¡MIRANDA… EN LA CARRACA!

Por: Daniel Godoy Peña

Para los venezolanos este modismo tiene una connotación particular y se aplica para señalar a quien rechaza una responsabilidad o una tarea, por riesgosa o porque no reporta los beneficios que quien debe asumirla espera obtener, y hace alusión a la ignominiosa prisión que sufrió el precursor de nuestra independencia el Generalísimo Francisco de Miranda, el americano más universal.

Hoy a menos de 60 días de la realización de la elecciones regionales y municipales el nombre de nuestro ilustre prócer sale a relucir pero no en alusión a su heroica gesta emancipadora y a sus atributos como ser humano, militar, político, escritor y humanista, sino porque el segundo estado más importante de Venezuela lleva su nombre y este ha sido el epicentro de una disputa en el sector opositor que todavía no ha definido quien será su candidato para enfrentar al actual gobernador y representante del madurismo, Héctor Rodríguez, el cual para muchos sería uno de los llamados a suceder a Nicolás Maduro en la presidencia de la República; y flaco favor se nos hace a quienes queremos votar en este estado y todavía nos identificamos con el sector opositor el que aún no se  tenga un candidato.

Si bien es cierto que en democracia cualquiera es libre de aspirar a los cargos de elección popular, no deja de ser menos cierto que para ganar no únicamente se necesitan condiciones democráticas, sino también herramientas y capacidades como candidato para lograr el triunfo y cuando me refiero a herramientas y capacidades no solo hablo de las personales, ahí deben incluirse además la experiencia y la preparación para asumir un cargo de tal envergadura.

El estado Miranda desde las primeras elecciones regionales ha sido una especie de bastión conservador de nuestro país y como muestra vale señalar que, entre 1989 y 2004, estuvo gobernado por representantes del socialcristianismo. Luego, y tras la debacle que supuso para el sector opositor la victoria del presidente Chávez en el referéndum revocatorio de 2004, el PSUV ganó por primera vez en cabeza de Diosdado Cabello, la gobernación y tras una muy mala gestión como gobernador, a pesar del apogeo del chavismo, la perdió cuatro años después a manos de Capriles Radonski; de modo tal que Cabello no solo perdió la gobernación, sino también esa imagen de invencibilidad y de político de masas que tenía. Tanto es así que, al único cargo de elección popular al cual ha aspirado el otrora hombre fuerte del chavismo es al puesto de diputado de la Asamblea Nacional y siempre en las listas del partido y no con su nombre y apellido.

En la elección de 2017, y con una serie de irregularidades, el madurismo recuperó la gobernación de Miranda y fue esa derrota -conjuntamente con la del estado Bolívar-  la excusa para que la oposición #G4 echara mano de ello como justificación y se retirara de la vía electoral decidiendo de manera militante abrazarse a ese “Ángel de la muerte” que es la abstención y no participar en ninguno de los siguientes procesos comiciales: ni en las municipales de ese mismo año, ni en las presidenciales de 2018, ni en las elecciones de la Asamblea Nacional del 2020. Ya la historia y los resultados de tan nefasta decisión los conocemos y no hace falta agregar más.

Después de un proceso político y social tan complejo como el que ha vivido nuestro país, sobre todo en los últimos tres años, todo parece indicar que los resultados de las elecciones del 21 de noviembre no serán los más alentadores para la oposición, pero en Miranda existe una posibilidad real de triunfo si el pragmatismo político se impone y se le da cabida a la sensatez; porque para nadie es un secreto la mala gestión que exhibe el actual gobernador, quien está más preocupado por su futuro político que de su presente mandato; que está más interesado en la política nacional que de las comunidades de Barlovento o de los Valles del Tuy, y de su empeño en tratar de mimetizarse como un moderado pero sin ningún tipo de gestión que mostrar. Todo eso lo perciben las comunidades, y desde el gobierno saben que perder Miranda aunque ganen 18 gobernaciones más es un golpe noble en la “línea de flotación” del madurismo que comportaría perder a uno de los delfines en la línea de sucesión.

Pero por ahora, y mientras siga corriendo el tiempo, el gobernador Héctor Rodríguez, puede dormir tranquilo, porque su contendiente más fuerte que sería Carlos Ocaríz, está sumido en una disputa por la candidatura de la oposición con David Uzcátegui, otrora compañero de partido y quién después de varios años de inhabilitación política por fin puede aspirar a un cargo de elección popular. Ambos están hundidos en una guerra de micrófonos y de encuestas donde cada cual se adjudica la ventaja, dejando en evidencia la debilidad de ese sector opositor y más aún la incapacidad del #G4 y de la unidad de zanjar el problema. Lo más preocupante de todo estriba en que después que se tome la decisión acerca de quien será el candidato de la MUD, entonces el desfavorecido no respete lo acordado y siga en carrera dejando así la mesa servida para la reelección del poco eficiente gobernador Rodríguez, y que tal desaguisado sea una caja de resonancia que pueda afectar las opciones de ganar en otros espacios.

Para evitar este desmadre es importante que quien pretenda ser candidato unitario de la oposición respete la decisión de quienes conforman tal instancia y declinar automáticamente su aspiración, porque si eso no sucediera los electores opositores y los dirigentes de la unidad deben de inmediato -y como sucedía en una campaña publicitaria de los años 90- “señalar al abusador” y cerrar filas en torno al candidato unitario, sin excusas y sin miramientos.

¿Votar por alguien que va en contra de la unidad? ¡Miirandaaa en la carraca!

@danielgodoyp

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