Relevo

Por: Jean Maninat

En su magnifica obra, The Wrinkles of the Mind, (Las arrugas de la mente), John L. Oldship, argumentó lo que para 1940, año de su publicación, era una tesis revolucionaria: la edad es mental. Las aflicciones del cuerpo, los sobresaltos del organismo, la piel cuarteada como de pergamino, eran síntomas de vida más que anuncios de una inexorable decadencia. Los individuos que habían logrado desalojar de su psiquis la figura de Átropos cortando el hilo de la existencia, vivían para contarlo largamente.

Para ilustrar su osado planteamiento, Oldship solía salpimentar sus argumentos con ejemplos tomados con soltura de carterista aquí y allá, como el de Noe quien tendría, según algunos recuentos, 600 años cuando construyó su salvadora y celebérrima arca, o la antisemita leyenda cristiana del judío errante desandando caminos para pagar su pena hasta el fin de los tiempos. Y por supuesto, no podía faltar, Matusalén, quien con 969 años a cuestas habría dejado hijos y nietos igual de longevos que él. O su preferido, según cuenta su hija Valentina, el alquimista inmortal francés y Gran Maestre del Priorato de Sion, Nicolás Flamel. Todos estos personajes –al lado de cientos de otros- habrían alimentado la justificación del mito del eterno retorno.

Lejos de ver la longevidad activa como un tapón histórico que impedía el acceso de nuevas generaciones al empeño de intentar descollar en alguna práctica u oficio humano, Oldship sostenía que, muy por el contrario, extendía el scope de las jóvenes promesas para seguir siendo promesas, aún no siendo ya tan jóvenes. Por ejemplo, la longevidad de unos en el acceso a cargos de distinción pública, permitiría que las opciones de los menos veteranos se prolongaran en el tiempo y se hicieran veteranos en el intento de ser veteranos.

Así, gracias a la cultura de la ocupación permanente del acceso a los puestos de liderazgo público, se formaría una élite de aspirantes a gobernantes, macerados en el extenso oficio de saber esperar, para poder gobernar, según la fórmula de los patricios etrescos que adornaba el frontispicio de su senado, y que algunos imprudentes dicen que adorna bordada un tapiz en el Despacho Oval.

Gracias a lo que Oldship denominó la teoría del salto de rana estático, un veterano pretendiente a un cargo público de digamos 60 años, lejos de percibir su carrera estancada o truncada, todavía contaría con dos décadas más para seguir intentando subir en la lista de espera para acceder finalmente a los puestos de relieve. El tiempo jugaba a su favor. La prisa es el enemigo, el tiempo el amigo, solía ser el remate de sus charlas académicas, o el murmullo con el que saboreaba los single malt a los que era tan aficionado.

Murió ya entrado en años, en un atentado perpetrado por el grupo disidente Sexagenarios cansados de esperar, al salir de su club privado en Kensington, en el centro de Londres. Sus ideas sobre el relevo generacional perviven como flores en el camposanto.

(N.B. La obra escrita de John L. Oldship fue destruida por los Sexagenarios cansados de esperar. El ejemplar único que pudimos consultar gracias a la bondad de una amistad, lo guardan sus adeptos como una reliquia ajena al vulgo no iniciado).

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