagar a sus “bendiciones” en  este día que pasó a ser una oportunidad más para que muchos comerciantes engrosaran sus arcas, muy lejos del espíritu inicial de promover el bienestar y de los derechos de los niños.

Pero no hicieron falta estas celebraciones para que los de mi generación, o unas cuantas anteriores a la mía, disfrutáramos de una niñez llena de juegos al aire libre, de paseos bajo el sol y, sobre todo, de muchos dulces sabores que quedaron grabados de por vida en nuestra memoria gustativa. Sin duda alguna, las golosinas nos hermanan generacionalmente porque, antes como ahora, no hay nada que más disfrute un chiquillo que las chucherías. Sin pretender hacer una recopilación exhaustiva de esos antojitos que disfrutamos antaño, comparto acá algunas de las más emblemáticas golosinas que comí en mi niñez y adolescencia. Quizás quedarán algunas por fuera que no conocí, que no dejaron una marca en mi memoria o que salieron mucho tiempo después de esta etapa de mi vida, lo que no significa que no hayan sido del gusto de muchas personas en su momento.

El punto de partida de este tránsito por los dulces recuerdos de la infancia comienza con los diminutos chocolates que llevaba mi padre a casa luego de la jornada laboral escondidos en el bolsillo de su camisa para que yo los descubriese cuando me alzaba entre sus brazos. Era una versión individual de las tabletas grandes que elaboraba Savoy y que se comían de un solo bocado como si de un caramelo se tratase. Desde el tradicional chocolate de leche y el cremoso tipo suizo, esta marca ofrecía una gama de combinaciones como los rellenos con crema de fresas, avellanas, almendras, frutas mixtas y trozos de arroz tostado, ilustre antecesor del Cri-Cri. Entre la cubierta externa y la barra de chocolate había un papel metalizado que protegía el producto de los agentes externos. Cuando el chocolate se fundía, producto del calor de estas latitudes, era común ver a los muchachos, y muchos adultos también, lamer o mordisquear aquel papel para no perder ni un solo gramo de tan delicada golosina.

De la misma marca eran los Torontos, esa hermosa esfera de chocolate envuelta en sonoro papel aluminizado y que resguardaba en su interior una crujiente avellana. En esta misma sección de chocolates rellenos debemos incluir el Bolero, bolitas de maíz inflado recubiertas de chocolate que venían en una bolsita sellada que exhibía en su parte frontal un sonriente charro mexicano. También el Ping.Pong, maní tostado bañado de chocolate de leche cuya bolsa se identificaba por el oso de peluche que saboreaba uno de los mini bombones. Por último, el Miramar, cortezas de naranja, pasas y frutos secos recubiertos con chocolate que resultaban insuficientes cuando afloraba el apetito chocolatero.

En el segmento de galletas, resulta obligante rendir tributo a las de soda y las Club social, las cuales junto con las galletas María de Puig resolvieron tantas meriendas escolares. Pero sin duda fueron las galletas rellenas como Cocosette o Susy las que más furor causaron entre la chiquillada de principios de los 70’s. Incluso muchos añoramos a los Paspalitos, elaborados con la misma masa que las anteriores pero salada y rellena con una crema con sabor a queso.

Si bien las Oreo, con su cuerpo achocolatado y su relleno cremoso, acaparaban la preferencia de grandes y chicos, no podemos dejar de lado a las galletas Reinitas ni a las Newtons, las primeras con forma de tartaletas rellenas con una gelatinosa mezcla roja con sabor a fresa y las segundas con su masa quebradiza que dejaba entrever por dos de sus lados la conserva de guayaba con que venían rellenas. En los tres casos era habitual disfrutarlas acompañadas con un vaso de leche, cumpliendo el obligatorio ritual de comerse primero sus rellenos y posteriormente mojar la galleta en la leche fría.

De caramelos pudiéramos escribir varias páginas, porque además de tener la capacidad de iluminar el rostro de cualquier niño al recibirlos, en nuestro mercado interno pudimos disfrutar de una variada gama de estas pequeñas golosinas. De los caramelos tradicionales voy a mencionar sólo dos que ocupan un lugar preferencial en mi memoria. En primer término están los caramelitos de coco que venían envueltos en una especie de papel parafinado y que vendían “detallados” o servían a los bodegueros de los pueblos para dar las recordadas ñapas. Menos recordados los caramelos con sabor a maní, envueltos en un fino papel transparente que permitía ver el característico color de estas dulces delicias. Recuerdo que para la época se vendían muchos caramelos importados o los que traían de obsequio los viajeros que iban a Margarita, Cúcuta, Curazao o Miami. Personalmente recuerdo los caramelos con rellenos alicorados que consumían los adultos y que eventualmente la curiosidad de muchos pequeños los llevó a probar por vez primera el whisky, el ron, el anís o el tequila.

