Ni tan dorados

Por: Linda D´ambrosio

El pasado 6 de julio arribó a los cien años el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin. En una recepción organizada para honrarle, el presidente Emmanuel Macron reconocía sus aportes “a la comprensión del hombre y del mundo como humanista y europeo convencido«, indicaba el Palacio del Elíseo.


No deja de ser esperanzador recibir, cada vez con más frecuencia, noticias de personas que se mantienen activas a edades avanzadas. Algunas de los que más resuenan están vinculadas a la vida académica, como la filóloga brasileña Angela Vaz Leâo, quien a sus 98 años continúa dando clases en la Universidad Federal de Minas Gerais. ¿Y qué decir de quienes, superada la etapa de criar hijos y consolidar una posición económica, alcanzan metas como culminar una carrera universitaria en un área que les apasiona? 


¿Hasta qué punto está condicionada por determinantes físicos la forma en que vivimos nuestros años dorados? ¿La gente envejece porque deja de hacer cosas, o deja de hacer cosas porque envejece?


Abordo el tema con una venezolana eminente, Directora del Grado en Logopedia de la Universidad Internacional de Valencia (España), quien, en razón de sus estudios sobre deterioro cognitivo, lleva años en contacto con adultos mayores, especializándose en el área y desarrollando un programa para prevenir la pérdida de la comunicación oral en personas con Alzheimer: la doctora Beatriz Vallés.


Escucho sus reflexiones y concluyo que, en gran medida, las limitaciones se nutren de creencias culturales que debemos erradicar. Una de ellas es la idea de que la edad comporta inevitablemente el deterioro cognitivo o la disminución de la actividad sexual: “No es normal envejecer con un deterioro cognitivo a menos que haya una causa orgánica que lo condicione, como los trastornos cardiovasculares, la obesidad, el sedentarismo, la pérdida de vida social… Eso es lo que ocasiona que el adulto mayor pierda la memoria o pierda funcionamiento ejecutivo”, explica la doctora Vallés.


Beatriz apunta hacia algunas de las ideas que más daño causan. “hay una fuerza sociocultural que pauta que cuando tú llegas a determinada edad debes dejar de hacer cosas: debes dejar de trabajar, debes dejar de fiestear mucho, debes dejar de hacer mucho esfuerzo físico… La gente, en pocas palabras, entra en una desescalada, especialmente cognitiva, a menudo detonada por el cambio de actividad. Es decir: me jubilé, me descuidé, engordé, ya no me arreglo… empiezan los noes”.


Por otra parte, surgen otros determinantes familiares, como la expectativa de que los abuelos se hagan cargo de los niños de la familia. Obviamente esto puede resultar gratificante y puede contribuir a que la persona se sienta útil, pero no como una obligación que impida que el adulto mayor disfrute y se involucre en otros proyectos personales. 


Finalmente, el adulto mayor se enfrenta a la idea de que no debe efectuar gastos, mudarse, o emprender ciertos proyectos, porque total: para el tiempo que le queda… Si estudia una carrera, no va a ejercer. Si se compra algo, es un dispendio innecesario. Se crea una especie de sentimiento de culpa por atender las propias necesidades, inclusive a nivel de salud: los lentes, el odontólogo…. “Te tienes que comprar ropa nueva, porque has cambiado de talla, o ha cambiado la moda” comenta la doctora Vallés.

En suma: el deterioro y la depresión que suelen asociarse a la edad están en gran parte determinados por la forma en que el adulto mayor se autopercibe y por las creencias que privan en su entorno, mientras que el antídoto parece ser uno solo: vivir, en todo el sentido de la palabra.

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