EL MONAGUILLO DE PUTIN 

Rodolfo Godoy Peña

El patriarca de la iglesia ortodoxa rusa a raíz de la guerra en Ucrania se ha encargado de justificar la agresión con razones de todo tipo. Por supuesto, y como es de actualidad, no únicamente se ha dedicado a calificar como heroica la acción rusa por ser una “lucha contra las fuerzas del mal”, sino que ha afirmado que la invasión es para “salvar al cristianismo”, amén de haber afirmado que la misma es una guerra “contra el lobby gay”.

Todos estos argumentos si no fuesen esgrimidos por un alto jerarca religioso se podrían considerar como “fundamentalistas” -rayando en lo grotesco- pero en todo caso por ser quien es Cirilo I, la justificación desde el fanatismo religioso no le está vedada sino que es de suyo la sujeción de la razón a los clichés, y más todavía cuando estos tienen una carga de misticismo, de la lucha contra “satanás” y de la disputa inveterada del bien contra el mal. 

Ahora bien, tampoco se puede decir que el clérigo ruso sea un precursor: ya el musulmán ayatolá Jomeini justificó en su momento el secuestro de ciudadanos extranjeros en la embajada norteamericana en Teherán y avaló aquel crimen como parte de la lucha contra el “gran Satán”; y todo esto sin olvidar que en una de las épocas más oscuras de la Iglesia católica las Cruzadas mismas eran llamadas guerras “santas” contra el “infiel” libradas para que prevaleciera la verdadera fe de Cristo y en el nombre de Dios se dedicaban a matar musulmanes en su propia tierra; de manera tal que esta apología que hace hoy el patriarca Cirilo, hombre de Dios, no es una novedad pero no deja de ser un encallamiento en el siglo XI frente a un mundo cristiano moderno donde “…la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”, según san Juan Pablo en su exhortación apostólica Fides et Ratio.

El papa Francisco -apelando a su cercanía con el patriarca “de Moscú y de todas las Rusias”- mantuvo con él una conversación telemática hace unas semanas atrás para tratar el tema de la guerra en Ucrania y el papel de la Iglesia ortodoxa rusa. En una entrevista publicada esta semana Francisco narró algunos detalles de la conversación por Zoom entre los dos jerarcas y cuenta que Cirilo estuvo veinte minutos justificando la invasión a Ucrania, a lo cual Su Santidad le ripostó: “….que (ellos) no eran clérigos del Estado y (que) no podían usar el lenguaje de la política, sino el de Jesús”; y Francisco bordó esa entrevista diciendo que le había dicho a Cirilo que «el patriarca no puede convertirse en el monaguillo de Putin».

El papa Francisco, quien además de sacerdote es un jefe de Estado, ha dado muestras continuas de ser un hombre de fe que actúa en política y que habla con el “lenguaje de Jesús” lo cual, además, no es contradictorio ni con la prudencia ni con el análisis racional y sosegado de las realidades. Es decir, la conducta de Francisco no es el simple compromiso de un hombre de fe atado a un relato buenista pero vacío de realidad sino que es el firme ejercicio de la misión que tiene todo cristiano de evitar el sufrimiento del prójimo cuando está ocasionado por acciones injustas, buscando actuar siempre a favor del débil y del desposeído y permaneciendo firme en contra de aquellos hechos y eventos que incrementan la tribulación del ser humano. 

Todo cristiano debe alzar su voz para defender al sufriente -contimás si es un jerarca- de modo que “si hay que privilegiar a alguien que ése sea el más pobre, el más vulnerable, aquel que normalmente queda discriminado por no tener poder ni recursos económicos» como afirmó Francisco en la ONU. En el caso de Cirilo I es centrar la discusión por la cual un “hombre de Dios” no puede ni debe azuzar una guerra desde su posición de pastor pues no le es dable al patriarca concitar o justificar el sufrimiento, la mutilación o la muerte de inocentes, ni en nombre de la fe, ni en nombre de su propio sentimiento político como en este caso esgrime el patriarca Cirilo. Hacerlo no es cristiano y la realidad es que ni hay guerras buenas, ni hay guerras santas. 

Es muy útil rememorar que en esa misma intervención ante la Asamblea General de la ONU el papa Francisco afirmó, haciendo uso del lenguaje de Jesús en política, que «las sanciones internacionales dificultan que los Estados brinden el apoyo adecuado a sus poblaciones…/ (y)…La comunidad internacional tiene que esforzarse para terminar con las injusticias económicas”»

El jefe de la Iglesia católica no solamente hablaba como un hombre de Dios que no puede estar de acuerdo con que se inflija sufrimiento a nadie por motivos políticos, sino que además -haciendo gala de un profundo sentido de la realidad- estima, como toda persona que estudie desapasionadamente las sanciones económicas coercitivas y unilaterales, que las mismas son absolutamente ineficaces para cambiar el modelo político o económico de ningún país, sin omitir que todas ellas portan un grado enorme de barbarie contra pueblos inocentes.

El caso venezolano no es la excepción: el gobierno de Estados Unidos ha perseguido inútilmente un cambio de régimen en Venezuela pero sus sanciones lo único que han logrado es exacerbar la peor crisis humanitaria en el hemisferio occidental e infligido un castigo colectivo sin sentido a nuestro pueblo ya que como bien afirma el Dr. Francisco Rodríguez “el privar a una economía de su capacidad de comprar bienes para promover el cambio de régimen es cruel, inhumano y contrario al derecho internacional”

En ningún país del mundo donde se han aplicado sanciones ha habido cambio de gobierno sino que sucede todo lo contrario ya que los regímenes se atornillan bajo la narrativa de la agresión extranjera. Los ejemplos sobran: Rusia ha estado sancionada desde 2014 y en el 2022 inició una guerra mucho más fortalecida que antes, y la muy sancionada Corea del Norte ha desarrollado un potente armamento nuclear. Se podrían ir revisando las 32 naciones sancionadas y constatar cómo sus gobiernos continúan incólumes mientras se añaden sufrimientos crueles sobre sus pueblos. 

Ningún hombre de “buena voluntad”, sea religioso, agnóstico o ateo, clérigo o laico, puede estar a favor de la guerra o a favor de las sanciones coercitivas unilaterales; en el primer caso porque no es aceptable justificar y amparar guerras llamándolas “buenas” o “santas” cuando toda conflagración es entitativamente injusta e inmoral por ser generadora de muerte y desolación; y en el segundo escenario porque no se puede apoyar, promover y pedir sanciones económicas y financieras para que se emplee más calamidad, dolor y tristeza contra grandes segmentos de la población a través de la privación de alimentos, medicamentos y otros bienes ya que la administración de las mismas contra personas inocentes comporta siempre mucha inhumanidad.

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@rodolfogodoyp