Días de subte, barba y laburo

Por: Juan Fernández.

Él nunca imaginó lo que cambiaría su vida aquel día, cuando hizo click en el botón “comprar” de la página de Conviasa. Esa tarde, luego de varios intentos infructuosos por hacerse con un boleto a Buenos Aires, finalmente lo había conseguido.

Aquella fue una decisión consultada con su esposa y sus hijos, la separación, al menos por unos meses, era la única solución para escapar de la crisis. Venezuela ya no era un lugar seguro pues, si no te mataba un delincuente para robarte, podías morir por falta de medicina o hasta de hambre. Irse a otro país y enviar dinero unos meses para luego mandar a buscarlos era la solución.

Ya con el pasaje en la mano, venía la segunda etapa, tal vez la más fuerte: La despedida. En ese trance comenzó a extrañar absolutamente todo y a todos, incluso al malandro que todas las noches se paraba a la puerta del edificio a pedirle plata. Decirles a sus padres, a su hermano y al resto de la familia fue otro momento difícil.

Otro momento duro fue dejar un buen empleo en una cadena de noticias de Estados Unidos, haciendo lo que más le gustaba: Producir para la televisión.

La noche previa al viaje, no pudo dormir, se la pasó asomado en el balcón contemplando al menos en las primeras horas, una Caracas aparentemente tranquila, ya llegada las 4 de la mañana comenzaron a aparecer las colas. Una en la panadería, otra en la farmacia, y otro en el CDI. Aquellas colas ya se habían hecho parte del paisaje.

Después de desayunar y pasar revista del equipaje para que no se le quedara nada, tomó una ducha. A las 9:00 am irían unos compañeros a entrevistarle para un especial web donde entrevistarían a venezolanos que se iban del país. Por paradojas de la vida, esos compañeros que harían la entrevista, meses después también dejarían Venezuela para labrarse un futuro.

A eso de las 11 de la mañana llegó Andreu, su compañero de la Universidad y mano derecha en la época de la lucha estudiantil; Él sería el encargado de llevarlo hasta el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía. Por más que él le dijo a su esposa que no quería que bajaran a despedirlo, ella se impuso y bajaron a La Guaira, tanto ella como los niños.

Luego de despachar el equipaje, se abrazaron y, aunque él no quería tomarse la trillada foto en el piso de Cruz Diez, Andreu no solo lo convenció, sino que tomó, la que sería la última foto de la familia reunida en Venezuela.

De repente un nudo en la garganta se apoderó de él, las piernas no respondían, el miedo lo tomó por sorpresa. Le dio un beso a su esposa, un abrazo a sus hijos y otro por supuesto a su compañero de mil batallas, a su hermano de vida. Se dio media vuelta y cuando fue a pasar la puerta, sintió como unos brazos bordearon su cintura, era su hijo quien llorando le decía “no te vayas papá” … aquella imagen lo proseguiría todas las noches durante 6 largos meses.

Después de pasar los controles, y de contestar la pregunta “¿motivo del viaje?”, quiso comprar algunas cosas con los 20 mil bolívares en efectivo que le habían quedado. Tal vez alguna botella, de ron, una caja de Toronto o algunos dulces abrillantados de Mérida, pensó. Pero al final se conformó con 3 chocolates: Cricrí, y un chocolate de leche, de Savoy por supuesto.

Afortunadamente el avión despegó a la hora, y a eso de las 6:30 pm de un domingo del mes de noviembre, vio por última vez la costa venezolana desde la ventanilla del avión. En aquel momento todos sus recuerdos pasaron frente a él. Solo la voz de la aeromoza indicando que colocaran los asientos en posición vertical lo sacó del trance. Se tocó la barbilla y notó que no se había afeitado… ¿Será que me dejo la barba? Pensó. Él no se imaginaba todo lo que pasaría meses después… la distancia tiene un precio, y él lo pagaría caro. Vendrían los días de Barba, Subte y Laburo.

@soyjuanette

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