EL SILENCIO DE FRANCISCO

Por: Rodolfo Godoy Peña

En Cuba tuvieron lugar unas revueltas populares. Cientos de cubanos tomaron las calles de la isla caribeña para protestar por la mala gestión de la pandemia y para denunciar que el gobierno de Miguel Díaz-Canel, había aprovechado la crisis sanitaria para subir los precios de los productos básicos. Esta manifestación que duró un día y se saldó con un muerto y cien detenidos, será –según voceros cubanos en el exilio– un hito que va a marcar “un antes y un después” en el rumbo de Cuba.

Algo similar había sucedido en 1994 cuando cientos de cubanos se reunieron en una explanada frente al malecón de La Habana para realizar manifestaciones antigubernamentales el 5 de agosto, movimiento que fue conocido como el “Maleconazo”; pero en esta ocasión los eventos tuvieron un cariz distinto, porque en el caso de las últimas protestas hubo réplicas espontáneas en varias ciudades y pueblos de la isla, gracias a la internet y a las redes sociales; y, ya que no podía faltar, de inmediato los medios de comunicación occidentales y las redes se llenaron de noticias sobre el evento, magnificándolo y lanzando todo tipo de análisis y predicciones sobre el movimiento y haciendo hincapié sobre la represión del régimen cubano.

Como era dable se desató en la región una confrontación de visiones sobre lo sucedido dependiendo de la afinidad ideológica de cada gobierno y con una percepción de la realidad a través del cristal binario (buenos – malos; derecha – izquierda; cristianos – comunistas); sistema de apreciación de las cosas que nos permite atrincherarnos cómodamente en los conceptos para no tener que cuestionar nuestra propia inteligencia, que es lo que produce la incertidumbre y la búsqueda de la verdad.

Otro evento chocante de todo esto, es la endeblez moral que esgrimen algunos gobernantes. Pareciera que, según ellos, las normas son aplicables conceptualmente pero no prácticamente siguiendo las directrices del mentor de la inmoralidad en política, Maquiavelo, quien afirma que al Príncipe le acomoda otra moral distinta que a los gobernados. Y luego, con asombro, nos preguntamos de dónde viene el descrédito de la clase política. 

Es el caso del presidente Sebastián Piñera, quién luego de 34 muertes contabilizadas por organismo de derechos humanos y donde las fuerzas gubernamentales chilenas disparaban a la cara de los manifestantes vaciándole los ojos, tiene el “coraje” de pedirle al gobierno cubano “que respete a los manifestantes”. O al gobierno de Colombia, que en la misma línea exige a Cuba, el respeto al “derecho a manifestar y que se abstenga de usar violencia”, en un país donde el informe de los magistrados de la JEP determinó que:  «en términos de frecuencia, Colombia sería el segundo país con una tasa de muertes violentas por día de protesta más elevado en el mundo (un muerto cada 36 horas), solo superado por Myanmar”.  Y entonces, insisto, con asombro pueril nos devanamos los sesos preguntándonos de dónde viene el descrédito de la clase política.  Estos sujetos harían las delicias de Nicolás Maquiavelo.

Conforme con la “incontinencia” imprudente de esos líderes, que podríamos categorizar propias de la gobernanza “centennial” y la sociedad moderna, hubo personas que reclamaron que el papa Francisco, jefe de estado y máximo dirigente de la iglesia Católica, en esa misma línea no fijara posición y condenara –en el término de la distancia- al régimen cubano. Articulistas, medios de comunicación, campañas en redes, e inclusive una serie de audios que fueron compartidos, nos dejaron saber de personas que en modo plañidera se quejaban patéticamente del “silencio” papal.

Hay que decirlo: detrás de este movimiento, el cual ya tiene algún tiempo, no subyace el “dolor” de unos muy fieles católicos por la supuesta dejadez de su líder espiritual en momentos aciagos, sino que la intención de esta corriente es tratar de posicionar a Francisco como un sacerdote marxista que viene a derribar las estructuras más inveteradas del conservadurismo más “puro”.

Hay una buena cantidad de documentos pontificios, conciliares y doctrinales donde se fija la posición de la iglesia católica sobre el comunismo ateo y otros regímenes totalitarios, entre otros la DIVINI REDEMPTORIS, QUI PLURIBUS, LIBERTATIS NUNTIUS y LIBERTATIS CONSCIENTIA. La iglesia católica ha basado la defensa, frente a este tipo de ideologías, contradiciendo la coacción a la “libertad” personal de aquellos que sufren ese tipo de gobierno.  Por otra parte, esa posición basada en lo “libre” del ser humano fijada contra los totalitarismos también ha dado pábulo a los defensores de la ideología liberal para afirmar que la iglesia Católica, entre sus principios, defiende al “liberalismo” capitalista.  Esto es una falacia y no se compadece con la posición eclesiástica, al igual que los totalitarismos que suprimen la libertad con coacción, en el liberalismo se atenta contra la “dignidad” humana por su marcado materialismo, donde el hombre pierde su integridad para convertirse en un algoritmo.

El sumo Pontífice es el Bergoglio del siglo XXI y no el Borgia del siglo XV. En el último par de siglos la Iglesia ha ido entendiendo que su poder es espiritual y que su radio de acción terrenal debe limitarse a la acción evangélica; no obstante, a estos “puristas” les gustaría ver al Valentino esgrimir la espada flamígera del papado, recorriendo el mundo para acabar con todos los gobernantes pecadores, léase socialistas.

 

Francisco en su primera aparición pública, luego de su intervención quirúrgica, le dedicó un mensaje al pueblo cubano de modo que no hubo silencio; lo que si hay es el convencimiento en esos “puristas” que están persuadidos de que el Romano Pontífice no dijo lo que -según ellos- debía decir, en qué tono decirlo y en qué momento decirlo.

La labor de la iglesia católica en el último siglo ha sido formidable en la defensa de los más sufrientes, no desde la espada. De manera callada y diligente ha ejercido su acción diplomática – consecuente con su misión – de ser un alivio para los marginados. ¿Cómo no recordar a Pio XII salvando a los judíos sin confrontar al régimen nazi lo cual le ganó el calificativo injusto de ser “El Papa de Hitler” ?; ¿O las visitas recurrentes de san Juan Pablo II a los países de la esfera comunista por lo cual sufrió criticas acres, pues a los “puristas” les parecía ese acercamiento una validación de los regímenes marxistas?

Cuba deberá despertar del letargo de más de 60 años de opresión y de indignidad al que está constreñido por su gobierno; y Occidente tiene que entender que no puede contribuir a aumentar el sufrimiento del pueblo como “coacción” para que alcancen su libertad. Esa no es la vía, el camino lo marcó el santo polaco cuando desde La Habana pidió: Que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba”.

@rodolfogodoyp

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