NUEVOS CONVERSOS

Por: Rodolfo Godoy Peña

En la historia de la humanidad han sido muchos los casos de personas que pertenecen a una religión y se cambian a otra. Son esos seres que profesan una fe y por alguna razón, a veces casos mística o sobrenatural, pasan a pregonar con fuerza una fe de signo contrario. Pero no solamente sucede con los no cristianos, bien sean musulmanes o judíos que se convierten al cristianismo, sino que también acontece entre los ateos y los agnósticos: muchos de ellos al final de su vida empiezan a creer.

Estos conversos tienen un riesgo alto de tener una actitud fanatizada y esto es muy natural, porque toda religión se cree dueña de la “verdadera” fe con todo lo que ello implica, de aquí que cuando estos conversos reniegan de su fe primigenia es porque en buena medida sienten que han estado engañados y hundidos en la mentira, de modo que, cuando llegan a su nueva fe tienen una “epifanía”, pues ahora si están en posesión de la verdad absoluta. Las personas no fanáticas tienen ideas, mientras que los fanáticos tienen creencias que no son más que funciones adaptativas para lograr certidumbre y seguridad, y ¿Qué mayor certidumbre y seguridad que estar convencido de estar en posesión de la “verdad”?

Por supuesto que esta conversión implica resaltar con toda vehemencia los “defectos y errores” de su fe anterior ya que, todo converso se obsesiona con demostrar “pureza” de principios y que ha logrado abjurar de la “mentira” de su devoción anterior para entrar en la “verdadera” religión. Como todo culto religioso es de ontología moral, toda discusión corre el riesgo de sujetarse peligrosamente a una lógica maniquea, tendiente a reducir la realidad a una oposición radical entre lo bueno y lo malo, pues para estos sujetos la suma de todos los males se concentra en la religión rechazada y la suma de todos los bienes en la nueva profesión.

Las personas también pueden cambiar de posiciones políticas a otra de signo contrario. Históricamente estos sujetos han sido conocidos como tránsfugas -que los ha habido y muchos-, pero se les ahorraba el calificativo de conversos por el carácter relativo de las posiciones políticas carentes de la dialéctica moral maniquea. Ninguna posición política se preciaba de ser la “única” verdad, con lo cual el debate no se centraba entre la condenación o la salvación, sino sobre la visión particular de proveer la mayor suma de felicidad posible.   

En la modernidad, mientras el hombre reniega de las seguridades colectivas que sostuvieron la vida social en Occidente por miles de años, la sociedad se ha ido convirtiendo en una reata de conversos de nuevo cuño donde el perímetro excede al ámbito religioso y permea el ámbito político. El contrincante político no es, entonces, el sujeto que difiere en la visión de abordar la realidad social, sino que es un “infiel” a quién por medio de una especie de nueva “inquisición” hay que convertir y, si eso no es posible, hay que aniquilarlo.

Ese sentimiento de pertenencia e identificación con la propia idea política es normal, pero cuando se llega a pensar que se trata de un único camino y que todos los otros caminos están absolutamente errados, entonces estamos en la línea del fanatismo político y a un paso de la intolerancia. El converso político moderno busca compensar su necesidad de seguridad ya que no es capaz de manejar la incertidumbre, de aquí que sea fácilmente captado por quienes les ofrecen la respuesta a todas sus dudas, ahorrándose el tener que pensar.

Hay ejemplos “luminosos” de estas conversiones impresionantes. Veamos, por ejemplo, el caso de este intelectual que afirmaba en el año 1971: Con la misma vehemencia con que hemos defendido desde el primer día la Revolución cubana, que nos parecía ejemplar en su respeto al ser humano y en su lucha por su liberación, lo exhortamos a evitar a Cuba el oscurantismo dogmático, la xenofobia cultural y el sistema represivo que impuso el estalinismo en los países socialistas, y del que fueron manifestaciones flagrantes sucesos similares a los que están sucediendo en Cuba; para luego pasar sin pestañear a valorar como exitosa la dictadura de Pinochet: Hemos tenido dictaduras que han sido un fracaso en lo social y lo económico. La excepción fue Chile”, tal y como lo recoge una nota de Reuters en junio de 1998. El protagonista de esta refulgente “conversión” es el novelista Mario Vargas Llosa, devenido en adalid de la derecha liberal.

Lo mismo pasa con algunos políticos y personeros venezolanos donde muchos se jactan de su pasado en la Juventud Comunista, o en el MIR, o en el MAS; incluso algunos fueron significativos actores que intentaron cambiar el sistema por las armas y -Castro, Chávez o Stalin de por medio- pasan a renegar de la izquierda cual conversos de una religión anterior. Que una persona deplore la conducta vesánica e inhumana de sujetos como Fidel, Mao Zedong, Stalin, etc. es tener un atisbo de humanidad en el cuerpo y es de seres inteligentes desmarcarse de posiciones políticas que atenten contra la libertad humana, pero de allí a brincar a la derecha solo por el factor económico, es de una liviandad pasmosa. Son muchos de estos conversos los que pregonan con ardor militante que el liberalismo debe aplicarse en el mercado, aunque se supriman las demás libertades, como si el hombre fuera un algoritmo sujeto a las leyes del mercado.

Hay que decirlo: pasar de apoyar a Fidel Castro para alabar a Augusto Pinochet no es ser un tránsfuga, es ser un converso fanático. Lo lógico sería, si se está convencido de las bondades de una ideología, pero en desacuerdo con algún método, “separar la paja del grano” y propugnar por tu ideología desprovisto de violencia, pero conservando tus principios políticos. Tan violento e inhumano fue el estalinismo como la ultraderecha encarnada en sujetos de la calaña de Franco o de Hitler. Todas comparten el totalitarismo, sin importar cual sea el contenido conceptual.

En Venezuela hay casos similares de políticos, analistas y opinadores quienes pasan de recordarnos muchas veces que fueron militantes de partidos de izquierda, pero que, frente al desatino económico chavista se “convierten” en defensores fanáticos del modelo neoliberal de CAP II, lo cual da mucho que pensar, porque pareciera evidente que su formación socialista era “sarampión”, ya que de haber existido en ellos un verdadero pensamiento crítico hubiesen permanecido en la izquierda. Estos sujetos hacen alarde de su pasado, no porque caló en ellos, sino para no aparecer identificados con el presente y lo reniegan, cual conversos.

Venezuela no necesita una unidad de actores sin otro objetivo que ganar cargos de elección popular. Venezuela debe rescatar las ideologías y las convicciones políticas a través de unos partidos políticos fuertes, que estén liderados por hombres valientes que sepan trasmitir las ventajas de su posición para convencer al mayor número de electores. El país ha quedado sin derrotero político no porque hay más de un candidato, sino porque esos candidatos no tienen posiciones firmes y coherentes sobre un pensamiento político.

@rodolfogodoyp     

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