El Trastero

Por: Linda D’ambrosio

Allí estaba: asomándose por el borde de la caja despuntaba un pedazo de mi niñez. Absurdos apegos sentimentales me impiden deshacerme de un montón de cachivaches de “plata” (seguramente muchos son apenas plateados) otrora diseminados por la casa en que crecí. Tampoco soy capaz de asumir el compromiso que supondría ponerlos en uso y mantenerlos lustrosos. Ni siquiera soy capaz de tocarlos. Tampoco tendrían cabida en una casa sencilla y funcional como la mía.


Sin embargo, allí están, acechándome, sorprendiéndome cada vez que, inesperadamente, me topo con ellos. Fulguran ante mi mirada, por un instante, enmarcados en rincones rumorosos. Tintineos de cubiertos y cristales, y vino escanciándose. Conversaciones ininteligibles. Es increíblemente doloroso: a la común nostalgia por la niñez perdida se suma la pena por esa suerte de mutilación que es el exilio.


Me sorprende que se inserten en el presente los restos del naufragio: remanentes de ese pasado que me parece que hubiera sido un sueño y que percibo como totalmente irrecuperable. Hace poco evocaba, a propósito de la visita de amigas de la infancia, una frase de Alejandro Casona en La barca sin pescador: «Cuando tú sueñas con un árbol de manzanas, no te encuentras una manzana al despertar, ¿verdad?». Objetos y visitas que constituyen las “manzanas” que demuestran que el país es más que una experiencia onírica, evidencias recuperadas con regocijo que nos “hablan de un tiempo que fue”, como diría Solera en el Nabucco de Verdi.


Todo comenzó cuando mis hijos alquilaron un “trastero”, término castizo para referirse a nuestro criollo “maletero”. Me pregunto hasta qué punto esos espacios se convierten en almacén de objetos que realmente no necesitamos y conspiran para que posterguemos la saludable decisión de desecharlos. Comprendo, sin embargo, que hay cosas que se usan ocasionalmente, como los enseres de acampar, y que es mejor quitárselos de en medio en la vida cotidiana. Transijo. Convengo. Después de todo, en un lugar en que viven seis personas, sobreabundan los efectos personales. 


La verdad, me encantaría una casa japonesa: diáfana, limpia, apenas con algún objeto indispensable y un refrescante acento vegetal. Por suerte, y a pesar de la ya prolongada permanencia de mi hija en China, no he aprendido nada de Feng Shui: temo que si descubro sus principios, abra los ojos a insospechadas necesidades, a las que hasta ese momento nunca había prestado atención. Igual sucedió cuando tomé conciencia de que la carne no surgía por generación espontánea en el supermercado: ya nunca pude consumirla con calma. O cuando Greta Thunberg terminó de concitar mi atención sobre el calentamiento global: comencé a agitarme ante las bandejas plásticas de las verduras, contemplándolas con recelo, amontonándolas para cavilar acerca de cómo reciclarlas. Prefiero permanecer, pues, en la ignorancia, en esa “edad de la inocencia”, que hubiera dicho Rousseau. Pero incurro en estas contradicciones. Soy la vergüenza de Mary Kondo y seguramente acabaré transfiriéndoles a mis hijos la responsabilidad de echar a la basura los objetos de “plata”, desprovistos ya de connotaciones sentimentales.


Así que la caja llegará al trastero y, seguramente, mi imprevisión para etiquetarla me conducirá de nuevo al abismo, profundo, enorme, por el que me precipitaré cuando vuelva a punzarme el alma la visión de su contenido, despeñándome hasta el fondo de su alma de cartón.


Y me pregunto cómo hacer con los trasteros del alma, esos en los que se depositan tantos momentos que aguardan para estremecernos cada vez, cuando nos los encontramos.


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