También disfrutamos de una amplia gama de caramelos de forma circular, perfectamente empacados y presentados en una especie de cilindro compacto que contenía entre 10 y 12 unidades. En este apartado están los inolvidables Salvavidas con su particular forma de anillo y múltiples sabores en cada empaque. Qué decir de los Chocomenta cuya cubierta de menta acaramelada envolvía un centro achocolatado lo que resultaba una combinación tremendamente refrescante. “Perfuma tu aliento” era el eslogan de los caramelos Certs cuya forma circular era de menor diámetro que los anteriores pero con un potente sabor a menta, yerbabuena o cerezas gracias a unas mini partículas que parecían eclosionar al contacto con la saliva. Por su parte los Mints eran unas mini pastillitas de intenso sabor menta, empacados en una bolsita con rayas y letras verdes y que se comían por puñados.

De caramelos blandos también tuvimos una gran variedad. Particularmente recuerdo a los caramelos de leche marca Kraft que eran importados mientras que su contraparte criolla se llamaba Vaca Vieja. Un verdadero reto significaba comer los caramelos Sacamuela, hechos con una pasta muy pegajosa que literalmente podía dejar sin dientes a un niño que estuviera mudando. Por último, en esta categoría, citaré los caramelos masticables Fruna, de gratos tonos frutales con cierto grado de acidez.

Si algún sonido forma parte de nuestros recuerdos de infancia y adolescencia es el de las pastillas de chicles dentro de su caja al ser agitadas. Los más emblemáticos eran los comercializados bajo la marca Adams con su amplia gama de sabores que incluían menta, yerbabuena, mentol, canela, naranja, tuttifruti, surtidos y el Supercherry. Una línea muy particular de esta marca eran los Adams Sour, unas láminas alargadas de chicle de intensos sabores cítricos. Quizás pensando en los más jóvenes la Adams creó unos chicles miniatura, una bolsita que contenía decenas de pequeñas réplicas de las pastillas grandes y de variados sabores. “Chupe primero y mastique después” era el eslogan de Candy, unas coloridas pastillas de sabor cítrico que en su centro contenían una porción moderada de chicle.

Otra variante entre los chicles eran los Papaupa, unas barras blandas de aproximadamente unos 20 centímetros con sabor a cambur y que mantenían su gusto por largo rato, además que permitían formar grandes globos al inflarlos con nuestro aliento. La misma empresa que los producía sacó al mercado un chicle negro, supuestamente con sabor a regaliz, que los más chicos compraban, más que por su sabor, por todas las travesuras que podían hacer con la pegajosa bola negra de goma una vez masticada. 

En franca competencia con los chocolates, caramelos y chicles se podía encontrar una amplia gama de chucherías de diferentes texturas y sabores. Las cotufas caramelizadas de vistosos colores las vendían en empaques sellados. Las Carlotinas y Gomitas eran casi de obligatorio consumo en las salas de cine. La marca Jacks sacó unas bolitas de maíz bañadas en chocolate llamadas Lolitas que llegaron a ser muy populares. Ahora puede resultar sorprendente que una golosina muy reconocidas en los años 70’s fueran las pasitas que venían en una pequeña caja de cartón bajo el sello de Sunmaid. Igual pasaba con las Almendras Jordán de la Savoy, recubiertas de chocolate y una fina capa de caramelo, empacadas en elegantes cajas similares a la de los bombones.

Aunque no todo era dulce, ya que en aquel entonces se consumían, al igual que ahora, los Pepitos, Cheese tris, papitas, tostones y maní salado, pero el favoritismo por las golosinas es una característica de los niños a lo largo de la historia. Habrán cambiado en su forma, sus sabores y sus empaques, pero su espíritu seguirá siendo el mismo, ese que se libera al destapar el envoltorio que los contiene y se traduce en alegrías para grandes y chicos.

@miguepesam

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