OPINIÓN

SOBERBIA OCCIDENTAL

Por: Daniel Godoy Peña

La guerra en Ucrania es sin duda alguna el conflicto bélico más importante desde el punto de vista social, político y económico que ha acontecido en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial, y solo lo califico en esos tres aspectos porque a pesar de ser un conflicto armado, hasta ahora su relevancia militar es muy inferior a la crisis antes mencionada. Lo que hoy en día padecen las zonas en conflictos, los muertos, desplazados, ciudades devastadas, economías recalentadas, etc., nos hacen llegar a la primera conclusión de que ninguna guerra es buena: no, no hay guerras buenas aunque haya quienes se empeñan en confundir la legitimidad de la defensa ante una agresión extranjera que viole la autodeterminación de un país dependiendo de quienes sean los beligerantes, hasta llegar al extremos de justificar que hay intervenciones militares buenas o malas, o guerras buenas o malas. Todo aquello que alimente la confrontación y atente en contra de los derechos fundamentales del ser humano es malo.

El final de la Segunda Guerra Mundial trajo como consecuencia una serie de cambios en la configuración geopolítica del mundo dejándolo dividido en dos grandes bloques: el occidental encabezado por los Estados Unidos, y el bloque comunista liderizado por la Unión Soviética, todo ellos con una Europa en ruinas a causa de la guerra y con el temor de que las nuevas armas nucleares utilizadas contra Japón sirvieran de advertencia -o amenaza- para que quienes pretendieran repetir la osadía de la Alemania nazi supieran a qué enfrentarse y, de esta forma, se empezó con una carrera armamentista y nuclear que en más de una ocasión dejaría sin respiración a todo el planeta y que hizo que ese mundo bipolar entre democracias occidentales y regímenes comunistas estuviese reunida en torno a las alianzas económicas y las militares.

Con el transcurrir de los años, y frente al crecimiento y desarrollo económico de Occidente y sobre todo de las potencias ganadoras de la Segunda Guerra Mundial, se fueron tejiendo una serie de alianzas que en su afán por detener el comunismo soviético, o el chino en todo caso, y viceversa, logró hacer que se invirtieran cantidades ingentes de dinero y recursos para poder de esta forma exportar las respectivas ideologías pero asegurándose de que esta propagación ideológica fuese acompañada de la fuerza que arrastraron en la segunda mitad del siglo XX a distintos países a la guerra y que siempre terminaron con un saldo terrible para los países donde se desarrollaban esos conflictos, unas cargas sociales y económicas para las naciones beligerantes y, finalmente, la mayor parte del mundo pagando las consecuencias económicas de estos enfrentamientos, muchos de ellos iniciados o sostenidos en nombre de la libertad y de la democracia: la guerra de Corea, Vietnam, la guerra civil de Angola o la invasión soviética a Afganistán, la guerra de Kuwait y las invasiones de Granada o Panamá son las muestras más palpables.

Con la caída del Muro de Berlín en 1989 y el posterior derrumbe del comunismo soviético en 1991 las potencias occidentales parecían ver materializado su anhelo de dominar el mundo y que ya nadie podía hacerles frente, ni militar ni económicamente, y mucho menos ideológicamente y se propusieron como tarea tratar de expandir su poderío hasta el último rincón del planeta que les fuera posible tratando de exportar el modelo democrático liberal convencidos de que ese modelo no solamente se impondría casi que de forma automática, sino que podía ser replicado sin inconvenientes en todos los rincones del planeta pero, craso error, porque su soberbia al verse sin oposición de ningún tipo los llevó a poner en práctica aquella famosa frase de George Orwell en su obra Rebelión en la Granja:. “todos los animales somos iguales pero algunos animales son más iguales que otros”

Todo parecía indicar que para el inicio de este milenio los Estados Unidos y las potencias europeas no tenían ninguna contención en ir creando o ayudando a crear nuevos estados y modelos democráticos en la mayoría ex antiguas repúblicas soviéticas o países que estaban detrás de la cortina de hierro y muchas de esas “conversiones” democráticas estaban más orientadas y motivadas hacia la promesa de bienestar económico y la defensa a través de convenios de cooperación militar sin que en la mayoría de las veces se reparara en ponderar la situación geopolítica de cada una de las nuevas democracias, ¿Y para qué? ¿Quién se atrevería a levantar la voz contra Occidente y todo su poderío militar y económico?

La primera intervención de Rusia en Ucrania hace ya casi ocho años dejó boquiabierto a más de uno de los que creyeron que Rusia no seria capaz de tan siquiera levantar la mano para poder agitar un poco la intocable e inquebrantable paz europea. Se equivocaron sobre todo porque la Unión Europea no estaba dispuesta a pagar la factura de romper las relaciones comerciales que tenía con Rusia y menos buscarse un conflicto armado a gran escala en su territorio, una lección aprendida de la Segunda Guerra y que Putin usó a su favor. 

Cuando a finales del año pasado el presidente ruso inició sus amenazas no solo de micrófonos sino con una movilización de tropas importante a sus fronteras con Ucrania, los Estados Unidos y Europa trataron por la vía diplomática de disuadir a Putin de una eventual invasión a lo que el presidente ruso respondió con solicitudes muy concretas con respecto al ingreso de Ucrania a la OTAN y la Unión Europea y la no instalación de bases militares cerca de sus fronteras.

La respuesta occidental no se hizo esperar y alegando el principio de autodeterminación de Ucrania, cosa indiscutible dicho sea de paso, la vía diplomática se fue haciendo cada vez más difícil y se escaló a una serie de amenazas para disuadir a Putin de cualquier intención de intervenir en Ucrania, prometiéndole al gobierno ruso acciones nunca vistas en la historia de la humanidad y haciéndole creer a Zelensky y al pueblo ucraniano que su territorio no sería objeto de la agresión rusa; todo lo cual le impuso a Ucrania una camisa de fuerza que no impidió que su vecino del norte lo invadiera.

Mientras tanto el pueblo ucraniano sufre los rigores de la guerra, muertos, desplazados de su territorio e infraestructura destruidos, etc., y las potencias occidentales sin respuesta militar frente a la acción de Rusia quedaron por los momentos como unos inútiles que tratan de limpiar su “reputación” enviando armas para que los ucranianos las usen y enfrenten a las tropas rusas; recurriendo ellos de forma soberbia a la única acción que les quedó como lo son las sanciones económicas y tratando de hacerle creer al mundo pero sobre todo a Ucrania que la Federación Rusa va a retroceder: si de algo sabemos por estas latitudes es que las sanciones económicas no tumban gobiernos y mientras tanto la economía mundial, pero sobre todo la europea, se va recalentando y siempre serán los más tontos quienes paguen el precio de la soberbia.  

@danielgodoyp

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