Préstame tus ojos

La reciente caída de Whatsapp, Facebook e Instagram, que duró más de seis horas, ha venido a poner en luz una vez más la importancia de las redes sociales.


Supongo que los sólitos detractores de la telefonía móvil celebrarán el hecho de muchos se hayan visto constreñidos a separarse de sus dispositivos y a enfrentarse al mundo inmediato, material, mucho más restringido y finito. Yo, no.


Yo sigo celebrando la suerte de poder mantenerme enlazada a través de la distancia con muchos que son importantes para mí. El mundo se ofrece resplandeciente y rico, variado, a través de la pantalla de mi celular. Tengo lo que me circunda y, además, lo que el teléfono me regala. Esta semana mi hija está en las estepas siberianas, y he visto cómo el viento agitaba el pelaje de un perro especialmente lanudo que jugueteaba a su alrededor. He descubierto (¡ignorante de mí!) que hay dromedarios en el frío (y yo que creía que eran exclusivamente de zonas cálidas). Me he asombrado con el color de los atardeceres de Xinjiang.

Pero no se trata exclusivamente de esto. “Lo esencial -decía la zorra de El Principito– es invisible a los ojos. Solo se ve bien con el corazón”. No me refiero a lo que pueden ofrecer las telecomunicaciones a los sentidos, sino a cómo nutren las relaciones. 


¡Cuánto cuenta la mirada del que se va de viaje, cuando no podemos acompañarlo! Más aun: cuánto consuelo que nos preste sus ojos para ver lo que no podemos ver. Quiero decir: que lo importante para mí no es el recorrido turístico a través de los ojos de mi interlocutor, sino el significado que tiene para esa persona cada una de los incidentes -topográficos o emocionales- que van signando su trayecto.


Comencé a descubrir esto al experimentar una repentina sensación de ceguera cuando uno de mis afectos se desplazaba de un sitio a otro. No podía imaginarlo. Estaba acostumbrada a las rutinas, los horarios, los lugares habituales. Fuera de ese contexto, no podía visualizarlo, y las desiertas estepas siberianas parecían pródigas en detalles con respecto a la absoluta blancura del silencio. 


“Porque mis ojos son tu voz “, dice Siempre es de noche, de Alejandro Sanz.


“Dime tú/de las flores cómo es el violeta/ y cómo el verdor de un jardín” reza la letra de Un poco de Luz, pieza de dos de nuestros más destacados músicos, Efraín Arteaga y Otilio Galíndez. La idea no es nueva: siempre la palabra va asociada a la posibilidad de salvar la oscuridad.


Aún entre dos personas contiguas, la palabra es iluminadora. Poner en común es prestar nuestros ojos para que otro vea la realidad de la misma manera en que la percibimos nosotros. Y dos miradas sobre un mismo fenómeno pueden resultar sorprendentemente disímiles.


Contemplar lo que no podemos ver
Mi amiga de la infancia, inmersa en un ciclo de quimioterapia, teme abrumarme con detalles que yo codicio como agua de mayo. La realidad es finita, mientras la imaginación es inconmensurable, y sus palabras mitigan la ansiedad, disipan los fantasmas, le dan una dimensión razonable a lo que está ocurriendo. No estamos preparados, como especie, para la incertidumbre.

Tampoco convengo con Don Pedro Alfonso, teólogo y astrónomo, que afirmaba que el silencio es signo de sabiduría, y la locuacidad señal de estupidez. El silencio puede ser también el terreno abonado en que germinen malentendidos y dudas. Por eso: préstame tus ojos para que yo entienda. Para que yo empatice. Para que pueda saber y comprenderte mejor. Para que yo también aprenda, y me sorprenda y me vuelva más tolerante. Para que sepa que el mundo es ancho y heterogéneo.


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